Diana Hernandez De Paz
Agencia Reforma

Cd. de México, México.-Ha trasladado a más pacientes Covid-19 de los que pueda recordar. Nayeli Núñez es paramédico durante la noche en la Ciudad.

A su parecer, en la batalla contra la enfermedad a los paramédicos les toca disparar la bala más fuerte: explicar a la familia de los enfermos que, una vez ingresados a las ambulancias, ya no van a volver a ver su ser querido, a menos que mejoren.

“Ya no lo van a volver a ver, a menos que se recupere. Es un peso muy grande para ellos, algunos ya lo saben, pero otros no y es negarle esa parte del duelo, porque ya no se pueden despedir de él”, cuenta Nayeli.

“Definitivamente hay casos que sí se curan, pero otros desde que los metes a la cápsula te das cuenta que ya no se van a recuperar. A veces, te toca que mueran en la ambulancia y es inevitable derramar una lágrima”.

En ocasiones, ha tenido que esperar hasta cinco horas para que en los hospitales atiendan a un paciente. Le ha tocado acompañar a los enfermos en visiones desalentadoras.

“Estás con tu cápsula y a lado del paciente pasa la plancha con cuerpos amordazados para la incineración. El paciente ve eso, imagínate el impacto para ellos”, dice.

Aunque con menos frecuencia, también ha tenido que ir de hospital en hospital, buscando un lugar.

“Lo peor es cuando llegas demasiado tarde”, agrega.

Cuando la persona muere antes de que llegue la ambulancia, ni Nayeli ni el resto de sus compañeros pueden hacer nada.

“Por protocolo está prohibido darle RCP a los pacientes Covid-19 para reanimarlos, es peligroso por el aire que pueden exhalar”, explica.

Nayeli relata que, algunas veces, las familias se ponen violentas, incluso una vez encerraron al jefe de su cuadrilla y lo amenazaron de que no lo iban a liberar hasta que reanimara al fallecido.

“Fingió que le daba RCP y yo pedí apoyo de la Policía, aún no sé cómo, pero pudo salir”, explica.

Y con todo lo que ha vivido, la escena que más le ha impactado ni siquiera fue a bordo de la ambulancia, ni en un hospital, sino en una unidad habitacional, cuando fue a recoger a un paciente.

“Toda la unidad estaba infectada, nos informaron desde antes, pero me sorprendió mucho porque estaban en la calle como si nada, sin cubrebocas, sin ninguna medida sanitaria.

“Yo entiendo que los impactos psicológicos de quedarse encerrados son fuertes, pero hay que entender que esto nos supera a todos”, concluye.