Luis Muñoz Fernández

La conservación no va acabar de ir hacia adelante porque es incompatible con nuestra concepción abrahámica de la tierra. Abusamos de la tierra porque la vemos como una mercancía que nos pertenece. Cuando pensemos en la tierra como en una comunidad a la que pertenecemos, podremos empezar a usarla con amor y respeto. […]

Tal visión del hombre y de la tierra está sujeta, por supuesto, a los avatares y distorsiones de la experiencia y las predilecciones subjetivas. Pero dondequiera que la verdad se halle, lo siguiente está más claro que el agua: nuestra sociedad de lo “más grande y mejor” ahora es como una hipocrondriaca, tan obsesionada por su propia salud económica que ha perdido la capacidad de seguir sana. El mundo entero está tan obsesionado por tener más bañeras que ha perdido la estabilidad necesaria para construirlas, incluso para cerrar la llave. Nada traería más salud en esta etapa que un poco de saludable desprecio por tal estado pletórico de beneficios materiales.

 Aldo Leopold. Un almanaque del Condado Arenoso, 1948.

El conocimiento científico sobre el origen de la vida en nuestro planeta permite suponer que su inicio data de unos 3,500 millones de años. Desde luego que se trata de una cifra aproximada basada en las evidencias disponibles, siempre insuficientes. Desde aquel hipotético inicio y durante la mayor parte del tiempo que ha transcurrido hasta nuestros días, los únicos seres vivos que poblaron la Tierra fueron microbios unicelulares.

Los seres compuestos por múltiples células hicieron su aparición hace unos 530 millones de años. Los primates del género Homo,al que pertenecemos, aparecieron hace unos dos y medio millones de años y nuestra especie (sapiens), la única viva hoy de todo el género Homo, tiene una antigüedad de unos 315 mil años. Insistimos: todas las cifras son aproximadas y provisionales.

En términos evolutivos, y no se diga geológicos, somos unos recién llegados. Y, sin embargo, nos hemos constituido en una verdadera amenaza para el resto de los seres vivos. Podemos afirmar que en estos momentos la continuidad de la vida en la Tierra se encuentra en entredicho.

El pasado 6 de mayo de 2019 se presentó en París la versión resumida el informe de la Plataforma Intergubernamental sobre la Biodiversidad y los Servicios Ecosistémicos (IPBES, por sus siglas en inglés). Lo que expresa este informe es una reducción de la biodiversidad como nunca antes había ocurrido. Un millón de los ocho millones de especies animales y vegetales existentes se encuentran en serio peligro de extinción.

Es evidente que los seres humanos vivimos cada vez más desconectados del entorno natural y estamos convencidos de que los demás seres vivos están a nuestra disposición como objetos de estudio, entretenimiento o explotación. Y lo que es peor: que no los necesitamos en absoluto para garantizar nuestra propia supervivencia.

Inmersos en las ciudades, rodeados por todo tipo de objetos y cada vez más embebidos en los artefactos tecnológicos hoy omnipresentes, nos hemos convencido de que podemos (y debemos) crearnos una realidad propia y paralela para nuestro disfrute: una realidad virtual. Bajo el influjo de los medios de información (léase manipulación) masiva, vivimos enajenados.

Aunque se percibe una conciencia cada vez mayor sobre la debacle ecológica a la que nos estamos asomando, la mayor parte de la población ve este asunto como algo ajeno que no es de su incumbencia. Craso error. El citado informe señala que la alarmante reducción de la biodiversidad no sólo tiene un impacto medioambiental, sino que amenaza a los objetivos de desarrollo sostenible fijados por la Organización de las Naciones Unidas. Es decir, tiene también serias repercusiones económicas. Dice al respecto el informe: “Maltratar a la naturaleza significa frenar la lucha contra la pobreza, el hambre o por una mejor salud en el ser humano”. Los 145 expertos de 50 países que han elaborado el informe, auxiliados por otros 310 especialistas más, han trabajado durante tres años y publicarán su trabajo en extenso (un documento de más de 1,500 páginas) en la segunda mitad de este 2019. No hay ninguna duda: estamos frente a una verdadera emergencia.

Josef Settele, uno de los autores principales del informe, señala: “Los ecosistemas, las especies, la población salvaje, las variedades locales y las razas de plantas y animales domésticos se están reduciendo, deteriorando o desapareciendo. La esencial e interconectada red de la vida en la Tierra se retrae y está cada vez más desgastada” (las negritas son mías).

Fijémonos en ese concepto de la “red de la vida”. Me parece una idea afortunada para romper el hechizo de la realidad virtual, un buen antídoto contra el veneno del aislamiento de la naturaleza que se nos instila todos los días a través de las llamadas “tecnologías de la información y comunicación”, las famosas TIC’s que algunos tanto presumen como heraldos del progreso.

En efecto, a pesar de que no nos damos cuenta, vivimos unidos por lazos poderosos aunque invisibles con el resto de los seres vivos, tanto animales como vegetales, desde los organismos microscópicos hasta la ballena azul. Y no sólo estamos interconectados con ellos, sino que nuestra supervivencia como especie depende de la suya. No hay futuro sin ellos.

Peter Wohlleben es un guardabosques alemán que saltó a la fama cuando publicó La vida secreta de los árboles (Ediciones Obelisco, 2016) y después otros libros en los que muestra lo maravilloso y fascinante que es el mundo natural. Su obra más reciente se titula justamente La red secreta de la naturaleza (Ediciones Obelisco, 2019) y en ella nos dice lo siguiente:

La naturaleza es un aparato de relojería inmenso. Todo está claramente ordenado y entrelazado, cada ente ocupa un lugar y juega un rol determinado. Todos los animales se encuentran en equilibrio, y cada especie tiene un significado y una función en el ecosistema. Para nosotros, los humanos, este sistema es supuestamente fácil de manipular, y eso nos aporta seguridad. […]

Asimismo, cuando los humanos intervenimos, todo se desequilibra; por ejemplo, al introducir una especie foránea de peces. De manera inevitable se produce una consecuencia: el número de ciervos se reduce exageradamente. ¿Por culpa de los peces? Sí, parece que el ecosistema terrestre es mucho más complejo de lo que aparenta ser; no todo puede simplificarse en sencillas fórmulas condicionales: “Si hacemos esto… entonces pasará aquello”. Hay que ser conscientes de que pequeñas intervenciones tienen consecuencias enormes y que es mejor no entrometerse si no estamos seguros del efecto de nuestra participación.

La solución a la crisis que enfrentamos es difícil de alcanzar no sólo por la escasa conciencia ecológica tanto de la ciudadanía como de los gobiernos, sino porque su origen se encuentra en una forma de vida a la que no estamos dispuestos a renunciar. Además, la permanencia del actual sistema económico, defendida por poderosos intereses, obliga a una producción creciente seguida de un consumo ilimitado que genera una enorme cantidad de desechos de todo tipo.

El informe identifica los impulsores directos de los cambios en la naturaleza que se han acelerado notablemente los últimos 50 años. El primero son cambios en el uso de la tierra y el mar: tres cuartas partes del medio ambiente terrestre y cerca del 66% del marino se han alterado de manera importante a causa de la actividad humana. El segundo es la explotación de los seres vivos: el 33% de los recursos pesqueros marinos eran explotados a niveles insostenibles en 2015. El tercero es el cambio climático: las emisiones de gas con efecto invernadero se han duplicado desde 1980 y han provocado un aumento global de la temperatura de 0.7 grados centígrados. El cuarto es la contaminación: la polución plástica se ha multiplicado por diez desde 1980.Y el quinto son las especies foráneas invasoras, que han aumentado un 70% desde 1970 en al menos 21 países.

La red de lo viviente se está disolviendo y nosotros desapareceremos con ella. ¿Existen posibilidades reales de revertir esta situación? Si las hay, son ya muy escasas.

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