Vistas de la ciudad

Por J. Jesús López García

En el siglo XVIII, el arquitecto, arqueólogo, investigador y grabador Giovanni Battista Piranesi (1720-1778), tomó a la capital romana como el modelo para su primera serie de grabados sobre “vistas de la ciudad de Roma”. Fue en ese siglo en que se inició la Arqueología tal y como la conocemos actualmente, y entre muchas otras partes de los sitios en que se desarrolló la historia antigua, Roma fue uno de los sitios que naturalmente se alzó como uno de los principales objetivos para desarrollar en ellos excavaciones y estudios historiográficos, geológicos y estéticos.

Piranesi fue uno de los grandes precursores del neoclasicismo y particularmente en buena medida por la manera en que expresó gráficamente los grandes edificios de la Antigüedad latina que estaban siendo desvelados a la vista de todos, causando asombro y admiración ya que era sabida la ubicación de esos monumentos, pero por tanto tiempo en el descuido y el abandono, la tierra, la vegetación y las nuevas construcciones que les cubrían terminaron por borrar de la memoria sus formas y sus magnitudes reales. Los enormes arcos de acueductos, las termas, los gimnasios, fragmentos de basílicas, templos, teatros, anfiteatros y circos poco a poco empezaron a tomar su perfil dentro de la ciudad ante la vista de todos.

Con el estudio de aquellas viejas ruinas Piranesi y sus contemporáneos se reiniciaron lo que en el Renacimiento grandes arquitectos tratadistas como Sebastiano Serlio (1475-1554) o Leon Battista Alberti (1404-1472) ya habían comenzado a partir del estudio de los modelos antiguos y que quedó en parte por el furor barroco. El retomar los viejos modelos romanos o de la Antigüedad grecolatina era una manera de regresar a la racionalidad clásica, que con la vista renovada de las fincas que empezaban a emerger gracias a la arqueología, se fue perfilando de un modo más nítido.

Muchos de los edificios que emergieron a la luz, es probable no eran tan importantes, pues se habían construido como subsidiarios, aquellos en que transcurría la cotidianidad de los ciudadanos romanos comunes. Es probable que muchos de ellos fuesen finalmente demolidos. Solamente se conservaron aquellos grandes ejemplos que hacen gala aún de los órdenes clásicos, de sus colosales arcos de medio punto, invención romana que fue el fundamento estructural para sus obras más representativas.

En nuestras ciudades actuales también existen esos considerables edificios ejemplares, pero al ser mucho más grandes que las de la Antigüedad y al ser pobladas con una ciudadanía mucho más diversa y plural, los inmuebles de la cotidianidad superan con mucho en su cantidad a los edificios de la representación social y comunitaria. Igualmente esas fincas son cambiantes ya que se van adaptando a las nuevas modalidades de uso que la vida moderna les impone, por lo que una foto de un rincón de nuestra capital nos muestre algo muy diferente a una misma toma pero realizada diez años después.

No estamos ciertos si en algunos cientos de años la ciudad aguascalentense continuará en pie, o si así fuera, ¿qué grado de cambios habrá experimentado? Si a los arqueólogos del futuro les interesará desenterrarla es también pura especulación, pero es atractivo imaginar que sería de su predilección. El concreto y el ladrillo resisten el paso del tiempo sin tanta erosión, pero el acero envejece con mayor rapidez -baste mencionar el caso del Centro Nacional de Arte y Cultura Georges Pompidoude París y edificado en 1977- conocido comúnmente como Centro Pompidou, que permanecerá cerrado durante cuatro años a partir de 2023 para restaurarlo, particularmente toda su constitución metálica-, pero la profusión de fincas sin un interés preciso de estilo, de tendencia plástica y de análisis técnico, tal vez resulte en una excavación moderada que se centraría en los edificios principales. Aun así no deja de ser interesante imaginar lo que futuras generaciones piensen sobre este presente que se constituirá como su pasado.

En esta tercera década del siglo XXI, el cruce de las calles Juan de Montoro y Josefa Ortiz de Domínguez representa una parte de unas “vistas de la ciudad de Aguascalientes”, sitio lleno de cables y autos con fincas, particularmente casas habitación que proceden de los años cincuenta o sesenta del pasado siglo XX acompañadas por otras de los setenta e incluso de este siglo y milenio, ahí cerca. Es una vista que de tan cotidiana parece que no nos permite darnos cuenta que en sitos como éste fluye la vida de la ciudad, tan dinámica como en los lugares más representativos.

Nuestra capital aguascalentense ofrece tanto a lugareños como a aquellos que la visitan, infinidad de rincones y trozos de ciudad que nos remiten a aquellos lugares que han sido parte de nuestro diario vivir. La ciudad es predominantemente moderna con una arquitectura en su mayoría del siglo XX, basta con recorrer las principales calles y avenidas del centro y podremos admirar obras Art Déco, Neobarrocas, Racionalistas, que nos hablan de un pasado inmediato, incluso existen extensas zonas con este tipo de fincas eminentemente modernas.