Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Lo hemos comentado más de alguna ocasión que cuando los alumnos sienten tristeza, angustia, desesperación, frustración, enojo o malestar por algo que les pasa; se bloquean mentalmente (por estas emociones negativas) y no aprenden lo que los maestros intentamos enseñarles. Cuando esto pasa, generalmente comentamos: “ahí están físicamente sentados, pero su pensamiento está en otra parte”. Les pasa como a las personas que mientras están enfermas no pueden trabajar o hacer las cosas de costumbre; pero, una vez aliviadas pueden dedicarse a sus labores cotidianas. De igual manera, cuando los alumnos logran superar sus emociones, están en condiciones de aprender y de hacer muchas cosas positivas. Por estas razones, se insiste mucho en que los maestros debemos atender las emociones para que los alumnos puedan superar el miedo, la tristeza, la soledad, la envidia, el celo, la ira, la decepción y la culpabilidad, entre otras emociones negativas; para que puedan estudiar y aprender.
Antes de la pandemia ya se hablaba de la necesidad de atender las emociones de los alumnos, pues éstas siempre han estado con el ser humano; pero a partir del COVID -19, se intensificó esta necesidad con el fin de que los estudiantes puedan superar las emociones cotidianas y las derivadas de la pandemia como el miedo al contagio; la angustia de ver sufrir a familiares; la impaciencia por el encierro; la desesperación por no ver a los compañeros y amigos; y hasta la tragedia de haber perdido a un ser querido. Sí, es muy importante atender las emociones negativas, con el fin de que los estudiantes puedan salir avante en los estudios.
Pero ante este orden de ideas, una buena pregunta es, ¿y los maestros no sienten temor de contagiarse?, ¿no experimentan desesperación por el confinamiento?, ¿no sienten frustración cuando no se avanza en la enseñanza?, ¿no sienten tristeza de haber perdido a un compañero o a un familiar? Claro que sí; pues no debemos olvidar que el maestro es un ser humano antes de ser maestro; por tanto, también experimenta toda clase de emociones. En tal virtud, es bueno que estemos preocupados por los alumnos, pero también es necesario que pensemos y nos preocupemos por los maestros. Un maestro con problemas emocionales por lo que le está pasando a él, al hijo, a un familiar o a un amigo, no está en condiciones propicias para conducir adecuadamente la enseñanza: desarrolla las clases en forma desorganizada, atropellada, desesperada y ante el menor murmullo de los alumnos se molesta, grita y regaña; ante ello, los compañeros de trabajo comentamos: “el maestro aún no ha podido superar sus problemas personales”; pero cuando supera esas emociones negativas, sus clases son excepcionales, sorprendentes y su actitud, ante el desorden de los alumnos, es tranquila, tolerante y ecuánime en sus acciones. He aquí la importancia de que los maestros, también, seamos comprendidos y considerados en los esfuerzos de atención emocional. Es tan importante, pues, que tanto los alumnos como los maestros estemos en condiciones mentales óptimas para que haya buena enseñanza y buen aprendizaje; y sin olvidar que también es de suma importancia que los padres de familia tengan la misma cordura en sus intervenciones en el hogar, pues por eso siempre se ha considerado al hogar como la primera institución en la formación humana. En pocas palabras, todos somos corresponsables en la superación de las emociones negativas; en la inteligencia que el ideal es lograr que en nuestra convivencia diaria imperen las emociones positivas o los sentimientos agradables como la alegría, la felicidad, el amor, la gratitud, la serenidad, el interés, la esperanza, el orgullo, la inspiración y la diversión, entre otros.
No esperemos el reinicio de las clases presenciales para tratar de superar las emociones negativas; vivamos, de ya, con sentimientos agradables.