Pocos han expresado con tanta claridad la tragedia de la condición humana como Rubén Darío con aquellos versos que dicen así:

“Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, y más la piedra dura, que ésa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, y el temor de haber sido y un futuro terror…

Y el espanto seguro de estar mañana muerto, y sufrir por la vida y por la sombra

y por lo que no conocemos y apenas sospechamos, y la carne que tienta con sus frescos racimos

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, y no saber adónde vamos, ¡ni de dónde venimos…!”

Si contener un alma no fuese suficiente, los sabios dicen que alojamos tres: la vegetativa, la sensitiva y la intelectiva. La primera alberga el instinto de supervivencia, no recuerda el pasado y no vislumbra el futuro. Con la segunda amamos y sufrimos. La intelectiva, la que se considera propiamente humana, nos hace conscientes de la incertidumbre y la ineluctabilidad de la muerte, aunque sea en sí misma inmortal.

Cada vez que la ciencia manipula el cuerpo, surgen las voces preocupadas por el alma intelectiva, que además se considera una chispa divina.

Hoy leemos en los medios de comunicación que algunos obispos de los Estados Unidos de Norteamérica han prohibido a sus fieles recibir la vacuna contra el coronavirus de la marca Jonhson&Jonhson (y algunas otras) porque fue desarrollada utilizando células provenientes de fetos humanos abortados de manera intencional, es decir, mediante un acto que la Iglesia católica considera un pecado muy grave. Sin embargo, el propio Vaticano ha expresado que, dada la emergencia sanitaria y no habiendo otra opción disponible, recibir estas vacunas no se considera moralmente reprobable, aunque eso no significa bajo ninguna circunstanciaque la Iglesia legitime la práctica del aborto.

Los fetos cuyas células renales y retinianas se usaron para desarrollar esas vacunas fueron abortados hace más de 30 años… ¿contendrán todavía restos del alma intelectiva? Esto raya en lo ridículo. Inmorales son esos obispos por poner en peligro la vida de los demás. Tan inmoral como prohibir la investigación científica en células embrionarias con argumentos parecidos.

Acompañando a Rodolfo Vázquez, que sigue en esto a Tierno Galván, más nos valdría instalarnos serenamente en nuestra finitud.

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