Luis Muñoz Fernández

La palabra ética, o su evolución actual como bioética (que me perdonen los filósofos), está de moda, todo lo contrario de su puesta en práctica. El paradigma de esta disyunción lo ejemplifica la clase política, que se llena la boca con la palabra, pero que en los hechos demuestra despreciarla hasta llegar a simas más profundas que las abisales. Y no es el único colectivo que peca de cínico, lo que tampoco es un alivio: mal de muchos, consuelo de tontos.

El fenómeno no debe ser nuevo cuando ya Aristóteles, uno de los padres de la ética, afirmaba en el siglo IV a.C. que la excelencia es algo que se cultiva con gran esfuerzo. En pocas palabras, la ética no se nos da por naturaleza, sino que se alcanza tras muchos trabajos. Sólo pensar en lo que es ético causa fatiga, de ahí que se prefiera no pensar en ello. Y, sin embargo, el dilema de lo ético nos sorprende porque se nos presenta cuando menos lo esperábamos.

Algo así me ha sucedido con “La moda justa. Una invitación a vestir con ética”, de Marta D. Rietzu, periodista catalana a la que no cansa reflexionar y plasmar en un lenguaje verdaderamente elegante, es decir, sin complicaciones, aunque con rigor y contundencia, los aspectos éticos del vestir y las graves transgresiones a la ética que perpetra contumazmente la industria de la moda. Sorprende en las primeras páginas la afirmación (en contra de lo que escribimos la semana pasada citando a la Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo) de que esta industria es la segunda más contaminante del planeta, aunque enseguida nos deja sin aliento con lo siguiente:

*La industria de la moda provoca el 10% de las emisiones mundiales de carbono. Es la segunda manufactura (aquí sí) que más agua consume y la responsable del 20% de la polución de los océanos.

*En el planeta hay 75 millones de trabajadores que se dedican a confeccionar ropa. Menos del 2% de ellos gana un salario suficiente para vivir. Dicho de otro modo: el 98% de ellos se encuentra desprotegido, en un estado de pobreza sistémica. De ese 98% desamparado, la mayoría son mujeres: el 75%. Las jóvenes europeas se proclaman comprometidas con la sororidad [solidaridad entre las mujeres] mientras visten camisetas como lemas como THE FUTURE IS FEMALE [el futuro es de las mujeres] confeccionadas por chicas de Bangladesh que cobran 30 céntimos la hora.

*Un dato que me obsesiona: sólo usamos el 20% de nuestro armario. El resto de las prendas duerme el sueño de los justos. Creí que la observación era exagerada hasta que me dirigí a mi vestidor.

*Desde el año 2000 la producción de la moda se ha duplicado. Antes del cambio de milenio las marcas presentaban dos colecciones anuales (verano e invierno), frente a las cincuenta actuales de las marcas de ‘fastfashion’. Se calcula que, de seguir este ritmo, el consumo de ropa aumentaría un 60% para el año 2030. Sólo hay un camino sensato posible: reducir drásticamente el volumen. Incluso si toda esa ropa estuviera hecha de tejidos orgánicos y tintes naturales, los efectos en el planeta serían devastadores. No es sólo el ‘cómo’, sino el ‘cuánto’.

*Una imagen deprimente: prendas nuevas que esperan –en tiendas y almacenes– a ser vendidas. Esperan y esperan. En vano. Jamás encontrarán quiénes las vistan. Han requerido esfuerzo, sufrimiento, recursos. Para nada. Acabarán incineradas, enterradas o enviadas en fardos a un país lejano que no las quiere, pero cuyo gobierno claudica a cambio de acuerdos económicos ventajosos.

La reflexión sobre la ética abarca todos los aspectos de la vida, hasta los más insospechados.

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