Jesús Eduardo Martín Jáuregui

 Ya nos saquearon, no nos volverán a saquear. José López Portillo, al anunciar la “nacionalización” de la Banca.

El recuerdo, decía Federico Nieztche, llega cuando él quiere, no cuando uno quiere. Háganme favor ¡qué tengo yo, acordándome del JOLOPO al escuchar a AMLO anunciar que ya adquirimos la clave de nuestro desarrollo al “nacionalizar” el litio. Es que los populistas son tan parecidos aunque se cambien de librea. Siempre tienen a quien echar las culpas de sus fracasos, siempre están al lado de la justicia y de la razón, (de su justicia y de su razón se entiende), siempre son los salvadores de la Patria y siempre están dispuestos a sacrificarse por ella. Por supuesto AMLO no tiene la inteligencia de Echeverría ni la prestancia y buen decir de López Portillo, pero se formó en aquel PRI, cuyas prácticas no se ha sacudido y que puso de manifiesto en sus dos recientes campañas fallidas: la ocurrencia de la “revocación de mandato” y la intención de modificar el artículo 27 Constitucional para reconvertir a la Comisión Federal de Electricidad en un monopolio de la producción y gestión de la energía eléctrica y al estado en el controlador de todo tipo de energía.

Los que tenemos recuerdo claro de la campaña de Luis Echeverría tenemos presente la revolución de conciencias, el cambio hasta la médula, la modificación de prácticas viciosas que harían de nuestro país el paraíso que los enemigos del progreso, de las libertades y de la democracia nos querían arrebatar. La campaña de AMLO se pareció tanto a la de Echeverría, recorriendo todo el país, con las limitaciones propias de la época, de transporte y de logística, tomando de viva voz las necesidades del pueblo y conociendo de primera mano la situación y condiciones de los más pequeños poblados. No en balde Manuel Moreno Sánchez, importante político de Aguascalientes, que del PRI pasaría al PRD, criticaría diciendo que los candidatos a presidente de la República hacían campañas de “presidente municipal”, que en vez de proponer al país un programa de gobierno y un proyecto de nación, tomaban necesidades particulares que deberían ser resueltas por las autoridades municipales.

López Portillo tomó como su bandera principal el combate a la corrupción, tanto que uno de sus lemas de campaña era “La corrupción somos todos”. AMLO dice que no se acuerda, pero eso, que se lo crea la mamá del Chapo. Afirma que por primera vez en la historia un presidente está combatiéndola. Mentira, López Portillo pretendió hacerlo, o al menos, como el actual, dijo que lo estaba haciendo. Luego Miguel de la Madrid creó una secretaría de estado que tenía como tarea principal acabar con la corrupción. Los dos priistas tuvieron tanto éxito como el morenista actual, es decir ninguno. Con la 4T, México ha descendido cada vez más en la clasificación de los países más corruptos del mundo, alcanzando niveles similares a los de algunas dictaduras de África o los remedos de países de América como Haití.

Lo bueno para la 4T es que el pueblo sabio tiene mala memoria y que, gracias a las maravillas de la comunicación actual, las tácticas Goebbelianas del 3er Reich pueden hacerse llegar y machacarse todos los días, a todas horas, en todos los medios, hasta terminar convirtiendo la más evidente mentira en la “verdad” más aceptada y transformando como decía mi maestro Alberto Trueba Urbina, al traidor en patriota, al pillo en honrado, al estulto en genio. Nosotros no somos así; nuestros adversarios quisieran destruirnos; la etapa neoliberal acabó con el país; se acabó la corrupción; la violencia va a la baja; los índices de crecimiento no son los de la economía capitalista sino los de la economía moral; los otros robaron más; no eran sobornos sino apoyos para el movimiento; el cubrebocas no sirve, sigan saliendo, yo les diré cuando ya se guarden; el litio es estratégico y será clave para nuestro desarrollo…

Tradicionalmente en nuestro país, cuya historia se mide por sexenios, el cuarto año de un periodo presidencial, era el año en que el presidente tenía más fuerza, había logrado sortear el inicio proceloso y si se había manejado con cuidado, con astucia y con medianos resultados habría logrado controlar las elecciones intermedias y llegar al cuarto año en plenitud. Seguramente los decidores de AMLO consideraron eso al plantear la posibilidad de la riesgosa figura de la revocación de mandato sin tener claro su operación y operatividad. Se llegaría en plenitud y mostraría una gran fortaleza. Pese a contar todavía con un gran apoyo que, por cierto, no es mucho más alto que lo que tuvieron otros presidentes, su desgaste parece ser mayor. Obviamente no pensemos en los que por razones de necesidad son chantajeados con las pensiones o con las becas, sino en las “aspiracionistas” clases medias que, a más de cargar con el crecimiento, desarrollo y estabilidad del país, han sido objeto de las burlas, las invectivas y los ataques del presidente. La decisión de la oposición medianamente organizada de no participar en el juego, acabó por dar al traste el ejercicio que, para muchos, fue poner en evidencia la fuerza real de la 4T, mucho menos que la del presidente.

Apenas repuesto de la cuenta de protección, el Presidente ya tenía encima, nuevamente con una visión sobrada, ultra optimista de su poder real, el reto de modificar el artículo 27 constitucional contra una oposición, vuelvo a decir, medianamente organizada, pero unida por el escarnio, por los ataques, por el maltrato, por el desprecio. Sin duda la votación refleja intereses políticos y económicos pero también la reacción ante la falta de cortesía política, de engaños y falta de apego a las formas del presidente y sus lacayos. Olvidando de entrada el apotegma de Max Weber: La política es el arte de lo posible. El fracaso de la pretendida reforma electoral del presidente está anunciado.

Como un débil control de daños, se sacaron de la manga la Ley de Minería. Ni JOLOPO ni AMLOPO nacionalizaron nada, la banca y el subsuelo ya eran nacionales. La banca fue estatizada y la explotación del litio se convirtió en un monopolio del estado, que, difícilmente empezará a dar rendimientos antes de diez años, la 4T necesitará algo más que eso para mantener la confianza y el control. Con la captación baja y el gasto creciente el panorama no puede ser halagüeño.

Al parecer las reglas sexenales se cumplirán ineluctablemente, quizás más pronto con AMLO, porque empezó casi un semestre antes. De ser así, en el próximo empezará la desbandada y el sexto ya no contará.

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