El análisis de las relaciones de pareja ha sido una temática estudiada en nuestro país a partir de diferentes disciplinas y enfoques. En nuestra cultura lo cotidiano, lo de cada día, son algunos de los parámetros que definen la vida de la pareja, en donde juega un papel importante la afectividad, la comprensión y la seguridad. Escuchamos la palabra amor y pensamos, invariablemente, en una pareja o en el amor romántico; todos parecemos estar familiarizados con este concepto, sin embargo, amar no es un paseo en góndola, amar duele y no es tema de película.
La violencia tiene raíces históricas y actualmente es más aguda y compleja que nunca. Se da a todos los niveles: político, económico, social, laboral, e intrafamiliar; en todos los espacios: la calle, la escuela, el hospital, la empresa, el hogar; asume múltiples formas: física, psicológica, sexual, verbal y económica; tiene múltiples representaciones: suicidio, homicidio, desaparición, secuestro, masacre, maltrato, chantaje, ultraje; afecta a todos: niños, niñas, jóvenes, adultos, hombres, mujeres, en calidad de víctimas o victimarios. Ya se ha hecho parte de nuestra vida cotidiana que la vemos como algo “natural”, desafortunadamente la hemos normalizado; sin embargo, las consecuencias físicas, emocionales, sociales y económicas de la violencia la convierten en un problema social y de salud pública, que demanda prevención y atención.
Ciertamente el homicidio es conocido como la consecuencia más grave de la violencia física dirigida de un individuo a otro, sin embargo, representa sólo el final de una gama y su gravedad incluye insultos, humillaciones, golpes, violación, etcétera. Pero hay un tipo de violencia que podría ser la base de todas las que ya mencionamos y esa es la violencia simbólica, la cual fue establecida por el sociólogo francés Pierre Bourdieu en la década de los setenta, describiéndola como aquella violencia que no utiliza la fuerza física, sino la imposición del poder y la autoridad, con manifestaciones tan sutiles e imperceptibles que es permitida y aceptada, es decir, se impone gracias al lenguaje persuasivo para generar creencias o conductas que pueden ser discriminadoras, prejuiciosas y generadoras de estereotipos; no debemos confundirla con la violencia psicológica, la cual se manifiesta con gritos, insultos, amenazas, prohibiciones, intimidación, indiferencia, ignorancia, abandono afectivo, celos patológicos, humillaciones, descalificaciones, chantajes, manipulación y coacción.
El estudio de la violencia de pareja es relativamente reciente porque como hecho social ha permanecido oculto por el efecto ideológico del velo de privacidad que lo cubre, y aunque la Organización Mundial de la Salud ha declarado como un problema de salud pública a la violencia de género (que amerita desde luego un capítulo aparte), es menester destacar que la violencia ejercida en contra de los hombres en una pareja no es poco común, pues históricamente, en torno a la figura masculina también se ha marcado un estereotipo caracterizado por la fuerza física y por la insensibilidad (sólo uno de cada diez hombres que es agredido por una mujer lo denuncia).
Entonces, el ciclo de la violencia en la pareja podría primero darse como ya lo dijimos, simbólicamente, luego por una discusión con insultos y desvalorización del otro que suele ser de ambos lados y posteriormente por la violencia física. Lamentablemente en este ciclo surge un mecanismo reforzador del comportamiento violento, es decir: “…para muchas mujeres y hombres el hecho de estar sometidos a humillación, desprecio, abuso sexual y control de sus vidas por parte de sus parejas, forma parte de sus relaciones, sin tener conciencia de la dignidad y la igualdad a la que tienen derecho y sin evidenciar que están inmersas en relaciones destructivas” (Blanco, Ruiz-Jarabo, 2004: 3).
En el caso particular de la violencia de pareja, se requiere de un análisis integral que no solamente contemple el hecho violento, causas, factores precipitantes, predisponentes, recurrencia, sino también la dinámica y organización familiar que posibilitan el escenario propicio para el desarrollo de los eventos violentos; entre los profesionales que intervienen de forma activa en la detección y protección de las víctimas de violencia están los médicos forenses, que cumplen una serie de objetivos que incluyen la valoración de las lesiones físicas, pero también interviene todo un equipo multidisciplinario para la valoración de riesgo y seguimiento.

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