Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Los 80’s fueron indiscutiblemente la Era Reagan no por la sola presencia del ex actor de cine en la Casa Blanca, sino por la incepción de su ideología republicana que celebraba el colonialismo ideológico paroxista a través de sus heraldos más eficaces: los medios de comunicación, canales de información donde no solo se alababa el estilo de vida norteamericano, también se pretendía una justificación al respecto mediante la exaltación sensorial de sus mensajes a través de su tecnología como instrumento seductor, las “bondades” de su cultura a base del consumo masivo y, por supuesto, sus enérgicos portavoces como Sylvester Stallone y Arnold Schwarzenegger quienes demostraban en pantalla grande lo que le ocurría a los enemigos del sistema, pues si tu estructura ideológica, política y social no se configuraba a la de estos fornidos emisarios del buen Ronald (Reagan o McDonald, para el caso es lo mismo) lo más seguro era aplicarte un correctivo calibre bazuca o flechazo con punta explosiva. Los enemigos de la democracia gringa y el american way of life no tenían oportunidad.

Por ello “Duro de Matar” ha prevalecido no como un trozo del exagerado imperialismo doctrinario que prevalecía en aquella época, sino como una pieza de entretenimiento inteligente y beligerante porque su estructura narrativa se basa en la sátira a todo lo expuesto anteriormente, generando su propio discurso a la vez que encuentra una nueva forma de exaltar al héroe norteamericano al hacerlo humano. La clave de la cinta reside en la forma como el director John McTiernan (“Depredador”) explora la psique del protagonista y su antagónico, así como la rica dinámica entre ellos y los personajes que se adhieren a la historia. El primero es un policía neoyorquino llamado John McClane (Bruce Willis con un carisma y gracia a tope) que lidia tanto con un matrimonio fracturado como con la fiesta navideña celebrada en la imponente Torre Nakatomi ubicada en la ciudad de Los Ängeles donde su esposa Holly (Bonnie Bedelia) trabaja para acaudalados ejecutivos japoneses. McClane se nos muestra como un agente de la ley que entiende las calles y a los delincuentes pero es un inepto en cuanto a vínculos emocionales, lo que le ha cobrado factura en su vida marital. Su sentido del deber será llevado al límite cuando arriba inesperadamente Hans Gruber (el formidable Alan Rickman ), un alemán veleidoso, astuto e irritable quien junto a su grupo de europeos exóticos (y un asiático) toman por asalto las instalaciones bajo premisas misteriosas. Aislado, a medio vestir y tan solo con una pistola, McClane adopta todas las posturas sensibles y sensatas que Stallone, Schwarzenegger, Van Dmme o Segal siempre rechazaron, pues comienza por pedir ayuda a la policía antes de tomar el asunto en sus manos. Al encontrar tan solo el apoyo de un regordete agente llamado Powell (Reginald VelJohnson), quien será su único contacto en el exterior a través de walkie talkies, el protagonista decide actuar por su cuenta y sistemáticamente comienza a eliminar a los secuaces de Hans, empleando cualquier recurso a la mano mientras se desliza por ductos de ventilación y cables de ascensor. Su adversario, por otro lado, representa el temor en el subconsciente estadounidense por la otredad cultural, pues es la antítesis de McClane al mostrarse refinado, intelectualmente preparado y con una personalidad que, curiosamente, es igual de atractiva que la del personaje principal, pero en el extremo opuesto del espectro carismático. La lucha de voluntades entre ambos es lo que mantiene atento al  espectador, pues no se trata de un espectáculo maniqueo del bien contra el mal, sino del menor de dos males que busca perdurar uno sobre el otro.

Otra virtud es la caracterización, la cual adquiere preponderancia atendiendo diversos rasgos de la personalidad de los involucrados. Mientras que McClane muestra vulnerabilidad física y emocional a la vez que despliega un oscuro sentido del humor para contrarrestar sus temores (“Ahora tengo una ametralladora. Jo, jo, jo”) mientras se confiesa emocional y psicológicamente con Powell, Gruber aprende a considerarlo como una amenaza seria al mismo tiempo que atiende su detallado plan para saquear las bóvedas del edificio. En sus interacciones, detectamos diálogos tersos que definen su personalidad y entre ellos, pues Hans entiende a McClane como un “vaquero” producto de la televisión americana mientras que éste se mofa de los finos modos del sofisricado ladrón. Esto plantea líneas de sátira muy elocuente no porque ataquen directamente a los sentidos del espectador a modo de chistes burdos, sino en niveles de lectura un poco más definidos que alcanzan incluso a otros personajes cortesía de la elegante dirección de McTiernan, como el ataque a la cultura yuppie característica de la época a través de un ejecutivo indeseable llamado Harry Ellis (Hart Bochner), a las instituciones judiciales norteamericanas que aquí se ven representadas por mandos superiores inútiles y agentes del FBI que se detestan entre ellos mientras toman decisiones erradas con fatales resultados  o incluso la misma televisión, mancillada por un reportero vil de nombre Richard Thornburg (William Atherton) que no duda en exponer a los hijos de McClane por este medio para lograr una exclusiva.

Todos estos ingredientes se unifican para conjurar una rareza de aquella década: una película de acción inteligente. Emocionante, activa y casi propositiva. “Duro de Matar” ha logrado no solo influenciar a más de una generación tanto de espectadores como de directores y guionistas (v.g. “Rascacielos: Rescate en las Alturas”, aún en cartelera y toda una bastarda de este filme), también sirve para definir los lineamientos de un entretenimiento que no está peleado con la concreción narrativa y el delineado de personajes humanos, interesantes y heroicos, que sangran, ríen y se acongojan cuando deben, sin ser caricaturas o superhéroes. Ante el porqué esta cinta se mantiene vigente después de treinta años, John McCLane tiene una respuesta muy clara: “Yippie-Ki-Yay, motherfucker”.

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