Luis Muñoz Fernández

Lo que se está viviendo al interior de los “hospitales COVID” en Aguascalientes solamente lo saben bien quienes atienden a los pacientes infectados por el SARS-CoV-2. Los demás, incluso quienes trabajamos en el Centenario Hospital Miguel Hidalgo, pero no estamos atendiendo directamente a estos enfermos, sólo lo podemos imaginar. Nos podemos hacer una idea a través de lo que nos cuentan nuestros compañeros, pero es simplemente eso: una idea.

Los relatos tienen una carga emotiva apenas tolerable, incluso para quienes somos testigos indirectos. En mi caso particular, a través de mi oficina de patólogo veo llegar, estacionarse y partir, a los vehículos de las funerarias que se llevan los cadáveres. Sé cuando se trata de fallecidos por COVID-19 porque los empleados de las empresas de pompas fúnebres hacen su trabajo con el equipo de protección personal puesto.

En las últimas semanas estos servicios se han tornado más frecuentes. No hace falta ser un epidemiólogo para saber la causa. Cuando los contagios aumentan, lo hacen también los infectados que llegan al Hospital y, por simple lógica, son también más los que entre ellos presentan cuadros clínicos de mayor gravedad. Son matemáticas tan simples que hasta alguien como yo puede entenderlas.

Esas historias que se desarrollan a diario dentro del Servicio de Urgencias, en la Unidad de Terapia Intensiva y en los mismos pisos de internamiento las conocemos todos los que trabajamos en el Hospital. Podría declarar frente a un juez que el esfuerzo que están haciendo mis compañeros está a la altura de lo que los motivó a convertirse en médicos y enfermeras. Lo mismo podría decir de quienes les brindan apoyo con otras tareas también muy necesarias. En esta pandemia han renovado con creces el compromiso moral de su profesión.

Sin embargo, no podría decir lo mismo de quienes desinforman a la sociedad alterando las estadísticas o mienten flagrantemente cuando aseguran que respetan y hacen respetar las disposiciones dictadas por las autoridades sanitarias. Tampoco de quienes, sin necesidad, deciden ignorar las recomendaciones repetidas hasta la saciedad para evitar los contagios. Aquellos que “no creen” que el virus exista, de quienes Cristo no se atrevería a decir “Perdónalos Señor, porque no saben lo que hacen”. Porque sí lo saben y parece no importarles… hasta que uno de los suyos se les muere.

No se puede vivir sin respirar. Sin beber alcohol, sí.

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