Moshé Leher

Yo la primera vez que escuché del ‘Watergate’ fue en la voz de un niño.

No me acuerdo por qué se armó el alboroto aquel: todos gritábamos y alguien fue a más y lanzó un trozo de estopa lleno de tinta; la voz del profesor, que supongo que era Ismael Guardado, impuso la calma y el niños del cuento, fingiendo indignación gritó eso de: “esto se parece al Watergate”.

Todos nos quedamos mirándole, sin entender qué era eso del Watergate, que en todo caso nos sonó a un lugar donde todos gritan. La palabra se me quedó grabada.

Luego le pregunté a algún mayor que algo me dijo: un caso de espionaje, un hotel en Washington, un allanamiento ilegal, no sé qué, la verdad; pronto el nombrecito se haría más presente en las noticias y poco después renunciaba Nixon, por lo que aquello seguro pasó en los primeros meses del 74, hace 48 años (la renuncia fue justamente un 9 de agosto).

Eran los años de Vietnam, de Kissinger, de la amenaza soviética, del Mundial de Alemania, al que México no fue tras el desastre de Haití y en el que la entonces RFA, la de Beckenbauer, ganó en la final a la Holanda (de hecho los Países Bajos) de Johan Cruyff.

Dos años después se filmó aquella película de Pakula, la de Redford y Hoffman haciendo los papeles de los periodistas del Post, Woodward y Bernstein, que nos explicaron cómo fue que se destapó el asunto y cómo Nixon se fue enredando en sus mentiras, lo que lo llevó a la renuncia.

Todos esos asuntos, que parecen ya prehistoria, me vinieron a la cabeza hace un par de semanas, cuando Carlos Castañeda, ahora director del Museo Posada, me envió la invitación a una conferencia, que dio Tita Topete Ceballos -mi alumna hace años en la Autónoma-, por el cincuentenario de la apertura del museo.

Eso quiere decir que el Posada fue abierto en algún momento del 72, cuando yo tenía siete años, y vivía todavía en la ‘calle ancha’, a unos metros del museo, donde poco después entré al taller de grabado: dibujábamos lo que nos salía, con gubias sobre el oloroso linóleo y luego poníamos la tinta con rodillos y directo a unas pequeñas prensas de manillar, mientras los alumnos más avanzados ensayaban xilografías, haciendo relieves sobre planchas de madera y los ya duchos usaban las tinas para manipular ácidos y trabajar las calcografías en metal.

Fueron el Posada, junto con el Museo de Aguascalientes, los dos primeros museos dignos de tal nombre en esta ciudad, aunque mi historia va de la mano del primero, que era el museo de mi vieja barriada, que dejé no muchos años después, 10 después del Watergate, para ya no regresar nunca, pues cuando volví al pueblo, luego de casi tres lustros, lo hice a otros rumbos.

Por allí pasó poco; la última vez, hace ya unos dos años, a ver la exhibición, luminosa y exquisita, de Antonio Saura, o después de eso un par de veces a hacerme un café en la cafetería que está por allí.

Si quisiera ponerme melancólico, que no quiero, recordaría las tardes de futbol en su explanada y saben los cielos qué otros recuerdos peregrinos de hace tantos años, pero es hora del punto final y esas memorias me las guardo para mí, un día que ande con mejores ánimos.

¡Shavua Tov!

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