Conjetura de Protección Cronológica de Stephen Hawking, mis polainas.

COLUMNA CORTECon riesgo a generar una divergencia entrópica cronal que podría destruir todo el continuo espacio-tiempo tal y como lo conocemos, procederé a una regresión histórica a una época insólita donde la naturaleza humana se regodeaba en el “yo” absoluto, las prendas de vestir desafiaban todo lo que Dalí o Pollock entendían sobre composición o croma, las testas juveniles se veían adornadas por extensiones capilares leoninas y desquiciadas denominadas “mullets” y la música encontraría en los sintetizadores electrónicos su mejor aliado (para bien o para mal). Por supuesto, no podría ser más que los estrafalarios años ochenta, una década que marcó un punto definitivo en los procesos de mercantilización cinematográfica al abandonar la postura independentista y transgresora de los setenta para explotar géneros e historias que, una vez catados por el público y aprobados masivamente, se tornaron el sendero a recorrer por varios años, desde incontables comedias adolescentes hasta dramas que bordeaban lo sublime o lo más pútrido, así como una renovación del horror, la ciencia ficción y la fantasía. Pero en 1985, una cinta eligió amalgamar varios de estos elementos en una producción que brilló por la agilidad de sus diálogos, la sólida construcción de sus personajes, la relativa inteligencia con que se funda su narrativa y su jocoso tono desenfadado: “Volver al futuro”, filme icónico parido en un momento histórico donde los grandes estudios de Hollywood aún estaban dispuestos a correr algunos riesgos antes de refugiarse en las creativamente constreñidas cavernas del espectáculo CGI y las “sagas” literarias de cuarta.
La película resulta una transfiguración de los postulados dimensionales paralelos propuestos por Frank Capra y su “¡Qué bello es vivir!”, donde el personaje principal, un hombre común y corriente (el común y corriente James Stewart) tiene la privilegiada y purificadora experiencia, gracias a una intervención angelical, de testificar un entorno y cotidiano alterno afectado por su inexistencia en la época de Navidad. En “Volver al futuro” nuestro personaje principal, Marty McFly (Michael J. Fox en el papel que lo envolvió de estrellato), es un adolescente común y corriente con fantasías de rock star que proviene de una familia más allá de lo convencional (o sea, rayando en el patetismo): un padre enclenque (Crispin Glover) dominado por quien fuera su bully particular (Thomas F. Wilson), una madre (la sobresaliente Lea Thompson en su única cinta de éxito) que degusta vodka en el desayuno y un par de hermanos mayores (Marc McClure y Wendy Jo Sperber) desempleados y un tanto lastimeros, quienes languidecen en el apacible pueblito suburbano de Hill Valley, California. ¿El único punto de fuga emocional de Marty? El científico loco del lugar, el doctor Emmett Lathrop Brown (“Doc Brown” para los amigos y una interpretación casi magistral cortesía de Christopher Lloyd), quien se erige como único amigo del chico y, además, inventor de la primera máquina del tiempo: un auto DeLorean modelo DMC-12 1981 de 6 cilindros (como dice el Dr. Brown: -“Si vas a construir una máquina temporal de un auto, que sea uno con estilo…”) que permite el desplazamiento cronológico gracias a un misterioso capacitador de flujo de su invención que funciona con plutonio. Sin embargo, el destino en forma de terroristas libios orillan a Marty a utilizar el aparato y termina varado 30 años en el pasado donde conocerá a sus futuros y adolescentes padres, eje central en la anécdota del filme, ya que al interferir en su relación, su propia existencia pende de un hilo -de hecho, la cinta pone de manifiesto lo que Einstein o Carl Sagan ya nos habían advertido, pero ahora de la boca del Doc.: jugar con las vías temporales puede ser peligroso- ya que su futura madre se ha enamorado de él (abordando una línea incestuosa de corte cósmico/cataclísmico que resulta muy divertida), por lo que deberá recurrir al Dr. Brown de esa época para así poder… -entra música ominosa y orquestal de Alan Silvestri-… ¡Volver al futuro!
La película estuvo a cargo del ahora director de cine virtual Robert Zemeckis (“El expreso polar”, “Beowulf”, “Los fantasmas de Scrooge”), cineasta geek como el que más que logró insuflar a este proyecto de un equilibrado sentido de comedia contenida sin sumarse a los desparpajos del momento como la “Venganza de los Nerds” o similares, con una sutil vena dramática que enaltece las cualidades emocionales del filme sin volverse un refriego lacrimógeno. Cosa rara, considerando que la producción corrió a cargo del siempre almibarado y arquitecto de sollozos plásticos Steven Spielberg, quien aquí afortunadamente se limitó a los apoyos financieros dejando que Zemeckis, junto con el guionista Bob Gale, abordaran el tema de los viajes temporales jocosa e inteligentemente, armando una sátira light sobre el estilo de vida americano, acentuando los hilarantes contrastes generacionales y empleando una comedia desprovista de pastelazos que acude a una serie de retruécanos ingeniosos, accediendo a un entretenimiento un poco más neuronal. Además, la banda sonora brilla tanto por los temas melódicos del veterano Silvestri como por una selección de canciones rockanroleras propias de la década donde se desarrolla gran parte de la acción (los cincuenta ¡pongan atención!), así como la destacada participación de Huey Lewis sin los News, quien nos enuncia melódicamente cuál es El Poder del Amor.
Bien, pues ahora la nueva generación podrá disfrutar de esta maravillosa cinta sin los riesgos que implica la trasgresión de la Teoría de Cuerdas en la comodidad del hogar a 30 años de su estreno y dos secuelas no tan exitosas en lo tocante a la taquilla, pero de interés argumental, modernos clásicos que vislumbraron un futuro que ya está aquí, al menos en el calendario. No cabe duda, el tiempo vuela cuando te diviertes.

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