Moshé Leher

En la molicie del fin de semana, ya alejado de los asuntos taurinos, desde hace mucho retirado de los tumultos abrileños, leo que el señor Elon Musk compró Twitter y que algunos catastrofistas dicen que lo que pretende es darle la puntilla a esa red social: que los cielos lo bendigan.

En tanto, aprovecho el viernes para llenar varios ficheros y tomar notas de un libro que, según yo, estoy reseñando para una publicación española a la que, irresponsablemente, dije que sí, que contarán con un pequeño trabajo monográfico mío, sobre un librito que adquirí en Madrid (‘España, México y la leyenda negra’, que coordina don Emilio Lamo; Turner Noema, 2021), y que por obra de esa respuesta irreflexiva mía estoy releyendo.

Releer, tomar notas, consultar bibliografía: barroco americano, la implosión de la Monarquía Unificada, ‘La Pepa’ de Cádiz, el mentado ‘Sueño criollo’ de O’Gorman… Todo eso está bien, me entretiene, me pone a circular los fluidos que, todavía, hacen que algo se me remueva en el meollo de la cabeza; pero escribir, lo que se llama escribir…

Pienso en que antes de Twitter, antes de esta desgracia de las redes, escribía el que tenía algo que decir; mañas y métodos propios, manías y asuntos que llamaré ideosincráticos, el que quería escribir pensaba, daba forma mental a eso que quería decir; según algunas teorías más o menos modernas y más o menos al uso, prefiguraba a un lector, a un público, y luego se ponía a lo suyo.

Unas notas, un borrador, muchas tachaduras y enmiendas, hasta que aquello, un poema, un cuento, un novelón de medio millar de páginas, un sesudo ensayo, lo que sea, iba cobrando forma, hasta que, luego de semanas, de meses, incluso de años, aquello estaba presentable, tras lo cual venía el peliagudo asunto de presentarlo a un editor, a diez, a cien; de mandarlo a un concurso; de someterlo a un consejo editorial de una revista.

En mi caso mis cajones dan testimonio de la existencia de textos, que son el trabajo de meses, de años, de lustros, que allí se quedarán, a menos que, eso ya se puede, los suba uno a Internet, donde lo más probable es que sean: ignorados, plagiados, pisoteados, deformados, pues estamos en un campo tan virtual como ventoso donde casi todo es hojarasca.

Me vienen, a bote pronto, algunos célebres escritores que en su día dijeron la mera verdad: escribir es, además de un ejercicio casi estéril, una monserga y una condena, sintetizada en la cita de Dorothy Parker: “Odio escribir, me encanta haber escrito”.

Pienso en Monterroso, tan breve, que dice que luego de leer a Borges nadie en su sano juicio puede pensar en dedicarse a esto; en el propio Borges que se negó a siquiera ensayar un texto mayor a un cuento, ‘por pura pereza’, a Rimbaud, que a los 19 años, luego de escribir su obra perdurable, decide que es hora de dejar la pluma y se va a traficar armas a África.

Pienso, como no, en el Bartleby de Melville, que luego de hacer su muletilla de ‘preferiría no hacerlo’ su arma preferida, decide dejar de escribir, cosa grave tratándose de un escribiente, se muda a la oficina donde le han despedido, para finalmente, en un acto supremo de resistencia, dejarse morir de hambre en la cárcel.

Por eso no deja de ser un misterio ver cómo Twitter y demás plagas ahora sirven a los que, antes de tener nada que decir, ya nos han endilgado un texto, pequeño pero indigerible.

Por lo pronto este exabrupto mío, que de alguna manera sigue dando grosos al corpus de las cosas que voy redactando, siempre como quien cumple una condena a trabajos forzados, sirve para dejar para mañana, o pasado, ese texto que debo entregar en un plazo que se me agota, y que consumí escribiendo contra crónicas taurinas que, no están ustedes para saberlo, me ganaron miradas matadoras de algunos que se pusieron el saco que tan bien confeccioné a su medida.

Pero como soy gente de paz: Shalom Alejeim.

@mosheleher: Facebook, Instagram y, cómo no, Twitter.

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