Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

La vida en el fondo de una botella

(Nota: Esta película se exhibe en cartelera comercial y se incluye en este espacio por su naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

“¿Qué es la juventud? Un sueño. ¿Qué es el amor? El contenido del sueño”.
Esta cita de Søren Aabye Kierkegaard, filósofo que abrió las puertas al pensamiento existencialista a mediados del siglo XIX, abre y es la tesis de este maravilloso filme donde el sueño se ve representado por el estupor etílico, mientras que los personajes principales, cuatro profesores de mediana edad, recurren a ello para despabilar una percepción anestesiada por el sedante del cotidiano, del hastío por la rutina, del extravío existencial que viene con la madurez corporal, pero no mental. El director danés Thomas Vinterberg (“Festen: La Celebración”, “Mifune”, “Submarino”) destila de nuevo su sabiduría narrativa en este relato configurado por el fallecimiento de su hija Ida (a quien le dedica la película) en un aberrante accidente automovilístico, pasando de ser una comedia a un drama realista, certero y macizo, donde su catarsis como autor se produce no mediante la exploración de la premisa, sino con un desarrollo que nos conduce a un exuberante clímax para vivir el genuino acto de ver la vida a los ojos y actuar acorde, constituyendo la razón de ser de esta rica e inolvidable cinta para su creador y los afortunados espectadores.
Vinterberg repite mancuerna con el formidable Mads Mikkelsen, después de su soberbio trabajo en conjunto que fue “La Cacería” (2012), para contar la historia de Martin (Mikkelsen), un profesor de historia en una preparatoria cuya existencia transcurre en un marasmo donde no conecta con sus dos hijos adolescentes (todos unos millenials cautivos de la tele o el celular), con su esposa, de quien se ha distanciado poco a poco física y emocionalmente, ni con sus alumnos, mostrando un insondable tedio en cada sesión. Es durante una reunión con sus colegas y amigos Nikolaj (Magnus Millang), profesor de psicología, Peter (Lars Ranthe), maestro de música y canto, y Tommy (Thomas Bo Larsen), el más veterano e instructor de educación física que decide poner a prueba la hipótesis del filósofo y psiquiatra noruego Finn Skarderud, acerca de que los humanos nacen con un contenido de alcohol sanguíneo 0.05% demasiado bajo, lo que implicaría que resulta beneficioso mantener ese nivel de alcohol para incrementar en el individuo una sensación de calma, osadía e incluso apertura al cambio. Propulsado ante ese prospecto, Martin se arriesga consumiendo vodka moderadamente, encontrando la inspiración necesaria para impartir su materia con vivacidad y entrega, y resucitando su vida amorosa y paterna, lo que impulsa a sus tres amigos a sumarse a la experiencia, validándola como un experimento académico donde registrarán sus descubrimientos en bitácoras y delimitando la ingesta hasta las 8 de la noche, sólo entre semana. Ante los resultados positivos que van adquiriendo (Tommy logra potenciar a su equipo de futbol infantil, particularmente a un chiquillo con espejuelos subestimado por sus compañeros, Peter dota de inspiración a sus alumnos para integrar un coro melodioso y Nikolaj localiza la fortaleza necesaria para adjuntar en su vida profesional la familiar), este cuarteto percibe tal propulsión existencial e intelectual que inevitablemente sucumben al incremento de dosis alcohólica hasta que las cosas comienzan a salirse de control, generando cierta dependencia y transformarse en aquello que juraron no pasar a ser: alcohólicos, todo con drásticos resultados.
La perspectiva que emplea el experimentado Vinterberg es una que mezcla la inteligente sensibilidad que no maltrata las malas decisiones de sus protagonistas, sino que avala su exploración mediante una reflexión profunda y real al respecto y el allanamiento a las lecturas humanistas/filosóficas que posee este amplio y rico relato con su manejo universal y atemporal del líquido espirituoso aplicando la adecuada dosis de símbolos (v.g. Tommy posee un perro avejentado al que debe asistir cada vez que debe orinar, estableciendo un paralelismo con su subsecuente sumisión al alcohol), con las escenas dramáticas que, lejos de romantizar o depravar el alcoholismo tipo Charles Bukowski o “Adiós a Las Vegas” (Figgis, E.U., 1995), lo acerca a una experiencia de vida falible e imperfecta que nos resulta demasiado conocida, pero que, bajo la exquisita lente de Vinterberg, quien no sólo transforma en cotidiana una experiencia plástica, sino además añade densidad psicológica y emocional al proceso, se eroga en una experiencia narrativa bellamente antropocéntrica. “Una Ronda Más” es, sin duda, uno de los mejores filmes estrenados en Aguascalientes este año.

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