Por J. Jesús López García

La vivienda fue el primer género arquitectónico de la Historia; de hecho, la vivienda sería un suceso que apareció de la mano del fenómeno de la arquitectura. En el neolítico fueron estableciéndose los rudimentos del arte de construir, y a la par se asentaron algunas convenciones sujetas a la actividad de habitar; fue resultado del carácter gregario de la naturaleza humana que en el contacto comunitario buscó las bases de la protección y el bienestar de los individuos y para ello ¿qué mejor que una casa?

La morada entraña el refugio básico, representa la intimidad, y es por ello que tal vez, personifica también una de las expresiones más fieles de la personalidad de quien le habita. Lo anterior no tiene tanto que ver con sus dimensiones, sus estilos, su opulencia o su austeridad, si no con un tejido m

más fino compuesto con las distintas hebras que constituyen la circunstancia particular de un individuo o un grupo de ellos que habitando la casa, ésta imprime en ellos su influencia y estos hacen lo mismo sobre ella.

Desde la antigüedad prehistórica aún sobreviven los fundamentos de los hogares primitivos; de la Antigüedad se han ido descubriendo muchos recintos que indican la manera en que transcurría la domesticidad cotidiana, fuese en actividades productivas tal y como acontecia con el barrio de los artesanos que se dedicaban a construir y vestir las tumbas de los faraones egipcios en el Valle de los Reyes, cercano a las grandes pirámides, o en actividades de ocio y placer como en los casos de Pompeya y Herculano.

La casa desde entonces se manifestaba en una diversidad que ha venido creciendo al paso de los siglos. En la ciudad de Roma los hacinamientos eran comunes, dispuestos en barrios compuestos de los diferentes grupos étnicos que constituían el Imperio: griegos, germanos, galos, hispanos, sirios, judíos, fenicios, egipcios, britanos, entre otros, llegaron a la gran metrópoli con todo su bagaje cultural y dejaron en ella, por medio de sus diferentes formas de habitar, una huella profunda.

Son esos modos de habitar lo que otorga la variedad a la vivienda. Las casas en las afueras de la ciudad podían ser lo mismo los humildes hogares campesinos, como las ricas villas de la aristocracia, lugares para escapar del desorden urbano como la villa de Adriano -comunmente identificada como Villa Adriana- en la antigua Roma, o la villa Rotonda renacentista construida por el gran maestro Andrea Palladio (1508-1580).

Sin embargo, la variedad se hace aún mayor en la ciudad donde conviven todos los estamentos sociales, donde se comparte en un asentamiento la heterogeneidad de las visiones de cada segmento de la comunidad. La casa unifamiliar como pie de patrimonio ha sido una meta para muchas familias desde hace al menos 70 años -con la relativa estabilidad traída al mundo al finalizar la Segunda Guerra Mundial-, no obstante su creciente estandarización con base en la repetición de un tipo, pero le acompañan muchas conformaciones urbanas donde las viviendas se disponen de maneras diferentes en barrios, colonias o fraccionamientos de forma general en vecindades, lugares cerrados, en calles locales o anexas al paso de flujos vehiculares intensos, de manera particular. Sea como fuere, este sistema arquitectónico responde al menos a más de la mitad de la masa construida en las ciudades.

Ya desde el cuarto Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (CIAM) en 1933, la vivienda se planteó como el componente esencial de las ciudades contemporáneas, dedicándosele una serie de postulados para su buena implantación y manejo en la Carta de Atenas, de los cuales podemos mencionar: La vivienda es prioritaria por encima de otros usos, la higiene es fundamental en las recidencias y la solución era el tener edificios residenciales en altura, separados unos de otros con el fin de proveer suficiente espacio verde.

La residencia es entonces uno de los grandes temas de diseño y construcción contemporáneos, tratando siempre de lograr que lo público y lo privado en las ciudades tengan la mejor articulación posible, buscando al mismo tiempo que esos lugares de la habitación humana se integren de manera armónica a un contexto más amplio en que así sea alentada la disposición de más actividades y usos de suelo subsidiarios a la casa habitación.

Actualmente con la expansión de la huella urbana debido al uso intensivo del transporte motorizado, al desarrollo inmobiliario y a la instalación de una planta productiva que en ciudades como la nuestra congrega a buena parte de la fuerza laboral, el habitar edificios de apartamentos es una respuesta saludable para un tejido urbano extendido y poco densificado, además de propiciar presuntamente el fortalecimiento de una pequeña comunidad doméstica.

Como ejemplo de lo anterior es el edificio de la esquina de las calles Bogotá No. 103 y República de Uruguay, cercano a la avenida de Las Américas, que en la sencillez de su propuesta deja entrever una de las mejores vías para abordar el diseño de la vivienda y la manera de habitar la ciudad.