Luis Muñoz Fernández.

Muchos colegas médicos me han dicho: “yo escribiría si tuviera tiempo”, “a ver si después me queda tiempo para escribir…”; algunos de ellos lo que en realidad están diciendo es que no tienen tiempo para pensar, para reflexionar, para meditar acerca de su práctica médica, puesto que escribir no es otra cosa que poner en orden las ideas y dar coherencia lógica al pensamiento. La falta de reflexión es una de las nefastas características de la sociedad moderna que se ha automatizado, se ha dejado envolver por el utilitarismo, la avaricia y el consumismo. “Time is gold” fue una frase acuñada por esta sociedad capitalista a la que le interesa más la acción rápida, irreflexiva y mecanicista que la introspección y el razonamiento lógico. Coreth dice que el hombre no vive como animal en la “inmediatez”, sino como ser humano en la “mediación”, es decir, en la meditación reflexiva que le permita construir un mundo que trascienda la animalidad y alcance el espíritu.

 Jorge Chávez. El médico escritor. Una antigua tradición que se extingue, 1993.

En el anterior Observatorio (Más allá de lo hecho, 3 de enero de 2020) exponía la idea de reorientar mis actividades como escritor e iniciar nuevos proyectos editoriales que fuesen más allá de estas colaboraciones semanales, tan gratas para un servidor y que he desarrollado desde hace ya más de 10 años en El Heraldo de Aguascalientes.

Describía también algunos de los proyectos que pienso desarrollar a partir de ahora y dejé en el tintero el segundo libro que traigo en mente escribir. En realidad, los temas para ese segundo libro son varios, pero justamente hace pocos días el doctor Gerónimo Aguayo me recordó uno que, habiéndolo platicado en varias ocasiones con él, sigue pendiente. Se trata de escribir un libro sobre la historia reciente del Centenario Hospital Miguel Hidalgo.

El tema nos parece muy relevante por varias razones. La primera es que esa historia no ha sido escrita en forma de libro, sino que algunos de sus hechos han sido relatados de manera fragmentada en diversos periódicos, revistas, boletines y otras publicaciones de vida efímera. Los verdaderos protagonistas de esta historia, quienes planearon el proyecto del nuevo Hospital Hidalgo, no han plasmado personalmente por escrito y de manera detallada, en un relato coherente, todo lo que se hizo y se sigue haciendo para contar con la nueva sede que hoy tiene esta noble institución.

También hay que señalar que quienes hemos trabajado tantos años en el Hospital Hidalgo y nos empeñamos en dejar un legado trascendente para la enseñanza y el ejercicio de la medicina en nuestro Estado, hemos tenido como propósito rector el no detentar el poder sectorial, gremial, grupal o económico, sino impulsar una medicina pública estatal y regional distinta, del más alto nivel científico y humano, superando lo que se había hecho a lo largo de las últimas décadas si exceptuamosla reorganización del sistema estatal de salud y las obras realizadas durante el período en el que el doctor José Manuel Ramírez Isunza estuvo al frente del entonces Instituto de Salud del Estado de Aguascalientes.

Esta historia también debe escribirse porque quienes nos atrevimos a planear, iniciar y poner en marcha el nuevo Hospital Hidalgo hemos sido blanco de una campaña de menosprecio primero y de desprestigio después que sigue en pie y que nos parece profundamente injusta, malintencionada y francamente vil. Ataques que pintan de cuerpo entero la mezquindad, la miseria espiritual y la mediocridad intelectual de sus autores y personeros.

Por eso es también necesario dejar constancia para la historia de los esfuerzos y aportaciones de todos los actores que con altura de miras, entusiasmo y dedicación generosa han hecho posible esta nueva realidad que sigue evolucionando para beneficio de los más necesitados de nuestro Estado y su área de influencia. Es justo y necesario que los aguascalentenses lo sepan.

Hay otros temas que me parecen de interés. Uno de ellos, adelantado ya en aquella larga serie de quince Observatorios titulada Repensando la vida, la salud y la enfermedad, es el intento de hacer un resumen razonablemente coherente y accesible de la vasta y polifacética obra del doctor Leonardo Viniegra Velázquez. Tomo este reto mayúsculo como una misión porque lo conozco personalmente y me honra la amistad que hace tantos años mantengo con él y porque, a mi modo de ver, es un pensador muy original, heterodoxo y muy valioso, cuyas ideas deben ser conocidas y debatidas en círculos de interesados cada vez más amplios. La ciencia en general, la medicina, la biología, la sociología, la política y la educación médica, entre otras, se han enriquecido muchísimo con las aportaciones a veces poco conocidas aunque fecundas del doctor Viniegra.

Otro tema pendiente de su desarrollo en un libro, proviene de otra serie de siete Observatorios titulada Los fines de la medicina, donde repasé los principales conceptos del famoso documento que publicó el Centro Hastings de Bioética (The Goals of Medicine) en 1996, traducido al español por la Fundación Víctor Grífols i Lucas en 2005. Aunque se trata de conceptos fundamentales que para algunos pueden sonar a verdades de Perogrullo, son poco conocidos para una parte significativa de la comunidad médica en nuestro medio, estudiantes de la carrera incluidos. Su exposición amplia y más completa, incluyendo lo que no son los fines de la medicina, me parece pertinente. A ello me ha inclinado la sugerencia que me hizo el doctor Rodolfo Darío Vázquez Cardozo, una de las mentes más sólidas y bien estructuradas que tengo la fortuna de conocer y de la que siempre aprendo, y de cuya amistad gozo, cuando coincidimos en el Colegio de Bioética.

Relacionado con mi profesión de médico (aunque algunos duden que un patólogo es un médico) es la búsqueda de la esencia de la medicina, de aquello que, por un lado, nos vincula de una manera tan especial con el ser humano enfermo, con el necesitado, con el desposeído y, por otro, lo que está en la raíz común a todos los que tenemos el privilegio de ejercer la medicina, sin importar el campo específico al que estemos dedicados. El ideal al que todos los médicos debemos aspirar y que se convierte en el contrapeso, hoy más necesario que nunca, de ese perseguir el éxito económico y la preeminencia social en el que, desafortunadamente, tantos colegas se afanan. Igual que los fines de la medicina, debemos tener muy clara su esencia si pretendemos realizarnos en nuestra labor y contribuir a que una pequeña parcela de este mundo atribulado sea un poco mejor cuando partamos que como era cuando llegamos a él, sin importar que esa mejoría dure poco. El ideal de ser agentes de benéfica transformación en lo más profundo de los seres humanos a quienes nos toca conocer y servir.

Por último, dado que en mi caso el escribir ha sido una consecuencia mi afición inveterada, casi viciosa, a la lectura, quisiera en un futuro escribir un libro cuyo tema central sea la relación entre la literatura y la medicina, específicamente, de la influencia no sólo positiva sino indispensable que ciertas lecturas provechosas pueden tener en el aprendizaje y en el ejercicio práctico de la profesión. De cómo la buena lectura, es decir, de aquellas obras que no tienen que ver con el saber técnico y científico de la medicina, nos pueden hacer mejores médicos, más cercanos al dolor de quienes nos buscan y confían en nosotros. Lecturas que nos ayuden no sólo a sanar el cuerpo y el alma de los enfermos, sino que nos permitan curarnos de nuestras propias heridas, incluso de aquellas que nos hacemos a nosotros y a los demás cuando perdemos la perspectiva, erramos el camino y nos olvidamos de quienes somos y a quienes nos debemos.

Todo lo anterior me parece difícilmente compatible con el tipo de escritura a la que me he dedicado hasta ahora. Destinar cada semana tiempo, imaginación y trabajo para exponer un tópico distinto no permite concentrarse en un gran tema con la suficiente duración e intensidad que permita escribir un libro como los que he planteado en los párrafos precedentes y en el anterior Observatorio (Mas allá de lo hecho). Por ello, he decidido poner pausa a la redacción de esta colaboración semanal. Tal vez sea una pausa transitoria, no lo sé, pero me parece indispensable si deseo pasar de las palabras a los hechos. Otras decisiones relacionadas vienen aparejadas. Todo se andará. Hasta pronto. Hasta siempre.

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