Jesús Eduardo Martín Jáuregui

El presidente Lic. López Obrador anunció que ya se cambió a vivir a Palacio Nacional, en una vivienda que construyó el presidente Felipe Calderón, aunque aquél oficialmente siempre residió en Los Pinos.

Una cierta nostalgia de lo que no tuvimos hace que los mexicanos nos refocilemos en las ideas de realeza, nobleza, y la parafernalia y protocolos que la rodean. Aunque no tuvimos reyes, tuvimos dos emperadores efímeros: Agustín de Iturbide y Maximiliano de Habsburgo, otro casi, que fue Su Alteza Serenísima, que al parecer lo que menos tenía era serenidad, especialmente en presencia hasta de una escoba con faldas. Un monarca también efímero que fue Benito Juárez, coronado dos veces con sendas coronotas de oro blanco que custodia el Museo Nacional de Historia del Castillo de Chapultepec, otro monarca, muy duradero, aunque también con título de presidente como Don Benito, que fue el General Porfirio Díaz, y desde luego la monarquía sexenal hereditaria instituida por el Partido Nacional Revolucionario, que cambió de nombre por el de Partido Revolucionario Mexicano, y finalmente cuando la revolución se bajó del caballo cambió nuevamente de nombre para terminar siendo Partido Revolucionario Institucional, ahora al borde de la extinción.

Tenemos reyes y reinas para todo. De carnaval, de las ferias, de los aniversarios, de los torneos, del deporte, de los casinos, de las escuelas, creo que sólo nos faltan “reinas” de las elecciones. Palacios para todo: palacio del arte, palacio de fierro, palacio de correos, palacio de minería, palacios municipales (aunque sean construcciones mediocres), palacios de gobierno (aunque los gobernantes sean originarios), palacios de justicia (aunque la justicia sea el inquilino ausente), palacios legislativos (donde trabajan algunos asesores y los legisladores… legislan). Conjuntos musicales reales: la reina de la cumbia, el rey del mambo, los reyes del swing, el rey del narcocorrido, el rey de la salsa, etc,. No digamos en la delincuencia porque desde reyes de barrio hasta reyes de anfetaminas. El palacio o la nobleza, ¡que duda cabe” son símbolo de estatus, y si no lo tenemos, lo inventamos ¡faltaba mas!.

Recuerdo que mi pariente Juan López, cronista de Guadalajara, platicó en su última visita a Aguascalientes, cuando vino a recoger sus pasos, poco antes de morir, que durante la etapa llamada “El rescoldo” o la Segunda Cristiada, alrededor de 1935, su padre decidió (su segundo y último acto de autoridad familiar, pero eso es otra historia), trasladarse con su familia de Mexticacán a Aguascalientes, en donde la segunda niñez de Juan transcurrió. “Ustedes, pobres plebeyos, yo pasé mi niñez en un Palacio”, y es que su padre consiguió, trabajo como conserje de Palacio de Gobierno y se hacía acompañar del pequeño Juan, al que no habían podido colocar en una escuela.

Cuando el “Consejo de los pueblos originarios” o algo así, que es un invento relativamente reciente, con todo y su Gobernador Nacional Indígena, que ha de ser algo así como Presidente Legítimo de México, le entregó el Bastón de Mando en una ceremonia en que estuvieron presentes 32 gobernadores indígenas, pensé que, aparte del anacronismo, habría un desconocimiento de que nuestro país ya es por decreto constitucional una nación pluricultural y pluriétnica, lo que de ninguna manera autoriza la existencia de un gobierno paralelo. Luego, cuando el sainete de la petición de disculpas a la Corona Española, por lo que hicieron varias coronitas agrupadas, hace 500 años, a varias etnias divididas sin noción de nación ni de estado, pero que venía bien para la promoción de imagen como representante de los que han dado en llamar pueblos originarios,  denominación bastante elástica, porque, por ejemplo, los aztecas tenían apenas poco mas de un centenar de años asentados en el valle de México, cuando llegaron los españoles, habiendo desplazado a los “anteriores” originarios. ¿Cuándo iba a pensar uno, u otro, que el Presidente López Obrador, recipiendario del “Bastón de Mando de los Pueblos Originarios” (whatever that means, lo escribo así, porque es mas probable que los tzotziles, lo entiendan mas fácil que en raramuri, o los wixarikas que en maya). ¿Cuándo iba uno a pensar, digo, que el Presidente de los Pueblos Originarios, se iría a vivir al Palacio construido sobre las ruinas de las casas de gobierno de los mexicas, símbolo sin duda de la conquista o el avasallamiento (¡Saludos Angelito, donde andes!), de la destrucción de un mundo y de una cosmovisión y el asentamiento de los poderes del invasor (yo prefiero llamarle mi antepasado, pero cada quien se ubica como quiere, o como puede).

Lo razonable, lo congruente, a mi parecer, era haberse ido a vivir a Milpa Alta, en lo que llaman Ciudad de México, aunque sea bastante rural, que es de los asentamientos indígenas que se conservan en el Valle de México, aunque se trasladara a trabajar en un camión como hacen los sufridos habitantes de la ciudad, e incluso, se podría aprovecha el recorrido para llevar a cabo la “mañanera”, en un camión acondicionado, de esos que quién sabe por qué llaman tranvía, que podría acomodar mas de un centenar de “comunicadores”. Pero no, prefirió irse a vivir al Palacio, donde vivió uno de los grandes perseguidores de los indígenas de este país: Benito Juárez, y desde donde gobernó otro de sus peores perseguidores: Porfirio Díaz, sin contar la retahíla de gobiernos revolucionarios y neoliberales, sin contar tampoco la anunciada destrucción del hábitat de muchos pueblos “originarios” de la región maya.

Pues así pasa cuando sucede, estamos fregados todos ustedes menos mi compadre también. Salvo los “príncipes de la Iglesia”, el señor del Palacio de Hierro, los del Palacio de Iturbide, los de las Casas Blancas, Peña o Durazo, y otros de similar ralea, los demás mexicanos que no formamos parte del 1% de la población que detenta el 40% de la riqueza del país, nos conformamos con vivir en casas sencillas, modestas y en el mejor de los casos funcionales. Probablemente, así lo espero, el descuidado lector no forme parte del 50% de la población que tiene que vivir con 3.50 pesos diarios según OXFAM.

El presidente que ha sido electo más democráticamente, ahora vive aristocráticamente en Palacio Nacional. Su trabajo le ha costado.

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