Vivienda como patrimonio

Por J. Jesús López García

La tenencia de la tierra ha sido desde milenios una manera de generar riqueza al tiempo de fomentar el arraigo de los seres humanos a un sitio específico, lo que de manera trascendental resulta en la fundación de las diversas civilizaciones que con base en fijarse en un punto geográfico, pueden crear sus cosmovisiones de manera más definida que aquellos grupos humanos de costumbres nómadas.

Esta acción es fundamental para entender el origen de las grandes culturas y de los sistemas económicos que se han venido desarrollando desde el neolítico, periodo de la prehistoria en que se construyeron edificios como indicio de sedentarismo y las primeras ciudades. Los latifundios fueron el principio de las tiranías que basaban en la explotación de la tierra y de quienes estuviesen sobre ella, el fundamento de su opulencia mal repartida y generadora de toda clase de conflictos.

A partir del siglo XVIII hasta hoy, la mayor riqueza ya no se produce por la explotación de los recursos naturales a partir de la tierra, sino por la transformación de esos recursos en objetos cada vez más complejos, en su intercambio y en su especulación, y dentro de ese intercambio de infinidad de objetos producidos por la transformación está la propiedad raíz.

En Aguascalientes vivimos el paso crucial de una economía rural a una industria de la transformación, haciendo que la traza original del asentamiento, de líneas quebradas y de disposición orgánica con grandes predios dedicados a huertas, se transformara en una más ortogonal de solares regulares y dimensiones menores para favorecer una mayor densidad demográfica y de construcción más eficiente para el intercambio comercial y para la logística de las labores industriales. Los lotes resultantes se encarecieron por la demanda de vivienda en una ciudad que se estaba posicionado como una de las más prósperas del país, y resultado de ello huertas y establos fueron fraccionándose en secciones para casas, donde lo valioso ya no era la capacidad de apuntalar a alguna producción económica como la de las huertas, los establos o diversos talleres, si no por la simple demanda de un creciente mercado y la especulación resultante.

La vivienda como producto para los procesos de intercambio empezó a convertirse en un elemento indispensable para formar el patrimonio. Se aprecian ahora grandes cantidades de suelo en breña que no son susceptibles de producir mucho y que retirados de las poblaciones, son más baratas que pequeños terrenos ubicados en zonas consolidadas de la ciudad cuyo uso ni siquiera es el productivo. Pareciese que el patrimonio no radica en la potencialidad de desarrollo, sino en la especulación, pero al margen de ello, la casa que habitamos es el pie de ese legado propio o familiar.

En los Estados Unidos, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, con su población masculina adulta regresando de Europa y prácticamente sin empleo, el gobierno aprovechó esa mano de obra para producir vivienda a gran escala, que se ofreció a esos mismos ex combatientes y que además se les complementó con los servicios de sociedades hipotecarias. En nuestro país sucede algo similar y no podemos objetar la importancia de la industria de la vivienda como uno de los puntales de la economía de México y también de los ciudadanos particulares. Esto ha traído consigo una oferta diversa de lotes y casas ya construidas para diferentes segmentos y de paso, refleja en buena medida la manera de entender su propio contexto en referencia a propietarios y a ocupantes.

Hay una residencia en la calle Quebec No. 103, paralela a la avenida Mahatma Gandhi, que incluye en su diseño varios elementos de la arquitectura reciente desprendidos del neoplasticismo holandés de 1925: planos que se pliegan, se desdoblan o se suspenden en vanos que crean un ritmo de vacíos. Una casa interesante que ejemplifica el carácter patrimonial y cultural de la vivienda urbana.