Por J. Jesús López García

La posmodernidad se caracteriza más por la sobreexposición de las diferentes facetas de la modernidad en una especie de eclosión con la suma de todos los tiempos y lugares del mundo, pues si en la Modernidad arquitectónica temprana se abogó por un internacionalismo homogéneo que borrase los rasgos particulares -hacia los años 20, 30 y 40- y en su segunda fase -50s y 60s- se optase por adaptar esa generalidad a las circunstancias específicas de un sitio, la posmodernidad ha acumulado particularidades y generalidades por igual y las ha ensamblado muchas veces sin prejuicio alguno.

Ese proceso posmoderno ha ido otorgando variedad a los paisajes urbanos, sin embargo no pocas veces se acusa un abigarramiento de formas y “estilos” que más que dar consistencia a la vivencia de un lugar, terminan por saturarlo y luego dispersarlo. Es el fenómeno de la ciudad de Las Vegas que conviven réplicas de la pirámide de Gizah y el tema del Antiguo Egipto, como en el Hotel Luxor, las ciudades de Venecia –en el Hotel Venetian- y Nueva York –el New York-New York Hotel & Casino-, letreros desproporcionados emblemáticos y avenidas resplandecientes en medio del desierto. Obviamente este caso es extremo pero al mismo tiempo modelo para las ciudades contemporáneas que van acumulando objetos arquitectónicos  y urbanos de diferentes procedencias, así como configuraciones disímbolas, anacrónicas y diversas que muchas veces caen en un desuso raído pero que dejan su huella en la imagen de la ciudad.

La variedad de materiales y procesos constructivos disponibles -sin precedentes antes de la Revolución Industrial-, genera así mismo una variedad de maneras de abordar el diseño de la arquitectura y de modos de insertarse en la ciudad, lo que en sitios de Aguascalientes, como su centro urbano, se potencia enormemente por la diversidad de disposiciones urbanísticas que le caracterizan: dimensiones y formas de lotes diferentes, calles que no corresponden a una red ortogonal, secciones viales de múltiples tamaños, grados de deterioro no homogéneos, y así una desmedida suma de desigualdades que producen una enorme cantidad de situaciones arquitectónicas  y urbanas igualmente diferentes.

La posmodernidad arquitectónica entonces, es más un subproducto de situaciones históricas, económicas y sociales, que un movimiento bien pensado y estructurado, al menos en sus trazos generales. Pero en casos particulares, la posmodernidad presenta una serie de herramientas de diseño que le permiten una convivencia urbana más adaptable a su hetereogéneo contexto, con edificios que no buscan el pastiche que imita estilos del pasado, sin el compromiso casi dogmático que exigía la Escuela Moderna de arquitectura y sin los rigores intelectuales que plantea la conservación de un patrimonio siempre en peligro de extinción.

Más allá de la posmodernidad tipo Las Vegas, la posmodernidad que no busca el asombro de los espectadores, la provocación en los críticos o por el contrario su instrumentación para el lucro fácil; la posmodernidad que en la sencillez de sus planteamientos estéticos no reniega de la Modernidad -de la que finalmente se desprendió-, ni requiere de una adscripción formal a estilos pasados, termina siendo la artífice de edificios tal y como el que se ubica en la calle Juan de Montoro No. 221 en nuestra ciudad acalitana.

Es un edificio sobrio, de poco frente y que no obstante sus tres niveles, realmente no pretende sobresalir de su contexto -de uno o dos pisos-; se sitúa en el centro de la ciudad a escasos metros del primer cuadro y no reproduce las modulaciones de edificios vecinos más añejos -cerca se encuentran por ejemplo el ex Hotel Regis o el Archivo Histórico del Estado de Aguascalientes (AHEA), pero sigue manteniendo el marco como principal argumento de diseño. A un lado se encuentra una residencia, de los años 60 o 70, moderna con una pilastra de cantera en medio del edificio citado y ésta -vestigio de una finca ya desaparecida- y al otro, un inmueble igualmente posmoderno con un diseño que puede ubicarse fácilmente al término de los años 80 e inicio de los 90 del siglo pasado. El edificio referido, a diferencia de su vecino también posmoderno, mantiene en su discreción la fórmula para hacerle más atemporal, más respetuoso de su entorno arquitectónico e histórico, pero al mismo tiempo posee una “personalidad” propia que sin protagonismo, se puede enmarcar en cualquier contexto para imponer un poco de equilibrio a la profusión de formas y de artilugios “para llamar la atención”.

En nuestro tiempo, se critica a la posmodernidad por su pretendida tendencia a las modas pasajeras y a su igualmente pretendido poco rigor intelectual, pero realmente como lo demostró el arquitecto Louis Isadore Kahn (1901-1974), la verdadera posmodernidad, más que una confrontación con la Modernidad que le antecedió, o más que una exageración de lugares comunes, como en Las Vegas, es una respuesta arquitectónica que conjuga las grandes variaciones de soluciones arquitectónicas y urbanas que el tiempo va acumulando en nuestras ciudades.

De igual manera que el ejemplo descrito, en Aguascalientes se edificaron múltiples obras de fábrica posmoderna en donde los arquitectos locales experimentaron con esta codificación.