Moshé Leher

Primera precisión, por si alguien la necesitara y para entrar en materia: no es lo mismo la madre de Charles Boy… No, ya en serio: no hablo aquí de Séneca, el que nos hizo ver que los brazos de la Fortuna no son largos, sino de la firma AstraZeneca, británica entiendo, cuyo complejo mejunje me tocó en suerte en este tema de la vacunación, y cuya segunda dosis me fue aplicada anteayer.

Hace justo dos meses que me habían aplicado la primera, ya fuera de mi grupo de edad, por culpa de… Digamos que de los azares del destino. El asunto, para no hacer esto un Guerra y Paz de la inmunización, es que aquella primera dosis me la aplicaron tras una espera, exagerando, de no más de diez minutos, más el tiempo ese de espera posterior en el que el personal lo tiene a uno papando moscas para ver si no nos pega el telele.

Esperaba con ansia el anuncio de la segunda dosis, ante la urgencia de un viaje cercano, así que con alivio leí el domingo que esta semana podría completar mi vacunación, aunque con cierta desazón pues, leí también, los organizadores programaron en dos jornadas lo que en la primera instancia habían cubierto en cinco; más me alarmó saber que ya el martes los centros de aplicación se habían visto de bote en bote, que se dice.

No tengo aquí espacio para narrar cuatro horas de dilación, en una larga fila que daba la vuelta a Ciudad Universitaria, aunque sí para decir que me dio tiempo para reflexionar sobre la actitud frente a la espera de las personas gregarias, que parecen siempre estar aguardando por algo y la de los que, como yo, enfermos de un individualismo atroz, siempre tenemos prisa; yo no sé prisa de qué, pero al fin urgencia de algo.

A las nueve estaba yo ocupando el lugar tres mil, cuatro mil, cinco mil, qué voy a saber, de esa larga fila, aviado con mis papeles respectivos y el único libro que llevaba yo en mi vehículo, un libro poco apropiado para ese trance: los ‘Cuadernos’ de Cioran, que además de destilar pesimismo y amargura, son uno de esos libros que uno debe leer en dosis (otra vez andamos con las dosis) más bien pequeñas: los libros de aforismos y máximas (Lichtenberg, Séneca mismo, Rochefoucauld, Canetti y los aforistas en general), son frascos mayúsculos de los que se debe tomar una píldora o dos de vez en cuando, so riesgo de caer catatónico por sobredosis; cuando, como es el caso de Cioran, o de Chamfort, esas píldoras además destilan hiel, amargura y venenos sutiles, una sobredosis puede terminar con uno tirado en el arroyo.

“Se puede pensar en la muerte todos los días”, leo, mientras veo que ha pasado una hora y hemos avanzado, en pequeñas caminatas de geisha, apenas doscientos metros, otra hora después, mientras leo “Mi escepticismo es el disfraz de mi neurastenia”, apenas hemos girado a la avenida Universidad, y yo estoy metido en disertaciones del tipo: no sé si mi hastío es la causa de mi depresión o mi depresión es la que me causa hastío. Otros treinta minutos y la fila avanza lentamente. Abro el libro de nuevo: “Si encontrara una definición exhaustiva de la ansiedad, no escribiría más…”.

Para evitar una congestión anímica, cierro el libro, y me pongo a ver que aquello se está animando. Los desconocidos de la mañana ya forman corrillos y van charlando. Una mujer le cuenta a un sujeto que antes de eso no había visto en la vida, que va a comer sopa y que está sola. A mí me resultaría imposible socializar de esa manera. De hecho lo único que sale de mi boca es un gruñido para reclamarle a un pazguato que, absorto en su teléfono, da un paso de más y me pisa los talones, literalmente.

Pero el espectáculo es curioso. Conforme nos acercamos a la puerta de acceso aparecen los vendedores de fritangas y otros venenos. Los hay, con alma de kamikaze que se atreven con unas tortas de aspecto sospechoso, o los que no temen caer muertos de golpe por mezclar la vacuna con burritos de un presunto mole verde. Pienso que aquello hasta podría ser una experiencia democratizadora, hasta que reparo en que la inmensa mayoría de los que están formados son, y pongámoslo en esos términos, los que no pudieron irse a vacunar a Houston, a Los Ángeles o, supe de al menos un caso, ¡a Nueva York!

Pero todavía falta un buen trecho, un buen rato y la explicación sobre qué diablos pinta aquí la Sonora Dinamita, lo que tendré que dejar para la próxima.

¡Lehitraot!

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