Moshé Leher

A mí cuando me hablan de series, como si me hablaran del huachinango a la veracruzana, si tal cosa existe; como al Manolito de las tiras de Mafalda, la de Quino, que era un bicho raro al que no le gustaban los Beatles, a mí las series me tienen, en general sin cuidado: no fui nunca cliente de Blockbuster, no lo soy de Netflix y, la verdad, tampoco me interesa qué pueden hacer hoy o en el futuro las plataformas esas de televisión a la carta.

Entiéndame, no digo que las series que ahora están tan de moda sean malas, que las habrá buenas y las habrá pésimas (me inclino más a la segunda opción), lo que digo es que esas cosas no me van, sencillamente porque cuando alguna vez me acerqué a las dichosas series, perdía el tiempo que tengo para leer.

Yo de Netflix vi la primera temporada, en un par de noches en vela, de The Crown, y poca cosa más; admito que allí vi Roma de Cuarón -que sí me gustó-, La balada de Buster Scruggs de los Coen -que me encantó- y párenle de contar; admito que de vez en vez, una tarde de sábado sin futbol, o una de esas áridas tardes de domingo, me acerco al único televisor de casa donde se puede ver tal plataforma y veo, elegido al azar, algún capítulo del Método Kominsky.

Ahora hablemos de Patria de Aramburu: del laureado libro y de la serie, de la que acabo de ver, esta misma mañana, en pausas, largos tres capítulos.

Hace años, cuando a alguien le interesaba -y no le interesaba a muchos-, recitaba yo de memoria la historia de la banda de dementes asesinos que fue, que es, ETA, desde la muerte de José Pardines, en 1968, hasta que en octubre del 2011, hace justo diez años, la banda de matones anunció que dejaba la lucha armada, tras dejar en medio siglo de actividades un reguero de muertos, 864 para ser exactos, entre los que se cuentan los 21 que dejó el atentado del Hipercor de Barcelona, en 1987, o el asesinato de Yoyes, un año antes.

Esta Yoyes había sido parte de la banda terrorista, líder de ETA militar por un tiempo, exiliada en México y arrepentida de la actividad asesina de la banda; sus ex compinches la mataron en su pueblo natal, cuando estaba en las fiestas del pueblo paseando con su hijo de tres años.

Terrible, dirán, pero nada que ver con los horrores que vive México, en donde en un mes los criminales matan a más personas que las que mató la banda vasca en medio siglo. Tienen razón.

Aquí el asunto, y es lo que me interesa, es lo que plantea el libro de Aramburu: lo que le pasa a una sociedad cuando los que siembran el odio y la división logran desentramar el tejido social, que es lo que retrata de tan buena manera la serie que vi, parcialmente esta mañana, en la serie que no sé si está en Netflix pero que estaban dando en HBO (la serie es original de ellos), y a la que llegué en un rato muerto, picándole al mando a distancia al azar.

Está de más abundar en los asuntos viejos de los fueros vascos y la Corona de Castilla, las ideas xenófobas de Sabino Arana, el lamentable papel de los curas rurales vascos, la deplorable circunstancia de la dictadura franquista, sino el cómo los apóstoles de la pureza acaban convirtiéndose en ángeles destructores, como mucho me temo nos va a pasar aquí con el megalómano que quiere pasar a la historia, y parece que quiere seguir la senda del infame de Eróstrato, que quería ser recordado en la posteridad y no encontró mejor forma que la de incendiar el Templo de Artemisa.

¿Que qué tiene que ver esto con que yo no vea series? Supongo que poca cosa, pero tampoco es que me vaya a poner a escribir el Congreso de Charrería, asunto del que entiendo menos que de cómo se cocina el abulón, la gramática del sánscrito y de la elaboración artesanal del sarape saltillense.

¡Shalom!

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