Cuento *

 Carolina Castro Padilla

 (Primera Parte)

 El 16 de febrero de 1883 amaneció Aguascalientes como todos los días: el sol salió por el oriente pintando con tímidas calideces los vahos aún helados de la mañana; la calle de Ojo Caliente despertó al toque del riego y la barrida enérgica para cambiar de lugar al polvo; las casas abrieron sus puertas para esplender sus interiores y con ellas, la nuestra; el aguamielero pasó arriando su burro y pregonando el contenido dulce de sus cántaros y nos dejó el diario entrego de dos vasos para prevenir un posible “mal de pulmón” a mi tío Anselmo, fumador empedernido que hizo del humo ascendente de sus cigarros de hoja, todo un ritual adivinatorio en el que solía leer sus sueños más recónditos con ojos desvelados a medio abrir, mientras planeaba un futuro promisorio sin esperanzas.

Todo fue igual que siempre; sin embargo, para don Anselmo, como lo llamaban los vecinos de esa tercera calle de Ojo Caliente, fue distinto: ese día, culminó el desbordamiento de su inconformidad largamente expresada en sus prolongados ocios, mientras su corpulencia derramada sobre su equipal reconocía palmo a palmo las oquedades que el tiempo fue marcando en el cuero del sillón instalado, de por vida, en el zaguán para poder mirar a la calle y “dar fe”, como Dios manda, de cuanto allí sucedía y detener, así al paso, a sus amigos para instalar el platicadero salpicado de risas estruendosas, discusiones acaloradas o iras fugaces.

Sí, ese 16 de febrero fue distinto para el tío Anselmo. Las autoridades se habían salido con la suya; el Ferrocarril urbano “Tranvías del Comercio” era ya un hecho; el primer tramo, de la Plaza Principal a los baños, sería inaugurado esa tarde. Así lo asentaba la invitación que el Gobernador Rafael Arellano Ruiz Esparza envió a mi padre, citándolo a las 4:30 de la tarde en el salón de despacho de Palacio de Gobierno.

El tío Anselmo había estado en desacuerdo con ese proyecto, “sólo por llevar la contraria”, decía su amigo don Nicolás, desde el momento en el que don Isidoro Epstein, Martín Regul Pilón y Cecilio Acosta, firmaron el contrato para su construcción con el gobernador Francisco Gómez Hornedo en 1879. Desde entonces, el tema predilecto de conversación fueron los tranvías y cuanto hacía la Compañía Tranvías de la ciudad de Aguascalientes, S.A.; que si la vía férrea dividiría la calle haciéndola intransitable; que si una mula podría arrastrar tanto peso; que si el metal de los rieles llenaría de espanto a la tierra, produciendo malos sueños a las doncellas; que si se adueñarían de la calle provocando accidentes; que quién necesitaba internarse en aquella Calzada del Ojocaliente, en la que crecían sin recato las arboledas y alguna gente solía bañarse desnuda, sin el más mínimo pudor, en la acequia principal de regadíos, y… muchas quejas más que cada día creaba el tío Anselmo, alquimista nato de pretextos singulares, y cada día, don Nicolás, su amigo de la infancia, perdida ya en la memoria, las rebatía mientras Refugio, servidor incondicional del barrio, e informador de hechos insólitos ocurridos en la población, desde los mesones de Anguiano, San Miguel o de la Providencia, donde se codeaba con los viajeros y sus acémilas, hasta los corrillos del Ayuntamiento, la Plaza del Buen Gusto o el Teatro Primavera, estallaba en sus risas desdentadas mientras un entrecano rizo rebelde le tapaba a medias su ojo derecho, mitad nube, mitad cielo.

“La otra noche, el Sereno No. 10, puso en la cárcel a Telésfora Calzada y a Juana Hernández, por briagas y escandalosas, por estar peleándose precisamente por el tranvía; una decía que ya le andaba por viajar en él, y la otra se reía diciéndole que por briaga no la iban a dejar subir, y así se armó el pleito”, contaba Refugio, encendiendo la mecha de la discusión.

“Lo ves, ¿te imaginas los olores y escándalos que se producirán en ese dichoso tranvía?”, decía triunfante el tío Anselmo a don Nicolás, y éste a defender su postura: que debía informarse del reglamento, tan bien pensado y estructurado; que no se permitía la entrada a los coches a personas en estado de embriaguez; que igualmente no era permitido el transporte de materiales explosivos, pestilentes o grasientos, ni de animales, porque se multaba con $25.00 a los infractores.

Y cuando el tío Anselmo hablaba de los posibles accidentes, don Nicolás recitaba, ya de memoria, los puntos del reglamento que prevenían cualquier percance: “Ya te lo he dicho, la velocidad no será mayor de la obtenida con el trote de los animales empleados en su tiro; ningún coche podrá detenerse en las bocacalles; los animales de tiro deben llevar en la collera una banda con cascabeles o campanillas que se hagan oír a una distancia conveniente; la Compañía deberá emplear agentes, conductores, boleteros y cocheros cuidadosos y corteses, que tengan todo género de atenciones con los pasajeros. Además, los cocheros y conductores irán siempre provistos de un pequeño silbato para dar la señal de peligro y se anuncien al llegar a los cruceros y bocacalles”. Decía, pronunciando las últimas palabras con lentitud y fuerza, como queriendo grabarlas en la mente socarrona de su amigo.

(Continuará…)

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