“Donde hay amor por la medicina, hay amor por la humanidad”

Hipócrates.

 A la memoria de René Laennec, inventor del estetoscopio.

Un profesor universitario.

Debo señalar inicialmente el respeto generalizado que en todas las culturas existe por las profesiones del área de la salud. Históricamente, quienes ejercen estas disciplinas han gozado de especial reconocimiento social y admiración por su trabajo, a grado de convertirla en una especie de fe, casi religiosa.

Nuestra imagen y memoria colectiva ubica a médicos y enfermeras, por citar a los más representativos, en circunstancias contrastantes. A veces, en medio de las guerras, atendiendo soldados en una carpa improvisada en el frente de batalla o en las imágenes caóticas de un accidente donde todo mundo grita pidiendo su presencia. En otras, en hospitales repletos de casos urgentes, después de un grave desastre de la naturaleza. En contraste, también los vemos en el lecho sereno y lleno de esperanza de un enfermo; o procurando cuidados paliativos a alguien que agoniza, o en la quieta soledad de un consultorio al que acudimos en búsqueda de una salud perdida. Ser médico, enfermera o profesionista de las diversas áreas de la salud es tener una vocación firme y permanente, a prueba de todo.

Hipócrates, el padre griego de la Medicina, señalaba cuatro siglos antes de Cristo: “Los médicos son muchos en el título, pero muy pocos en la realidad”.  Anunciaba ya el pensamiento hipocrático la realidad del ejercicio de las áreas de la salud desde entonces y hasta nuestros tiempos: la medicina necesita vocaciones reales, no personas que conozcan medicina; porque, como bien señala José de Letamendi: “el que solo sabe medicina, ni medicina sabe”.

Como ha ocurrido en los momentos aciagos de la historia humana, los acontecimientos críticos de nuestros días, reflejados en la dureza del combate médico a la pandemia del Coronavirus en todas las ciudades de todos los países del mundo, permiten distinguir a los espíritus grandes de los pusilánimes.

Con profundo respeto por las nuevas generaciones de profesionales de la salud, pero con especial franqueza, debo señalar el enorme desconcierto social que provoca observar los connatos de conflicto en algunos estados de la República, donde grupos de jóvenes en internado o en servicio social -afortunadamente los menos- se manifiestan en rechazo de participar o continuar con su preparación en los hospitales, por temor a contagiarse de Coronavirus. En redes sociales y entre ellos se hacen ver como falsos mártires. Se desgarran las vestiduras por batallas que nunca han librado y acusan a otros para esconder su propia angustia de no asumir con valor una carrera que libremente escogieron. Señalaba Facundo Cabral que “nos envejece más la cobardía que el tiempo; los años sólo arrugan la piel, pero el miedo arruga el alma”. Frente a todo esto, en contraste, miles y miles de médicos, enfermeras y especialistas de otras disciplinas de la salud, así como el personal de apoyo en hospitales, en México y en todo el mundo, libran su batalla sin aspavientos; con temor, sí; pero con agallas. En contraste con estos ejemplos, vemos que algunos jóvenes tiran el rifle y huyen despavoridos, sin merecer el uniforme blanco que exhiben en sus páginas sociales.

El internado y el servicio social constituyen el final de una preparación universitaria y el puente con la etapa de capacitación práctica. Su cumplimiento es fundamental para el buen ejercicio de sus profesiones. Ciertamente deben ser protegidos y no deben ser expuestos o lanzados al primer frente de batalla. Sin embargo, hasta donde entiendo, las autoridades sanitarias les garantizan ubicación en hospitales que no reciben pacientes de COVID-19 y que además les aseguran capacitación en el tema y protección especializada. Entiendo y coincido también con que las universidades deben apoyarlos y exigir a las autoridades el cumplimiento estricto de estas condiciones. No obstante, los médicos de internado y los prestadores de servicio social –en realidad son unos cuantos, vale reiterarlo-  insisten en que toda instalación hospitalaria en estos momentos representa un riesgo que no están en condiciones de afrontar y exigen que se termine su ciclo por anticipado; encima, piden que esta deserción se les valide (y premie) como año de servicio cumplido, para poder retirarse tranquilamente a observar los toros desde la barrera. Compañeros pasantes y de internado: el riesgo cero no existe. Por eso estamos recluidos en las casas; por eso está paralizada la economía. Toda profesión o actividad humana implica un riesgo, desde el momento mismo que salimos de nuestras casas.

Los requerimientos de estos jóvenes son acompañados con severas críticas y amenazas. Cuestionan y presionan a las universidades por no ceder a sus pretensiones. Lo anterior con el ligero inconveniente de que las instituciones educativas por sí mismas no pueden dar el reconocimiento ni la validación de servicio que les están exigiendo. Las universidades no tienen esa facultad, y quienes sí pueden hacerlo -las autoridades hospitalarias y sanitarias- exigen el cumplimiento de su obligación legal y ética como profesionistas de las áreas de la salud, so pena de perder todo el año y tener que repetirlo, si es que hay espacio nuevamente para ello.

Frente a todo esto ¿Que pensamos los ciudadanos? ¿A usted no le da incertidumbre y temor todo lo que ocurre? Pongamos esta historia: Como pasajeros que viajamos en un crucero enorme, observamos que ante los primeros signos de una tormenta, los elementos más jóvenes de la tripulación corren rápidamente, aterrorizados, hacia los botes salvavidas, para dirigirse a la costa y desde ahí a la seguridad de sus hogares; abandonan el barco y a todos los pasajeros, dejando al capitán y oficiales al frente de la emergencia. Años después, habiendo desde luego sobrevivido a esa contingencia, volvemos a subirnos al crucero y reconocemos como nuevo capitán y oficiales a ese mismo grupo de noveles tripulantes que huyeron hace años frente a la tormenta… ¿Usted se quedaría en el barco?

La preparación de quienes ejercen una profesión en el área de la salud debe ser íntegra y de una sola pieza. En todas las actividades humanas existe peligro; uno decide su profesión en la vida y asume sus consecuencias. Si decide ser ingeniero, habrá que subirse a puentes y edificios en construcción; el que decide ser chofer asume los riesgos y peligros de la carretera; el que decide ser soldado, las vicisitudes de la guerra; el abogado, los conflictos y amenazas de las partes; el comerciante, los riesgos y vaivenes del mercado; el médico o enfermera, los peligros de contagios.

Rene Laennec, médico francés del siglo XIX, inventor del estetoscopio y el más importante precursor de la clínica respiratoria, se contagió de tuberculosis en el desarrollo de sus investigaciones y murió a muy temprana edad.  Además del estetoscopio, realizó importantes contribuciones, como la delimitación de cuadros semiológicos de enfermedades cardíacas y pulmonares y la descripción de lesiones anatomopatológicas (enfisema, edema e infarto pulmonar, neumotórax, pleuresía, etcétera). Fue un gigante de la medicina respiratoria; su ejemplo de vocación, extraordinario.

Otro ejemplo de notable vocación es la del médico cubano Tomas Romay, quien, al comenzar la vacunación contra la viruela en su país, dio el ejemplo inoculando a sus propios hijos, para contrarrestar a los sectores que se oponían a la campaña de vacunación. Por su parte, el gran médico español Gregorio Marañon señalaba que “la medicina exige una fuerte vocación. Esta vocación significa servir con amor, desinterés, sacrificio y abnegación. Cuando no existe vocación el ejercicio profesional, se convierte en servidumbre.”

A las nuevas generaciones no se les pide desde luego un sacrificio como el de René Laennec, ni temerarios actos de arrojo como los de Tomas Romay. Simplemente, auténtica vocación por el área de la salud que libremente eligieron. Hace muchos años, algunos jóvenes igualmente inquietos, pero con firmeza en su vocación, se formaban para la ciencia médica. Alexander Fleming, descubridor de la penicilina; William Harvey, fundador de la fisiología y embriología moderna; Edward Jenner, descubridor de la vacuna contra la viruela; Friedrich Miescher, descubridor del ADN; René Favaloro, con la cirugía coronaria directa; Florence Nightingale, Dorothea Dix y Mary Breckinridge, enfermeras que revolucionaron el mundo de los hospitales, y Sor María Suárez Vázquez, símbolo de la enfermería en México.   Afortunadamente, todos ellas y ellos superaron sus propias tormentas juveniles y ejercieron su profesión para beneficio de la medicina moderna.

¿A los cientos o miles de jóvenes que acuden todos los años a las universidades en búsqueda de un espacio en las carreras del área de la salud, habrá que considerar no solamente su preparación académica sino un factor real de vocación profesional? ¿Cambiaría eso los resultados del ingreso? ¿Están conscientes de cuántos alumnos rechazados sueñan de verdad en ocupar uno de sus lugares? ¿Debería tener más peso para el ingreso un diagnóstico de auténtica vocación que un promedio académico? Interesantes cuestionamientos.

En estricta justicia, debo decir que no se vale generalizar. En las actuales generaciones de las carreras de la salud -egresados y estudiantes en formación- existen muchos, seguramente los más, con una vocación definida y una preparación académica muy sólida. Por ello confiamos en ustedes y seguirán gozando del respeto y admiración de toda la sociedad.

Finalmente, se debe reconocer que la práctica y los hospitales son la mejor enseñanza. Como expresaba nuevamente Hipócrates: “La guerra es la mejor escuela del cirujano”. Hoy esa batalla efectivamente tiene que ser librada. Deben respetarse sus derechos a instalaciones seguras, capacitación y equipamiento; sí, ese sí es su legítimo derecho. Sin embargo, cumplir su deber, en estos aciagos días, cuando de verdad se les necesita, cuando más se les ocupa, también es responsabilidad que debe cumplirse; no exenta de riesgos, ciertamente, pero la profesión que eligieron, si es de verdad, no estará nunca alejada de ellos.

Como señalaba Hipócrates y Letamendi: ésa será la diferencia entre tener un título o ser un médico en realidad; tener vocación y no solamente saber de medicina.