Luis Muñoz Fernández

Stefan Zweig, el extraordinario escritor austriaco, nos cuenta en sus memorias que en el Imperio Austrohúngaro de su infancia nada generaba más desconfianza que la juventud. Por consiguiente, si alguna persona aspiraba a un cargo público o deseaba gozar del aprecio de la sociedad, tenía que lucir como un respetable adulto mayor: “La juventud constituía un obstáculo para cualquier carrera y tan sólo la vejez se convertía en una ventaja”.

Su forma de describir ese espíritu de su tiempo es inmejorable: “Los periódicos recomendaban específicos que aceleraban el crecimiento de la barba, los médicos de veinticuatro o veinticinco años, que acababan de licenciarse, lucían barbas frondosas y se ponían gafas doradas, aunque su vista no lo necesitara en absoluto, y todo con el único propósito de causar en sus pacientes la impresión de ‘experiencia’. La gente vestía levitas largas y caminaba con paso pausado, y, si era posible, adquiría cierto sobrepeso que encarnaba esa gravedad anhelada…”. Esto último lo resumía un profesor mío de patología con esta frase: “Médico de la privada sin panza, no es de confianza”.

Pascal Bruckner, filósofo francés, analiza cómo en la actualidad nos encontramos en el extremo opuesto: “Hemos desarrollado otra visión sobre el tema: durante un siglo, desde la hecatombe de la Primera Guerra Mundial, que vio desaparecer a toda una generación bajo las órdenes de generales irresponsables, es la madurez la que se percibe como un declive, como si madurar fuera siempre morir un poco. […] De esta inversión nació una nueva actitud: el culto a la juventud, síntoma de sociedades envejecidas, ideología de adultos que quieren acumular todas las ventajas, la irresponsabilidad de la infancia y la autonomía del adulto”.

En el último siglo, por lo menos en los países ricos, nos dice Bruckner, “la esperanza de vida ha aumentado de 20 a 30 años más. El destino le ofrece a cada uno un permiso, variable según el sexo y la clase social. La medicina, ‘esta forma armada de nuestra finitud’ (Michel Foucault), nos otorga una generación extra”. Y se pregunta: “Qué debemos hacer con estos 20 o 30 años más que nos caen encima de manera involuntaria?”.

Parece responderle Aurelio Arteta, catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad del País Vasco: “Ya sabemos que la ciencia y tantos otros avances en nuestras sociedades han añadido años a la vida de la gente, pero sólo de nosotros depende añadir vida a nuestros años”.

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