Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Claro que es una hipérbole, pero Mao Tse Tung escribió que basta una chispa para incendiar la pradera. Jesús Reyes Heroles insistió en que no habría que despertar al “México Bronco” y a lo ranchero se suele decir que no hay que “agitar el avispero”. La desmesurada y torpe reacción de presidente López Obrador por la fuerte crítica de la Compañía de Jesús y del Episcopado Mexicano ante la falta de una política para combatir la violencia, especialmente la desatada por la presencia del llamado crimen organizado y el querer tomar las palabras de S.S. Francisco I, S.J. como respaldo a su “supuesta política”, sacando de contexto las palabras del Papa, han propiciado fuertes reacciones de un sector, la jerarquía católica, que había permanecido discreta y expectante, pero para la que el proditorio asesinato de dos sacerdotes jesuitas en la sierra de Chihuahua fue la gota que derramó el vaso para exigir un “Hasta aquí”.

El exabrupto presidencial sólo se explica desde el desquiciamiento cada vez más apreciable en las conductas del presidente, hablar de que el clero está “apergollado” por grupos es una auténtica provocación, cuando de por sí la situación general del país se encuentra más allá de un primer hervor. Es un dislate cuyas consecuencias son impredecibles, casi tanto como si hubiera pedido al Santo Padre que se disculpara por decir que en México hay “demasiados asesinatos”. El Vaticano como estado, tiene todo el derecho de exigir protección para sus sacerdotes, que tienen una relación peculiar por su sumisión vía voto de obediencia al Papa. La Iglesia Católica como Institución por sí y a través de las miles de asociaciones religiosas de naturaleza católica, tiene el derecho y la obligación de exigir la seguridad de la grey que sigue siendo la mayoría de los mexicanos. Los sacerdotes como ciudadanos y aún simplemente como individuos deber ser sujetos de la tutela y protección de las autoridades que les garanticen la integridad, con mayor razón la vida.

La desbarrada de López Obrador se suma a muchas más, que se han acrecentado en los tiempos recientes. Su incontinencia verbal, de por sí peligrosa, se aúna a la desesperación patente de que sus trompos no bailan y de que las circunstancias se han confabulado, un “compló” del mundo desde luego, contra la 4T, para ponerle trabas en su cruzada por la transformación del país, que ya casi lograda, sólo faltaría ponerle la cereza en el pastel: destapar su “corcholata” como sucesor en la presidencia. Por cierto su “cocholata” la Shiquitibaum tuvo la pésima ocurrencia de asistir a un acto público de culto católico, con una falda con la imagen de la Virgen de Guadalupe, ¡qué desmesura! Más viniendo de alguien que, al parecer, profesa la religión judía. ¿Qué pretendía? ¿Burlarse de las creencias del pueblo mexicano? ¿Quedar “bien” ostentándose con un signo de identidad nacional? ¿Explotar la ingenuidad del pueblo?

Después del crimen organizado, la entidad más violenta en este país es el presidente de la República, es uso de su púlpito mañanero para insultar, amenazar, difamar, calumniar y mentir, mentir y mentir, sería tipificado fácilmente como sevicia, y, curiosamente como en ciertas relaciones sadomasoquistas, la respuesta de mucha es del tipo “pégame pero no me dejes”. ¿Cómo entender que siga teniendo una aprobación mayoritaria cuando le dice a la población, los que votan por mí son los más mal preparados? ¿Cómo comprender que un buen número de jóvenes que reciben su bicoca y que la aprovechan para poder mejorar en su preparación y en la escala social, soporten que les llame “aspiracionistas”? ¿Cómo creer su preocupación por la violencia, cuando en medio de un duelo nacional (no creo exagerar) por el asesinato de los jesuitas, se va a jugar beisbol y de pilón en horas de trabajo?

El abuso que se ha hecho de la paciencia del pueblo sería incomprensible en otros momentos o en otros lugares. En un acto de cinismo y desvergüenza inaudita el procurador de la Defensa del Consumidor, con la complacencia presidencial, sale a decir a nivel nacional, que los precios han bajado, cuando cualquier ama de casa le puede escupir en la cara los precios de cualquier producto. Precios muchos, que su encarecimiento se debe además de los factores del mercado y la economía que no han sabido manejar, a las amenazas, presión y control que grupos criminales ejercen sobre productores, distribuidores y comerciantes. El limón, el aguacate, el pollo, etc., etc., son controlados por mafias delincuenciales.

El manejo político de la pandemia, el control monopolista por parte del Estado de la distribución y aplicación de las vacunas, la falla brutal en el abasto de medicinas, la carencia del cuadro básico en las instituciones de salud públicas, la desaparición del Seguro Popular sin un sustituto siquiera similar, el criminal abandono de los niños con cáncer y el apostrofar a sus padres como agitadores profesionales, etc., etc.…

Es incomprensible el aguante del pueblo mexicano a menos que se explique con esa actitud bipolar de sometimiento y revancha ladina que ha caracterizado nuestra historia.

Temo que el presidente (así, con minúscula) haya traspasado los delicados límites de la cordura. Me niego a creer que con un mínimo de serenidad y reflexión habría acusado a los ministros religiosos de estar “apergollados”, cuando lo único que hicieron fue señalar el fracaso total de la seguridad pública, cuando se dolieron por la muerte de un hermano y cuando se condolieron de la muerte de cientos de miles de compatriotas. La utilización perversa de las palabras de Su Santidad para hacerlas parecer como un aval, podrá dejar tranquilo al presidente y sus aduladores, pero acrecentará el resentimiento entre la comunidad católica.

El presidente subestima al pueblo, acostumbrado a manejarlo, a mangonearlo, aprovechando su simpatía con tonos mesiánicos, ha atacado directamente a la jerarquía, ha pretendido manipular el discurso papal  y ha formulado denuncias que no está en condiciones de poder probar. Dudo mucho que la jerarquía no tenga respuesta para la inquina desquiciada del presidente. Dudo mucho que el presidente insista en justificar la violencia afirmando que “se están matando entre ellos”, ¿de qué lado pondría a los jesuitas?

Me gustaría que privara la Caridad, aunque quizás sería bastante con la Prudencia, como diría el Padre “Chayo” Ramírez, de estirpe cristera, pero mucho me temo que la ceguera del gobierno pueda agudizar el desencuentro y la Iglesia no tendrá opción: denunciar la injusticia, denunciar la violencia, denunciar la autocracia y hacer valer una bandera de la Compañía de Jesús, la opción preferencial por los desprotegidos, entre los que se encuentran millones de mexicanos a merced de las mafias criminales.

 

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