Moshé Leher

Hay ahora algo así como un módulo de control para ingresar y, ya hace tiempo, una pequeña tienda-librería, o lo que sea, nada más entrar a mano izquierda, pero la finca sigue siendo la misma, en esencia, desde que la conocí, allá principios de los años 70 del siglo pasado, que ya es hablar de cincuenta años.

Allí tomé clases de dibujo, de guitarra y de solfeo, aunque estas últimas, las del maestro Melchor, pronto se trasladaron a la finca cercana, a unos doscientos o trescientos metros, donde ahora está el Centro de… ¡Qué importa!

Allí presenté mi primer libro, hará ya la friolera de… 27 años; poco, si tenemos en cuenta que tengo cosa de ocho años que no doy nada a las prensas.

Allá arriba, hasta donde no subí, estaban la pequeña cabina de XENM, Radio Casa de la Cultura, junto a la cual estaba la puerta acristalada donde Berard nos corría con gritos destemplados, cuando pasábamos de los salones de dibujo, que daban al Codo, a espiar a las niñas en maillot, que tomaban la clase de danza -y que a estas alturas, pienso, deben ser ya abuelas-.

En fin que fui, a sabiendas de qué allí no soy bien visto, y que mi sola presencia suele incomodar a algunos, como aquella vez que fui a tomarme un café en el segundo patio, ya ni recuerdo con quién, y Lozano y sus secuaces salieron de sus oficinas a vigilarme, o aquella otra en que fui a presentar un libro de… En fin, mejor aquí lo dejamos.

Hace una semana justa que fue la apertura de la exposición de Paco Ledezma, a la que pensaba asistir y a la que decidí finalmente no ir para no estar incómodo yo y no incomodar a nadie, con el recuerdo fresco de hace unos meses en que fui a una inauguración de una exposición en el Museo de Aguascalientes y los mandamases de la mafia del poder cultural, que aquí también se cuecen habas, me miraban con ojos de plato, unos, y de soslayo otros, como pensando ‘mira qué atrevimiento de éste de venir’, los hunos, y vigilándome como si me fuera a robar una escultura de Felguérez o hasta la mismísima (réplica) de la ‘Malgré tout’ de Contreras.

Así que fui hasta esta mañana, primero porque se me dio la gana (y me importa un rábano si a alguien le molesta: es un lugar público), y porque aprecio a Paco y desde hace muchos años me gusta lo que pinta.

Chismes y trovas y desdenes aparte, la exposición de Paco está allí en la Casa de la Cultura, entiendo que este mes, y los dos siguientes y vale la pena por muchos motivos, para no ponerme a hablar de que en lo expuesto hay un exquisito equilibrio entre parajes vegetales y minerales muy a lo Max Ernst, unas obras con interesantes ensayo de un absoluto a lo Barnett Newman y unas obras inquietantes que recuerdan una etapa de Magritte y otras, personalísimas, llenas de quietud y tensión.

A fuerza de estar recluido en casa y apenas salir a unas cuadras a la redonda, perfeccionando mi nuevo oficio de meditador profesional, lector desbordado, estudiante ocasional y alguna cosa más, cada viaje a los que hace años fueron mis rumbos y mis calles en donde dejé las suelas de mis zapatos infantiles, es una experiencia tan evocadora como novedosa, pues esas calles y esos paisajes han cambiado mucho para, como en la novela de Lampedusa, seguir iguales; como si viajara no al pasado, que ya no existe, sino a los parajes de mi memoria, a la que suelo tener acallada por salud mental y por razones más dignas de un gabinete psicológico.

Luego, para cerrar el viaje, crucé la plaza -que es ahora una verbena fritanguera-, y por la calle Colón, que he caminado tanto como kilómetros tiene la circunferencia de la tierra, bajé hasta el barrio de mi infancia, crucé al jardín por Abasolo, me compré una gaseosa sin azúcar y me regresé a mis nuevas reclusiones, que había que escribir estas líneas.

¡Mazel Tov!

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