Sergio Alonso Méndez

La Noticia:

Una decena de muertos en Myanmar en otra jornada de violenta represión de las fuerzas de seguridad… (elpais.com).

Comentario:

La imagen se ha reproducido incontables veces en diferentes países donde el espíritu autoritario domina y la gente no encuentra otro mecanismo para hacerse escuchar: cientos de manifestantes, predominando los jóvenes, mostrando pancartas de cierta causa y gritando consignas con especial sincronización. Del otro lado, guardias con equipo antimotines bloqueando la calle, ocasionalmente abriendo espacio para que mangueras con chorros de agua a presión hagan retroceder a los manifestantes. También ocasionalmente, rifles con balas de goma son disparados. Sólo en contadas inhumanas veces, las balas no son de goma, sino salvas reales, mortíferas.

Es a donde ha llegado la situación de Myanmar. Luego de un mes desde que el ejército tomó control del gobierno, encarcelando a los líderes, las manifestaciones han estado brotando a diario y en varias ciudades de manera simultánea. El líder de la junta militar no escucha razones. Se escuda en el argumento de que hubo fraude en las elecciones pasadas, fraude del que no se ha aportado una sola prueba, para justificar la toma del poder.

Recordemos que Myanmar es un país donde el ejército gobernó en forma dictatorial desde 1962 hasta 2011. Y en los recientes diez años que tuvo elecciones democráticas, el ejército tenía apartados una cuarta parte de los asientos en el congreso. La líder del partido gobernante en los últimos diez años, Aung San SuuKyi, se convirtió en una celebridad al ser la principal promotora de la democracia en 2011 luego de pasar 15 años en prisión. Pero en ese lapso de democracia, nunca pudo desmantelar el poder del ejército.

Los militares, de hecho, fueron partícipes en una limpieza étnica al provocar que islamistas Rohinya emigraran a Bangladesh para evitar ser masacrados. Aung San SuuKyi nunca condenó el evento en forma internacional sin duda bajo la premisa de llevar la fiesta en paz con los militares. El ejército, en cambio, no le devolvió el favor. Cuando el partido de SuuKyi ganó por mucho las elecciones pasadas, los militares decidieron dar el golpe de estado y encarcelar a la líder con un cargo ridículo.

La gente del pueblo se tardó algunos días en reaccionar, pero la protesta ya prendió y con ella la represión. Los manifestantes asisten a los eventos con etiquetas en la ropa indicando tipo de sangre e instrucciones sobre la donación de sus órganos. Así está de temible la situación. Sin duda son héroes de la democracia cuyos nombres deberíamos valorar. Hasta el momento suman 50 los muertos, aunque la cifra parece tener incrementos todos los días.

La comunidad internacional ya está volviendo la vista hacia Myanmar. Esperemos que la condenación internacional de ASEAN y la ONU, haga mella entre los militares para que liberen a los presos políticos y se reinstale la democracia.

Sergio Alonso Méndez posee un doctorado en Negocios Internacionales por parte de la Universidad de Texas

salonsomendez@gmail.com