Moshé Leher

Ajeno como estoy, desde hace meses, a los pormenores de lo que llaman actualidad, casi por casualidad me enteré que mañana (hoy martes), a alguna hora de la mañana, desde un páramo texano despegará una nave espacial que llevará a la estratosfera al millonario Jeff Bezos, y a otros tres ‘civiles’, en un vuelo, que es mucho decir, que ascenderá algo así como cien kilómetros, para luego descender, si todo sale bien, en vertical, para que los viajeros galácticos, se unan la selecta lista de los nuevos turistas espaciales.

Esto me llevó, en un flashback, a esos años ya idos, hace medio siglo en que los niños de entonces mirábamos con aprehensión el cielo, ante las dos amenazas que nos podían caer sobre las cabezas: un ataque de los marcianos o saturnianos, o un misil atómico disparado por los soviéticos, digamos que camino a California, que por error se desviara y pudiera aniquilarnos por el doloroso, supongo, método de la fritura.

Recordé, en ese impreciso y borroso viaje al pasado, la jornada aquella de julio de 1969, en que, con música de Strauss de fondo, el Apolo 11 alunizaba, para informarnos lo que todo el mundo sabía, menos nosotros, que la Luna era un desierto pedregoso y helado, sin rastro alguno de los temidos selenitas.

El vuelo de esta mañana lleva el nombre de ‘New Shepard’, en honor u homenaje a aquel mítico Allan Shepard, que fue el segundo de aquellos héroes estadunidenses que tripularon las naves, aviones y cohetes, de prueba del programa Mercury, que en 1962 llevaron a John Glenn, primero, y luego a Shepard, a orbitar la Tierra, en 1962 -yo ni nacía-, un año después que los rusos pusieran en órbita a Gagarin en abril del año anterior, en el marco de la ya olvidada carrera espacial entre la URSS y los Estados Unidos.

Lo de hoy, comparado con lo de la carrera espacial de los años sesenta del siglo pasado suena a payasada, si tomamos en cuenta que el vuelo de Glenn duró 4 horas y pico, contra los once minutos del vuelo de hoy del ‘New Shepard’, en una nave sin tripulación de la empresa New Origin; o si pensamos que la nave de Bezos subirá 100 kilómetros, contra los 1,374 que alcanzó un cohete Atlas, del programa Gemini, en 1964; y mucho más si comparamos los 100 kilómetros de hoy con los 384 mil y pico que hay entre nuestro planeta y la Luna.

Leo, para enterarme de qué estoy escribiendo exactamente, que lo de hoy es básicamente una ascensión en vertical de 100 kilómetros, como quien va a Lagos de Moreno, pero para arriba, y luego un descenso, amortiguado por paracaídas, en la misma trayectoria, pero al revés, como quien sube a un elevador, sube un montón de pisos y luego regresa a la planta baja, todo en un tiempo estimado de once minutos.

Esto, claro, si todo sale bien, pues de lo contrario -y toco madera-, o los viajeros siguen ascendiendo hasta el éter o reducen el tiempo en un descenso descontrolado, lo que les acortaría el tiempo significativamente, aunque eso ya sería hablar no de un hito, sino de una tragedia.

Lo que me llama la atención, yo que formé parte de esa generación que vio al hombre llegar a la Luna y soñó con viajar al espacio exterior, es que esto del turismo espacial, en pañales por lo visto, es por ahora un timo, pues aunque no sabemos cuánto cuesta un boleto para viajar 11 minutos a los límites de nuestra atmósfera, se sabe que un millonario desconocido, que no viajará por ‘problemas de agenda’ (eso es estar ocupado y no tonterías), pasó su lugar que habría sido subastado en 28 millones de dólares: 560 millones de pesos en números redondos: cinco millones, noventa mil pesos, también redondeado, por minuto.

Una barbaridad, como esa de comprar de esos aguardientes carísimos de Qatar, o vinos tan finos, que cada sorbo vale lo que valdría la comida de cualquiera por un año o dos, una muestra de que es cierto aquello de que el mundo, y hasta el espacio, están mal repartidos y muy mal proporcionados, como está mal proporcionada Scarlett Johannson (que no le fue proporcionada al que escribe).

Lehitraot

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