Luis Muñoz Fernández.

Recuerdo las palabras de un empresario con “vocación social”, fundador y presidente de una agrupación en pro del desarrollo de la comunidad, cuando le expuse las apremiantes necesidades que teníamos en el Hospital Hidalgo, de lo injusto que era el trato presupuestal que recibíamos de las autoridades y lo importante que era exigirles mejores condiciones laborales para servir adecuadamente a los enfermos. En aquella ocasión me respondió sigilosamente, no sin ver primero hacia ambos lados para cerciorarse de que nadie salvo yo iba a escucharle: “Todo eso está muy bien, pero no hay que levantar el polvo”.

Lo anterior es un ejemplo palmario de esa cobardía disfrazada de prudencia tan común entre nosotros. Ese temor a cuestionar a la autoridad aunque sea para exigir lo que por derecho nos pertenece y que, en este caso concreto, serviría claramente para brindar a los pacientes más necesitados la atención médica que requerían y se merecían, como lo siguen requiriendo y mereciendo hoy. Una muestra del conformismo social que mantiene inalterado el statu quo para beneficio de unos cuantos en detrimento de la mayoría.

El sociólogo de origen chileno Marcos Roitman Rosenmann escribió con detalle sobre el origen histórico y las características del conformismo social en su libro El pensamiento sistémico. Los orígenes del social-conformismo (Siglo Veintiuno Editores, 2005), donde podemos leer lo siguiente:

El conformismo social es un tipo de comportamiento cuyo rasgo más característico es la adopción de conductas inhibitorias de la conciencia en el proceso de construcción de la realidad. Se presenta como un rechazo hacia cualquier tipo de actitud que conlleve enfrentamiento o contradicción con el poder legalmente constituido. Su articulación social está determinada por la creación de valores y símbolos que tienden a justificar dicha inhibición a favor de un mejor proceso de adaptación al sistema-entorno al que se pertenece.

 

Tras exponer los acontecimientos históricos que condujeron a la transformación de la ciudadanía política en una ciudadanía social-conformista, Roitman señala que son cuatro los cambios que, impulsados por las élites, han vuelto dóciles a los ciudadanos: la pérdida de la centralidad de lo político, la desarticulación en las formas de pensar, el desconcierto teórico y el desaliento de la conciencia crítica. El resultado es el tipo de ciudadano acomodaticio que predomina en las sociedades como la nuestra: “Ante todo, no hay que levantar el polvo”.

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