Por J. Jesús López García

Las calles son las venas de las ciudades, no en balde se les llama de forma metafórica “arterias”. Son las vías por donde fluye su dinamismo y donde tienen lugar los encuentros y los desencuentros de sus habitantes, y de las situaciones por ellos propiciadas. Desde siempre la forma de las calles ha sido resultado de una planificación y un diseño pragmático, pero también de la visión que sobre sí misma tiene la urbe. En la Grecia Clásica, Hipodamo de Mileto (498 a. C.- 408 a. C.) realizó el trazo del puerto del Pireo de Atenas de manera ortogonal, una retícula exacta que ahora relacionamos al trazo “en damero” pero que en su momento también fue llamado plano Hipodámico. Hipodamo era un arquitecto, matemático  y filósofo, incluso mencionado en algunos textos por Aristóteles mismo, lo que da realce a la disciplina del urbanismo como un ejercicio intelectual de gran peso, sin embargo, son muchos los trazos urbanos que obedecen a un pragmatismo acorde a las circunstancias y situaciones particulares de los asentamientos humanos y su paso a través del tiempo.

En las ciudades medievales europeas, consideradas libres de la injerencia de los señores feudales, no faltaban ocasiones en que algún contingente militar quisiese de cualquier manera invadirlas y sojuzgarlas; en esos casos las murallas no protegían todo el perímetro y es por eso que recurrían a una disposición quebrada, viendola desde el cielo como los pedazos de un plato roto, término que se usa para designar coloquialmente a este tipo de traza urbana. Las ciudades de plato roto se servían de esa forma para filtrar a grupos grandes de atacantes y hacerlos así vulnerables a una defensa de los ciudadanos del lugar, por ello esas callejuelas estrechas donde un jinete armado con pica o lanza y además portando armadura, hacían del maniobrar militar una situación casi imposible.

Las calles de las grandes ciudades por el contrario, se presentan rectas y amplias evidenciando su confianza en no ser atacadas, pero sobre todo para hacer más eficientes los desplazamientos de grandes contingentes de personas y vehículos de tal manera que las vuelve más productivas a la vez que impactantes al observador. Cuando las huestes de Hernán Cortés (1485-1547) llegaron a la gran Tenochtitlán, se sorprendieron del trazo geométrico y de los canales que se hilvanaban con sus calzadas. Era aquella una ciudad sin rivales cercanos, por lo que tenía una traza abierta sin mayor fortificación.

La ciudad de Aguascalientes inició como una pequeña villa, parte de una ruta de aprovisionamiento para el camino de la plata que transcurría entre Zacatecas y la Ciudad de México. Si bien ya eran vigentes las indicaciones de las Ordenanzas de Felipe II, nuestra Villa tuvo que amoldar la disposición de una traza reticular a las condiciones del sitio, primero por los ataques de los indígenas del lugar y luego más determinante una vez pacificado este territorio, para adaptar las manzanas de parcelas con huertas a la topografía del lugar y aprovechar los escurrimientos naturales de las aguas pluviales para canalizarlas a través de acequias, sistema urbano-hidráulico. Esta obra delineó en buena mediada parte de la traza de los barrios originales que aún se conservaba en el siglo XIX cuando se realizó el Plano de las Huertas, uno de los primeros ejercicios para ordenar el crecimiento y trazo urbano de Aguascalientes, a los que siguieron el Plano de las Colonias y el Plano Regulador en cuyos trazos ya se esboza buena parte de lo que es nuestra ciudad hoy en día.

En nuestra ciudad existe una pequeña calle llamada Ejido que enlaza la avenida Héroe de Nacozari en un trazo diagonal, con la Avenida Francisco I. Madero donde se aprecian construcciones de mediados del siglo XX pero que conserva en su delineado algo quebrado y no perpendicular a las avenidas que conecta, algunos rasgos de esa mancha urbana original de nuestra ciudad.