Carolina Castro Padilla

(Segunda parte)

No, ese 16 de febrero, fue distinto. El tío Anselmo se levantó más tarde, como si con eso fuera a retardar el hecho, ya incontenible de la inauguración. Sus treinta años de ocio, obsequiados por mi abuelo, gracias a sus incansables días de trabajo fructífero, se pasearon en la huerta destilando aburrimiento y derrota.

Recuerdo que salió al zaguán ya casi a medio día, cuando Rosaurita, como él la llamaba, quizás por sus casi dieciocho años, había pasado ya con su mamá de regreso del mercado, privando a su mirada de ese brillo que solía adquirir ante la belleza de Rosaura, la que, según cuenta la familia, fue quien pudo haberlo salvado de su soltería apergaminada e iracunda. Él pensó seriamente pedirla en matrimonio y ella esperó ese momento desgranando sueños; sin embargo, siempre hubo un pretexto para no interrumpir su ritual en el curso del tiempo.

Ese día, después de la comida soltó un: “Voy a leer un poco, afortunadamente no tengo ningún compromiso que me lo impida”, y se encerró en el escritorio. Parecía leer, pero sus ojos divagaban y a través de los vidrios y visillos de las ventanas fue creciendo su ansiedad. Dos veces se asomó al patio a preguntar si ya se había ido Antonio. Parecía preocuparle que mi padre no llegara a tiempo a Palacio de Gobierno. Después, cuando lo vio salir, pareció relajarse un poco, pero no salió al zaguán, prefirió vigilar la calle y sus aconteceres desde su trinchera en el escritorio.

Mi madre dice que se sintió derrotado, pues por puro irracional capricho movió sus influencias para impedir a la compañía del señor Epstein que lograran su intento de comunicar el centro de la ciudad con los baños del Ojocaliente, y casi lo logra si no es que Francisco Rangel, Antonio Puga y Emérito Palacio, al ver que toda una serie de problemas aquejaron a esa compañía, solicitaron la concesión para la construcción y explotación de la vía férrea de los Baños Los Arquitos hacia la ciudad, aunque claro, sin perjudicar los derechos otorgados a la Compañía de Epstein; concesión que lograron en agosto de 1882.

Cuando pasó la inauguración, el tío Anselmo no quiso saber nada sobre los tranvías; eludía la conversación, como si el tranvía de mulas no existiera, y cuando éste quedó plenamente instalado y en funciones, al tío Anselmo, desde su lugar en el zaguán, se le escapaban miradas furtivas húmedas de curiosidad y asombro. Entonces, principió a entristecer; sus risas se tornaron quebradizas, como ecos desleídos en una distancia infinita de amargura.

No sé por qué recuerdo ahora todo esto, será por cumplirse veinte años de la muerte del tío Anselmo. Aquel 10 de diciembre de 1899, su corazón se detuvo de pronto; la muerte lo sorprendió en su lugar de costumbre, en el zaguán enredado en el humo de su cigarro, planeando como siempre su inalcanzable futuro. Don Mariano M. López, párroco de la Asunción, vino a darle los últimos auxilios espirituales; había hecho buena amistad con el tío Anselmo, desde los festejos la erección en Diócesis del Estado de Aguascalientes el 27 de agosto de ese año. Entonces, pareció animarse un poco, y la espera del nombramiento de quien sería el primer obispo, dio pie para largas conversaciones; sin embargo, fue hasta el 29 de junio de 1902 cuando Su Santidad, el Papa León XIII nombró a fray José María de Jesús Portugal y Serratos, Obispo de Aguascalientes, y el tío Anselmo no alcanzó a saberlo; sus cuarenta y seis años de vida inútil quedaron sepultados en el Panteón de La Cruz, mientras Rosaura, ya de treinta y cuatro, sepultó con él su última esperanza, rompiendo así el hilo que la hacía resistirse a reconocer su irremediable soltería a la que había entrado sin darse cuenta; vistió de negro como viuda precoz y sus ojos húmedos depositaban en los míos una pena que se tornaba en contubernio.

Con la muerte del tío Anselmo todo cambió; ya no hubo humo, pláticas, ni risas, en el zaguán; Rosaura vendió su casa cuando quedó sola y se cambió por el rumbo de la Estación, más allá de los Baños Los Arquitos. Ahora confieso que su belleza trastornó mis sueños núbiles; su sonrisa y condescendencia hacia el niño que yo era, nublaron mi entendimiento para siempre. La veo… de vez en cuando, o como ahora que hemos coincidido en Catedral, en el ritual anual de la misa de difuntos que mando decir por el eterno descanso del tío Anselmo. Me gusta recordarlo y en su nombre, he continuado atisbando la calle, pero desde el escritorio. Sin embargo, a diferencia de él, yo sí acudí a la inauguración del tranvía eléctrico que tuvo lugar el 4 de mayo de 1904 con la presencia del gobernador Alejandro Vázquez del Mercado y la felicitación telegráfica de Don Porfirio Díaz. Todo un acontecimiento que nos llenó de orgullo, gracias a la energía eléctrica y, desde luego, a los buenos oficios de la Compañía de Don Juan Douglas y Don Juan W.  Overton, que realizó la obra. Desde entonces, el traslado a distintos puntos de la ciudad es más fácil y rápido. Aunque los problemas no faltan. Parece mentira que en nuestros días a alguien se la haya ocurrido pedir al señor Sagredo, gerente de la Compañía de Electricidad, que prohíba a las prostitutas que viajen en los trenes.

Afortunadamente, mi amigo Sagredo se negó y contestó a Don Rodrigo Palacio, el Presidente Municipal, lo delicado de esa prohibición ya que lo único que acarrearía serían discusiones con el conductor, escándalos y hasta atropellos, así que dicha orden no prosperó, sin embargo, por las dudas, le recomendé a Rosaura que mejor use como transporte las calandrias de alquiler.

*Cuento de mi autoría con base histórica: el tranvía de mulas en la ciudad de Aguascalientes.

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