Luis Muñoz Fernández

Esos polvos y aerosoles se aplican ahora casi

universalmente en granjas, jardines, bosques y hogares; se trata de productos químicos no selectivos que tienen la capacidad de matar a todo insecto, el “bueno” y el “malo”, de acallar el canto de los pájaros y de inmovilizar el salto de los peces en los ríos, de revestir las hojas de una mortal película y de permanecer en el suelo… y todo ello aunque el objetivo pueden ser tan solo unas malas hierbas o unos pocos insectos. ¿Puede alguien creer que sea posible extender semejante andanada de venenos sobre la superficie de la Tierra sin que resulten inadecuados para todo ser viviente? No deberían llamarse “insecticidas”, sino “biocidas”.

Rachel Carson. Primavera silenciosa, 1962.

Devra Davis es una epidemióloga y escritora estadounidense interesada en los efectos dañinos de las sustancias químicas a las que estamos expuestos los seres humanos y las consecuencias que puede tener para la salud el uso de los teléfonos celulares. Por atreverse a investigar sobre estos temas ha recibido desmentidos, ha sido desacreditada por los empresarios que se ven señalados en sus escritos y ha sido reprendida con severidad, e incluso amenazada, por sus jefes cuando sus investigaciones han llegado a conclusiones incómodas para políticos y grandes consorcios industriales. No es para menos: sus trabajos han expuesto a la luz pública verdaderos crímenes de lesa humanidad que se siguen perpetrando con la complacencia, la ignorancia o el engaño de las autoridades.

Mitchell L. Gaynor, médico oncólogo que diseñó enfoques novedosos para prevenir y tratar los tumores malignos e implementó el Centro de Oncología Integradora del Hospital Presbiteriano/Universidad Weill Cornell de Nueva York, escribió el prólogo de uno de los libros de Devra Davis que se titula Cuando el humo corría como el agua. Relatos sobre el engaño del medio ambiente y la lucha contra la contaminación (When smoke ran like water. Tales of environmental deception and the battle against pollution. Basic Books, 2002) en el que, refiriéndose a la propia Devra Davis, señala lo siguiente:

Nunca olvidaré la pregunta con la que terminó su conferencia: “¿Qué tal si las mismas exposiciones medioambientales que afectan a los peces, las tortugas, los osos polares, los caracoles y los venados también han dañado a los genes humanos?”.

Esta pregunta me sigue persiguiendo. Veo pacientes con cáncer cada vez más jóvenes. […]

“When smoke ran like water” seguramente será atacado por aquellas industrias contaminantes que afirman sin ambages que no tenemos pruebas suficientes para pensar que el medio ambiente está dañando a los seres humanos. Nada puede ser más falso. A lo largo de las últimas tres décadas, los numerosos artículos científicos de Devra han delineado muchos de los aspectos de la salud humana relacionados con la contaminación ambiental de una forma atenta y cuidadosa. En este libro se muestra una literatura científica voluminosa que demuestra que muchos pesticidas y contaminantes industriales causan un número significativo de cánceres y otras enfermedades en los Estados Unidos y en el resto del mundo.

Pero el libro que más que gusta de Devra Davis es La historia secreta de la guerra contra el cáncer (The secret history of the war on cancer. Basic Books, 2007), en el que nos recuerda que fue en 1971 cuando el entonces presidente de los Estados Unidos de Norteamérica Richard Nixon promulgó una ley a la que tituló “Ley de la guerra contra el cáncer”, destinando una cantidad considerable de recursos federales a la investigación de estas enfermedades. Devra Davis señala que el propósito de su libro es “explicar cuándo, cómo, por qué y por culpa de quién el objetivo de esa guerra se mantuvo alejado de muchas de las cosas que producen cáncer”. […] “¿Cómo hemos llegado hasta aquí?”, se pregunta Davis, “Desde su inicio formal hace más de treinta y cinco años, la guerra contra el cáncer ha participado en muchas de las batallas equivocadas, con las armas incorrectas y bajo los líderes erróneos”. Tal vez la estrategia no haya sido la correcta, pero lo que es un hecho es que hoy en día esta guerra le reditúa enormes ganancias económicas a las industrias farmacéutica y biotecnológica.

El doctor Leonardo Transande es el profesor asociado Jim G. Hendrick MD, además de director de la División de Padiatría Medioambiental de la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York y se ha convertido en un referente internacional del impacto que tiene el medio ambiente en la salud humana. Su campo de investigación son las sustancias químicas que alteran la función de nuestras hormonas, los llamados “disruptores hormonales” o “disruptores endocrinos”.

A principios de año publicó un libro titulado Más enfermos, más gordos y más pobres (Sicker, fatter and poorer. Houghton Mifflin, 2019) en donde alerta del reto que para la salud y la economía representan los disruptores hormonales, que ya fueron considerados una amenaza global por la Organización Mundial de la Salud en 2013. Hace dos meses que el parlamento Europeo pidió a la Comisión Europea que los prohíban equiparándolos a productos carcinogénicos, mutágenos o tóxicos.

El doctor Trasande, hijo de inmigrantes gallegos, participò recientemente en el Congreso de la Asociación Española de Pediatría y allí fue entrevstado por el periódico El País:

“Hay 1.000 o más químicos sintéticos que pueden interaccionar con nuestras hormonas”, dice, “pero la evidencia es más fuerte para cuatro categorías: los plaguicidas, los bisfenoles, que se usan en papel térmico [el de las facturas de los datáfonos o cajas registradoras] y enlatados; los ftalatos que están en cosméticos y en varios tipos de envases de comida, y los retardantes de llama bromados en alfombras, quizá en muebles como este (toca la butaca tapizada en la que está sentado) y en las casas [también en productos electrónicos]. Se pensaba que solo eran dañinos a dosis altas, pero no es así”.

Los ftalatos, por ejemplo, son las sustancias que hacen flexible al plástico de las botellas de agua que todos consumimos sin saber a lo que estamos expuestos. En palabras del doctor Trasande:

Los disruptores hormonales se han asociado con alteraciones de la salud reproductiva, cánceres, diabetes y obesidad. En este último caso porque favorecen la creación de células grasas o enlentecen el metabolismo, cuenta el investigador. Nadie está a salvo. “Estos químicos nos afectan a todos. Y el beneficio de reducir la exposición es a corto, medio y largo plazo. Estamos hablando de cáncer de próstata, de mama, de efectos cardiovasculares en los hombres. Por ejemplo, los ftalatos inhiben la testosterona. Y la testosterona baja se relaciona con problemas cardiacos e ictus. 10,000 hombres mueren al año en Estados Unidos por tener baja esa hormona debido a ftalatos. Estamos hablando de vida o muerte: nos rodean productos químicos con los que nos jugamos la vida. No quiero ser alarmista. Pero hay una urgencia y con costos económicos de 163,000 millones de euros al año en Europa”, apunta el pediatra.

¿Y qué podemos hacer contra tamaña amenaza? Leonardo Trasande nos recomienda no comer alimentos enlatados, comer menos alimentos envasados en plástico y ultraprocesados, eliminar ciertos cosméticos y consumir alimentos orgánicos. También no meter plásticos en los hornos de microondas ni en el lavavajillas y ventilar la casa 15 minutos al día para eliminar el polvo químico de las alfombras y los aparatos electrónicos.

Tendrá el medio ambiente una relación directa con el aumento de enfermedades como el cáncer, la diabetes y la enfermedad de Alzheimer?

https://elpatologoinquieto.wordpress.com