Jesús Eduardo Martín Jáuregui

La Constitución, la de cualquier país tarde o temprano termina siendo un fetiche, aunque como en nuestro caso sea un fetiche muy reverenciado pero poco respetado, más parchado que una llanta de taxi, con más vueltas y revueltas que un volantín, más agregados que un convite dioquis y más violaciones que los diez mandamientos, pero como decía Carlos Puebla, el cantor de la Revolución Cubana, “nuestro vino es de plátano, pero es nuestro vino”. Cierto que nuestra carta fundamental alguna vez fue un hito, la primera Constitución Político-Social del mundo, por ser la primera en la que se reconocieron las llamadas garantías sociales, derechos sociales, derechos de grupos en tanto grupos, cuya titularidad corresponde a categorías sociales: los campesinos, los obreros, los consumidores, etc.
La ley, y lo mismo vale para la Constitución, debe ser estable pero no permanecer inmutable. La ley, y lo mismo vale para la Constitución, es un conjunto de criterios de resolución de conflictos que responden a lo que una comunidad en un momento y lugar determinados, siente, piensa y quiere. El mexicano de 1914 no pensaba como el de 1857, el de 1917 no pensaba como el de 2015, el mundo no es el mismo, ni las creencias que regían las relaciones humanas hace doscientos, si el mundo ha cambiado, si México ha cambiado, no se entiende que la Constitución no haya cambiado, porque, para usar un símil automovilístico, usted le puede cambiar las llantas, cambiar la tapicería, modificarle el motor, repintarlo y relujarlo, su coche modelo 1954 customizado seguirá siendo modelo 1954, muy bonito, muy lucidorcito, pero seguirá siendo el mismo modelito.
Los mexicanos, lo han dicho pensadores que sí piensan, (por lo que a mi toca, a veces me siento y pienso y a veces nomás me siento), oscila entre un chauvinismo extremo y un malinchismo a ultranza. De repente como México no hay dos, para luego preferir lo extranjero porque los mexicanos somos incapaces de mantener un control de calidad. No hay duda que de México era el Tenor Continental, era el mejor Dueto de América, era también la Novia de América, era el Mejor Declamador de América, es la Patrona de América, y, como México no hay dos, lo hecho en México está bien hecho, y, por supuesto, la Plaza de Toros más sola del mundo, digo, las más grande del mundo, la mejor cerveza del mundo, y, esto sí es indiscutible, el mejor tequila del mundo, aunque también se hacen los peores tequilas del mundo (ni los chinos). Lo han dicho también los pensadores como, por un lado se venera, se sacraliza a la “abnegada madrecita mexicana”, y por otra el clásico macho mexicano “celoso de la honra y desobligado del gasto”, pone a la madre que debiera ser “a toda madre” como una “madreseca” cualquiera.
Nuestra Constitución, la de 1917 respondió a las circunstancias de su momento. Al triunfo de una revolución que no triunfó, porque luego de una escaramuza en el Norte, el viejo dictador con toda dignidad dijo “Ai ‘ta su arpa ya no toco, a ver que sienten”, las facciones en pugna, a la cabeza el último gobernador porfiriano y primer Jefe del Ejército Constitucionalista, Venustiano Carranza, luego de un extraordinario ejercicio de encuentro ideológico como fue la Soberana Convención Revolucionaria de Aguascalientes, convocó, sin duda con un doble propósito, por un lado legitimarse, por otro contar con un instrumento legal que marcase un parteaguas en la vida política de México.
El proyecto político plasmado en el proyecto de reformas sufrió serios ajustes. A Don Venustiano se le salieron los diputados del huacal, como quien dice, al dueño del circo le crecieron los enanos, si la iniciativa era realizar ajustes a la constitución burguesa de 1857, el constituyente de Querétaro, a la torera se saltó la barrera, y con el impulso de los diputados de pensamiento avanzado como José Natividad Macías, Luis Manuel Rojas, Héctor Victoria, Félix F. Palavicini, Heriberto Jara, y otros más, lograron transformar el pensamiento estabilizador de Carranza en el impulso innovador del mundo de principios del siglo XX, las ideas marxistas permearon en la obra del constituyente, las regulaciones proteccionistas y reivindicadoras de los obreros y los campesinos, fueron acogidas en nuestro ordenamiento que daría el sustrato ideológico-político para transformar a nuestro país.
Hoy, a más de 100 años de distancia, es necesario hacer un balance y replantearnos si el marco jurídico responde a la idea del mundo y a la idea del país que tenemos los mexicanos del siglo XXI. El ejercicio de repensar nuestro pasado y replantearnos el futuro sería sin duda un ejercicio fructuoso, en un momento en que las instituciones nacionales se encuentran en la más profunda crisis desde 1917. Nunca, ni en 1968 en que el conflicto estudiantil se focalizó en la ciudad de México, ni con el levantamiento de los Zapatistas del pseudocomandante, ni con los errores de diciembre, ni con el voto por voto, casilla por casilla, nunca antes las instituciones, su credibilidad, su autoridad, su legitimación y su ejercicio, se habían cuestionado tan profundamente.
El diseño constitucional responde a una idea de un país que ya no existe y que quizás nunca existió, las aspiraciones de la post revolución suenan anacrónicas en el mundo globalizado del siglo XXI, las ideas marxistas que fueron de avanzada en el siglo pasado, hoy suenan demodé, los derechos sociales se quedan cortos ante las nuevas generaciones de Derechos Humanos. Las demandas sociales se multiplican y las protestas, ahora se plantean en un abanico de expresiones que van desde las más anárquicas y anarquizantes hasta las más ordenadas y demandantes. La realidad de estos grupos, con diversos matices, es la inconformidad con un estado que no tiene respuestas para las demandas populares, con un gobierno que responde a una estructura política decadente y con instituciones desacreditadas e ineficientes. Quizás sea el momento para replantearnos el país que queremos y de darnos las normas para lograrlo, el ejercicio sería complejo pero gratificante y confluiríamos, así lo creo, en lo que tenemos en común como punto de partida de un México más justo, más equitativo, mas democrático.
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