Luis Muñoz Fernández

La mayoría de la gente tiene tres ideas sobre el cambio climático y el calentamiento global: que es una preocupación reciente de algunos científicos y activistas ruidosos, que no tendrá consecuencias graves en la vida cotidiana y que, si llega a presentarse en un grado alarmante, lo hará en un futuro muy lejano. Las tres son falsas.

En 1896, el físico sueco Svante Arrhenius fue el primero que propuso que el cambio climático se debía al consumo de combustibles fósilesy calculó un aumento de 50C en la temperatura planetaria para finales de siglo XXI. En 1957, los oceanógrafos Roger Revelle y Hans Seuss advirtieron sobre los riesgos del calentamiento global. En 1959, se confirmó la acumulación de elevados niveles atmosféricos de dióxido de carbono en el Observatorio de MaunaLoa, Hawái. Tuvieron que pasar treinta años más para que se fundase el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.

La Tierra se ha calentado más de 1oC desde la Revolución Industrial. Con un incremento de 2oC esperaríamos la extinción de los arrecifes de coral del trópico, la subida varios metros del nivel del mar y la evacuación del Golfo Pérsico. Un calentamiento de 3oC provocaría la aparición de bosques en el Ártico, la emigración de los habitantes de muchas ciudades costeras y una hambruna generalizada. Un aumento de 4o conduciría a la desertificación de vastas extensiones del planeta. Con un calentamiento de 5oC se predice la extinción de la humanidad. Si ya lo sabíamos, ¿qué hemos hecho salvo algunos tibios intentos de acuerdo que ningún país está realmente dispuesto a cumplir? Poco o nada.

En ello todos tenemos una responsabilidad, pero la codicia de unos pocos se lleva la palma. Como dice Rebecca Solnit: “La historia está llena de magnates más preocupados por esa cosa inerte que son los beneficios que por los seres vivos, que pagan sobornos para operar sin trabas, que obligan a niños a trabajar hasta desfallecer o arriesgan las vidas de sus trabajadores en fábricas clandestinas o minas de carbón. También de empresarios dispuestos a seguir extrayendo y quemando combustibles fósiles a pesar de todo lo que saben –o de lo que se niegan a saber– sobre el cambio climático. Uno de los principales usos de la riqueza siempre ha sido el de adquirir exenciones al destino común, comprar una salida del camino marcado para los demás”.

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