Por J. Jesús López García

En el siglo XVIII dio comienzo el despegue de la disciplina arqueológica. En esa centuria se descubrieron vestigios muy bien conservados de las ciudades balneario romanas de Pompeya y Herculano sepultadas por la lava del volcán Vesubio. En la emoción que ese suceso desató, se redoblaron esfuerzos por terminar de fijar las claves del clasicismo de la Antigüedad grecolatina como ya habían iniciado desde el Renacimiento arquitectos, artistas e intelectuales, pero esta vez explorando en las ruinas que estaban apareciendo en tantas ciudades europeas asentadas sobre una fundación romana. Lo anterior fue captado de manera magistral por el gran arquitecto y grabador neoclásico Giovanni Battista Poranesi (1720-1778) que en sus Le Antichità Romane causó una fuerte influencia en los arquitectos de su época y en la siguiente también.

En el siglo XIX la arqueología aportó grandes descubrimientos, como la ciudad de Micenas y los asentamientos sobre los que se alzó hace miles de años la misma Troya, ello por el multimillonario arqueólogo prusiano Johann Ludwig Heinrich Julius Schliemann mejor identificado como Heinrich Schliemann (1822-1890). Sin embargo no solamente fue la arquitectura y la cultura de Grecia y Roma lo que estaba siendo desempolvado, Napoleón Bonaparte (1769-1821) en persona supervisó buena parte de los esfuerzos por excavar las ruinas de Egipto. Desprendido de todo ello se llevó a cabo un importante despojo de esos tesoros remotos -México incluso los ha experimentado en su patrimonio prehispánico y virreinal- y resultado también de esos procesos es el “congelamiento” de algunas ciudades con un alto registro de acervo arquitectónico vetusto, como la ciudad de Roma y tantos otros cascos primitivos que aun muestran entre sus rasgos renacentistas y medievales, muchos otros más antiguos.

La ciudad de París toma su nombre de la tribu gala de los parisios o Parisii, habitantes juzgados como bárbaros por las legiones romanas que los conquistaron. Al paso del tiempo y a la caída del Imperio Romano, París se convirtió en la Edad Media en una importante ciudad amurallada que terminó por ser capital de un gran reino. De ese París antiguo y de ese París medieval queda poco, pues el París que cautiva en fotos, cine y viajes, es el París que en el siglo XIX experimentó radicales obras de transformación en su estructura urbana y en su nueva arquitectura. Se conservaron naturalmente sus grandes iglesis góticas, buena parte de sus catacumbas, sus palacios barrocos y algunos fragmentos de su muralla, pero sus boulevares, glorietas y muchos otros edificios ya icónicos tienen alrededor de 150 años, poco si lo comparamos con los siglos de historia de la ciudad.

Esto ocurre con muchas otras ciudades como Londres, Ámsterdam, Copenhague, la Ciudad de México, el Cairo mismo, grandes capitales. Sin embargo también en capitales pequeñas y medianas que han tenido que ajustarse a los tiempos para seguir existiendo y extrañando ello, el ajustar su traza y su tipo de edificación a veces mal, a veces bien. El ensayo y el error que son parte de la vida práctica en la cotidianiedad.

Aguascalientes va a cumplir 450 años, se acerca a la mitad de un milenio de existencia y sin embargo, el Aguascalientes que nos parece “tradicional” proviene casi todo de los últimos 150 años pues es el periodo en que se ha construido más, dada la simple situación de que en este lapso es cuando la ciudad ha sufrido una explosión demografica y en el crecimiento de su huella como nunca se experimentó en sus 300 años precedentes.

Ahora nos consideramos una ciudad industrial pero no lo fue durante esos tres siglos. Sus humildes fincas de adobe fueron cambiadas por construcciones de ladrillo y cemento, solo sobreviviendo sus edificios principales, religiosos en su mayoría y todos ellos ya muy intervendos también. Pero no hay que olvidar que si bien procedente de estos últimos 100 años, hay inmuebles que podemos definirlos con la etiqueta distintiva de “arquitectura del siglo pasado”, como la obra que se encuentra ubicada en la calle de Rivero y Gutiérrez No. 116, proveniente de mediados del siglo XX, en su tiempo considerado “alto” y que albergaba -y alberga actualmente- en su planta baja locales comerciales “modernos”. Son edificios más cercanos en su fecha de construcción al templo de San Antonio que a nosotros y aun así les vemos como “no tan viejos”. Tal vez sea necesario ya hacer nuestra propia mini arqueología y empezar a ver en ellos algo del origen de nuestra propia modernidad.

Múltiples edificios como el referido se encuentran colindantes a éste, así como alrededor del Mercado Juárez, en la calle de 5 de Mayo, la calle Juárez y la calle Madero, principalmente.

Con lo anterior podemos darnos cuenta que es esta arquitectura la que nos ha dado mucha de la fisonomía y plástica del Centro de Aguascalientes y no solamente algunos hitos que identificamos como “infaltables” en la capital aguascalentense. Nuestra urbe es mucho más que ello, ya que está conformada principalmente con algunas calles totalmente transformadas por la sustitución de fincas pasadas por otras modernas y actuales.