Moshé Leher

Mi primer viaje pos-pandemia; luego de siete años, qué rápido se va el tiempo, otra vez por España.

A media mañana, en el aeropuerto del rancho, reparo en una obviedad: viajar ya no es lo que era, tras los golpes de la OLP, los atentados del 2001, la cruzada sanitaria contra el tabaco y, por supuesto, la pandemia.

Y es que aunque no soy tan viejo como para decir que viajé en esos tiempos dorados de la Jet Set, cuando volar era cosa de ricachones y viajar a Europa, un asunto exclusivo de millonarios -ambas cosas que nunca fui y, qué pena, nunca seré-, sí que puedo decir que tengo los suficientes años para decir que supe y disfruté de lo que llamaremos (o lo haré yo que soy el que está aquí en el aeropuerto escribiendo) la edad plateada del turismo, antes de la masificación del turismo, las aerolíneas de bajo coste, los vuelos de cien pesos y los aviones que no tienen nada que envidiarle en lujo, comodidad y seguridad a aquellos Flecha Amarilla.

Aviones relucientes, comidas opíparas, aeromozas que le quitaban a uno el aliento y capitanes guapetones, en una época en que los controles de seguridad eran un nimiedad, que los pasajeros eran despedidos al pie de pista, que nadie le contaba las piezas y el peso del equipaje, y que hasta se fumaba en las aeronaves, forman parte de un pasado ya inmemorial. Casi.

No me quejo, hasta ahora -que uno nunca sabe y me toca de compañero de asiento un hígado-, todo ha ido bien, tras presentar el meta código, el mentado QR, para entrar al aeropuerto, para demostrar que estoy vacunado y que el Ministerio de Salud de España me dejará pasar, el de mi prueba negativa de COVID, mi cartilla de vacunación, mi constancia de que estoy debidamente desparasitado, estoy a punto de iniciar la primera parte de un viaje largo… Pero ya llaman a abordar, más tarde espero seguir tan optimista y tan de buenas.

Ciudad de México.

Del aeropuerto capitalino, ese prodigio del ingenio humano, se pueden decir cualquier cantidad de cosas, menos que es un lugar confortable o que es lo más parecido a una central de autobuses; a partir de un núcleo antiguo, donde Pedro Infante fue a tratar de evitar que se fuera Sarita Montiel, se han ido amontonando hangares, pistas, instalaciones de todo pelaje, terminales… Es un milagro que no haya ocurrido una catástrofe o que, hasta hoy, no se haya producido un motín (de pasajeros, sobrecargos, cargadores de maletas o carteristas) que pudiera degenerar en una revolución sangrienta.

No voy a abundar en este oasis de incomodidades y de pequeños milagros. Sólo una idea desoladora: Si ya le resulta un acertijo entender qué suma de genios humanos hacen que esto funcione, de cualquier manera hay que saber que en lugar de estar por estrenar un aeropuerto capitalino diseñado para los tiempos que corren, están construyendo un esperpento por aquí cerca, y lo que resulte será mucho peor. Parece que va en serio que los nuevos amos del país están convencidos que hay cierta lógica en eso de que peor es mejor, una deliciosa aberración que sigue los retorcimientos de Van der Rohe; más grave aún: hay un montón que los jalean con entusiasmo.

Escribo estas reflexiones apresuradas -y, lo admito, seguramente inconexas- porque en un rato más me trepo a un avión y aun en el caso de que pueda escribir allí arriba (voy por la tercera copa de vino), dudo mucho que pueda enviar un correo a mis editores, que ya para sustos conmigo han tenido lo suyo, amén de que si todo sale bien, cosa que ansío que suceda, estaré llegando a Madrid, molido, con los horarios revueltos y sin ganas de ponerme a disertar nada, a no sé qué horas.

Así que me pongo a lo mío, o sea a esa copa de vino, mando esto y apuro la espera, esperando, nunca mejor dicho, que el lunes les cuente cómo fueron las cosas, en el caso de que hayan ido.

¡Shalom¡

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