El presidente Andrés Manuel López Obrador visitó en los Estados Unidos a su homólogo John Biden, pero no fue una visita de Estado, ni pareció visita oficial, más bien parecía una visita personal de López Obrador, su esposa y algunos amigos, que se tomaban selfies en los pasillos y salones de la Casa Blanca. No hubo recibimiento oficial, ni acto protocolario de bienvenida, ni siquiera el presidente de EE.UU. salió a recibir a nuestro presidente por su visita, y sólo dedicó poco más de 60 minutos de la agenda del presidente estadounidense.

Además de los chuscos saludos de él y su esposa desde la ventana del hotel donde se hospedó, a unos cuantos seguidores, después tuvo una reunión desenfadada, con poco cuidado de la etiqueta y su lenguaje corporal, donde pronunció un discurso, no de temas trascedentes, sino más bien ideas que a él, López Obrador, le rondan por la mente, mientras el presidente de Estados Unidos con una leve sonrisa y cara de sorpresa asentía levente con la cabeza, escuchando incrédulo lo que le traducían. Con todo ello se realizó lo que parece ser una visita personal de Andrés Manuel, no del presidente, no del jefe de Estado, sino de Andrés el político.

Los planteamientos de López Obrador fueron un poco como en sus mañaneras, pero aquí sintetizo los más claros:

El compromiso pendiente de impulsar la reforma migratoria, que está estancada en el Congreso, y que tiene como objetivo regularizar a aproximadamente 11 millones de indocumentados presentes en el país.

Planteó la posibilidad de ampliar el abastecimiento de gasolina de su país hacia Estados Unidos, poniendo a la orden más de 1.000 gasoductos mexicanos como medida alternativa para los ciudadanos estadounidenses que viajan a México para comprar gasolina.

Finalmente, suspender algunos aranceles que se le aplican a México a pesar del Tratado de Libre Comercio entre los dos países y donde también participa Canadá.

La liberación de Julian Assange o el desmantelamiento de la Estatua de la Libertad los dejó en su chistera, no los tocó como lo hizo en México para beneplácito de sus seguidores.

Agréguenle otro aspecto, la asimetría del interés público, político y mediático en ambos países, mientras en México ocupó la agenda en estos tres aspectos, en Estados Unidos fueron pocos la cobertura y debate que generó la visita del presidente mexicano que hasta pudieron considerarla en aquel lado de la frontera como discreta; mucho se debe al poco interés que el ciudadano norteamericano promedio tiene en la política y más en la relación con su vecino del sur.

Lo que sí podemos observar son dos acuerdos que no se dijeron oficialmente pero que pasados los días se evidenciaron.

El primero es que en un comunicado de la Casa Blanca anuncian que México contribuirá con 1,500 millones de dólares para infraestructura -dígase muro- y seguridad para la frontera sur de EE.UU. Lo que varios medios de comunicación de aquel país difundieron como algo que ni Trump consiguió, lo logró el gobierno demócrata de Biden. Lo que por cierto no anunció el Gobierno mexicano.

Por otro lado, la sorpresiva detención de uno de los delincuentes más buscados por el Gobierno Estadounidense, el narcotraficante Caro Quintero, quien está relacionado con el asesinato de un agente de la DEA en los años 80, no es casualidad, y menos después de la reunión con el Gobierno de nuestros vecinos del norte.

La realidad es que esta visita, pareciera que genera uno de los puntos más bajos del estatus de la relación entre los gobiernos de México y Estados Unidos, pareciera que quedó como una anecdótica visita de Andrés Manuel que le podrá contar a sus nietos, y no una agenda entre dos jefes de Estado que pudiera quedar en registro para los anales de la diplomacia e historia entre ambas naciones.