Enseñar no es únicamente transmitir información, sino compartir experiencias e ideas para que los educandos logren tener una nueva imagen del mundo que les rodea y construir el conocimiento. La docencia suele entenderse (indebidamente) como una actividad automatizada de exponer conceptos y aplicar evaluaciones, cuando detrás de cada una de las clases existen años de formación y experiencias (sobre todo de vida) que acarrean consigo reflexiones que se impregnan en los estudiantes. Es por lo anterior que, en conmemoración del Día del Maestro (que fue el pasado 15 de mayo), abordaré mi reflexión sobre la docencia y cuál es el tipo de maestro que me gustaría ser.
De entrada, no podemos generalizar la docencia en todos los niveles educativos. La labor que efectúan los profesores en educación básica es muy distinta al enfoque que se abordan en educación media y superior; evidentemente, por la edad del estudiantado y sus necesidades en ese momento. En ese tenor, considero que el trabajo que hacen los maestros en educación básica (normalistas o de otras instituciones) es crucial para el desarrollo integral de los educandos; incluso, me atrevería a decir que son los más importantes en toda nuestra trayectoria formativa escolarizada. A lo largo de estos últimos cinco años he tenido la oportunidad de conversar con maestros de diferentes escuelas (públicas y privadas) y comparto con ellos la necesidad de impulsar las herramientas socioemocionales de los niños, así como la atención empática hacia sus necesidades y el impulso de su creatividad. Son ese el tipo de docentes que requiere nuestro sistema educativo en nivel básico y no regresar a los modelos básicos de instrucción monótona y de memorización que no complementan para nada el desarrollo integral de los alumnos.
Por otra parte, al abordar la educación media y superior los perfiles de la docencia cambian, toda vez que las materias por abordar se vuelven más técnicas y se perfilan más hacia un sistema por competencias (que, naturalmente, coincide con nuestro modelo económico y político). Aquí tenemos un dilema entre los buenos “docentes” y los buenos “profesionistas”. Quiero hacer esta distinción partiendo del dicho de un profesor que tuve en la carrera: “puede que sea un buen abogado, pero es un pésimo maestro”. A diferencia de la educación básica, muchas personas se adentran en la docencia en estos niveles sin ningún tipo de formación sobre pedagogía partiendo de que, al dominar la materia, son, por lógica, buenos docentes (una completa mentira de pies a cabeza), situación que se arraiga aún más en carreras como derecho o medicina, donde se siguen costumbres tan arcaicas y cerradas como los docentes que hace casi cincuenta años escribieron los libros que hoy en día siguen vigentes. Asimismo, existen extremos dentro de estos perfiles donde hay profesores que se orillan más hacia la construcción del conocimiento con los estudiantes (los buenos profesores) o los profesionistas que buscan en la docencia una suerte de reconocimiento social para satisfacer las demandas de su propio ego (incluso, en la arena de la política, hay quienes lucran de la docencia para arroparse del título de “maestros” cuando llevan años sin pisar un salón de clases).
Quienes crecimos viendo las películas de Harry Potter podemos tener presentes dos ejemplos muy específicos de estos dos extremos de profesores: el primer tipo puede acercarse más al personaje de Remus Lupin que aparece en la tercera entrega de la saga, quien constantemente reflexionaba con Harry sobre cómo vencer sus miedos y le ayuda a dominar un hechizo que le permitiría salvar su vida y la de otras personas; el segundo tipo de docente se ve reflejado en el personaje de Gilderoy Lockhart de la segunda película, quien se presenta como un experto en la materia por haber escrito múltiples libros al respecto, pero que al final no resultó ser tan efectivo como decía serlo y no le enseñó absolutamente nada a Harry. Desafortunadamente, estos perfiles, a pesar de que son producto de la ficción, se apegan bastante a la realidad.
Las universidades e instituciones de educación superior deberían enfocarse más en el primer tipo de perfiles de docentes, aquellos que saben guardar su ego en el cajón para poner en primer lugar a los alumnos, que sus clases estén enfocadas en que los estudiantes comprendan el tema sin recurrir a prácticas arcaicas (humillación) o de autopromoción personal para “educar”. Ese es el tipo de profesor al que quisiera aspirar y que, desafortunadamente, hay muy pocos. Finalmente, voy a cerrar esta reflexión felicitando a los maestros por su día, y con una cita de Mercedes Calvo sobre el papel de los docentes:
“Nuestra labor no es meramente la adquisición de algunas técnicas ni la formación de algunos hábitos, de lo que se trata es de atender al desarrollo integral del ser humano por medio de una educación para la libertad que permita al hombre transformarse en persona.”