Viejos amigos

Por J. Jesús López García

En lo que fuese parte del templo de Jerusalén construido por el Rey Salomón (c. 988 a. C.- c. 928 a. C.), destruido y vuelto a levantar y embellecer hasta ser demolido nuevamente en el año 70 d.C. por Tito Vespasiano (9 d. C.- 79 d. C.), se erigieron cerca de una de las murallas el gran Domo de la Roca, la cúpula de la Cadena y la mezquita de Al-Aqsa. Esta triada de edificios y la antiquísima muralla han compartido el vecindario. La ausencia de cualquiera de estos elementos, si bien a veces opuestos, dejaría incompleto al conjunto. Como si a la catedral de Santa María de la Flor en Florencia, se le quitara de sus inmediaciones el baptisterio o el campanario; a manera de que a la gran triada de pirámides de Gizeh, se le suprimiera la Esfinge, o a la ópera de Jorn Utzon se le retirase el puente de la bahía de Sidney, apodado el “Coat Hanger”, y así innumerables casos donde edificios conocidos y famosos, como otros muchos tantos se han venido adaptando a una convivencia con otros inmuebles aledaños que sin su presencia cotidiana les dejarían en una situación como de indefinición, como si les faltase algo a ellos mismos.

No es necesario que sean agrupaciones especialmente logradas o famosas, pues cada ciudad y cada asentamiento se acostumbran a la visión de conjunto de dos o más edificaciones que comparten la imagen de un sitio y que sin la presencia de alguno de ellos, esa percepción se dispersaría. En Aguascalientes, el templo de San Antonio y el Museo de Aguascalientes, ambos obras del mismo autor, el maestro Refugio Reyes Rivas (1862-1943), se conciben como una dupla inequívoca, de ahí que la inserción del Mausoleo de Jesús F. Contreras recibiese muchas críticas, aunque con el tiempo, lo más seguro es que se le termine por retirar su carácter de intruso y se le conciba como uno más de ese grupo. También en nuestra capital, el acervo de San Diego, con el templo, el ex convento, la Tercera Orden y el Camarín de la Virgen posee elementos que no se pueden separar de los demás, y que a lo largo de su edificación e intervenciones, el conjunto se mantiene cohesionado y sin señales de alguna pérdida de identidad.

Pero no solamente en las considerables fincas y grandes compuestos arquitectónicos el acompañamiento de las obras merece una consideración de parte de nuestra percepción. Todos hemos sido testigos de la demolición de algún edificio que sin ser especialmente bueno -y que cuando en pie, haya pasado incluso desapercibido-, al ser derribado deje como en una especie de orfandad a aquellos aledaños. Al desaparecer se esfuma con él parte de la imagen del lugar y con esa representación perdida, se comienzan a borrar parcialmente recuerdos, vivencias y experiencias, afectando a los bloques vecinos, que con esa ausencia, también cambian en su manera de ser vistos, recorridos o protegidos.

No hablemos de las pérdidas sino de aquellos que en su conjunto aún exhiben como viejos amigos un tono para el sitio en que se ubican. En el andador Juárez frente al costado poniente del Parián, dos edificios con aire Art Déco son parte importante de la imagen de esa porción del centro de la ciudad. Ambos de cuatro niveles presentan esa incipiente verticalidad de un Aguascalientes de mediados del siglo pasado que quería emular a las grandes ciudades cosmopolitas de su tiempo y que vieron su calle convertirse en andador peatonal en los años ochenta, que coexistieron con la imagen anterior del Parián y que vivieron el desplazamiento de los habitantes del centro hacia la periferia a partir sobre todo de los años setenta y ochenta. Esos dos viejos amigos siguen en pie y en buena salud, casi ocultos por comercios y lonas que se despliegan sobre esa estrecha sección en que se convirtió su calle pero que continúan contemplándola desde su altura y que aún permiten un atisbo de lo que fue su tiempo, si los miramos desde el ángulo adecuado.

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