Gerónimo Aguayo Leytte

Un hecho que ocurre con frecuencia en pacientes adultos y ancianos, en especial cuando están hospitalizados, reciben varios medicamentos y han estado separados de sus familiares, como es el caso de las áreas de terapia intensiva, es la percepción de imágenes, figuras, personas, animales que pueden ser amenazantes (alucinaciones visuales) así como confusión en cuanto a lugares, la convicción de que les han hecho daño o se burlaron de ellos, lo cual genera diversas reacciones como angustia, miedo, coraje, agresividad y hasta conducta violenta.

En otras ocasiones sólo se observan inquietud, insomnio, algunas confusiones leves en cuanto a personas y espacios. Estas manifestaciones que siempre son agudas, es decir, de inicio rápido, la mayoría de las veces se solucionan en pocos días.

Este conjunto de alteraciones predominantemente de las funciones mentales se conoce en el ámbito médico como Estado confusional agudo o Delirium, la palabra latina que significa confusión mental, alucinaciones y pensamientos absurdos e incoherentes.

Conocí hace algunos años a José, un agradable y apacible paciente, quien sufrió un infarto cerebral y que fue hospitalizado para limitar la extensión de la lesión; era un hombre además muy preparado que desarrolló la idea de que el personal médico lo quería matar y eso lo hizo inquietarse y llegar por momentos a la agitación. Requirió en más de una ocasión tranquilizantes y sobre todo pláticas con él para ubicarlo en la realidad. Al final su cuadro clínico se resolvió y volvió a la normalidad. Todo quedó como una anécdota familiar y del hospital.

Las causas del delirium pueden ser múltiples y en algunas personas coincidir varias.

Entre ellas podemos señalar las infecciones, desequilibrios en las sales de nuestro organismo presentes en la sangre como el sodio o el potasio, alteraciones en el funcionamiento del hígado o de los riñones, varios medicamentos como analgésicos potentes, paradójicamente algunos sedantes, como algunos ejemplos. Destaca por ser una causa común la falta del ambiente habitual y natural del enfermo así como la dificultad para mantener un ciclo de sueño y de vigilia adecuados, por los ruidos, las luces y la falta de quietud que en no pocas ocasiones ocurre en los medios hospitalarios.

El delirium es una afección cerebral difusa, la mayoría de las veces pasajera, que involucra a las funciones mentales (estado de alerta, orientación en tiempo, lugar y persona, juicio, cálculo, abstracción, memoria, lenguaje, contenido del pensamiento) y pone de manifiesto el delicado equilibrio que requieren diversos grupos neuronales y sus circuitos.

Los familiares más cercanos sufren con el enfermo este trastorno tan impactante, al observar cómo se pierde su habitual lucidez y personalidad en cuestión de horas o días. Para los médicos, este diagnóstico implica una tarea cuidadosa y exhaustiva que culmina con la corrección de las alteraciones que provocan este cuadro clínico tan abigarrado. Y en horas o días la familia observa cómo el paciente recupera sus funciones mentales plenamente y apreciamos todos, pacientes, familiares y médicos la importancia del adecuado funcionamiento de las llamadas también funciones intelectuales superiores, que en otros padecimientos se van perdiendo lenta e irremediablemente, como en el caso de las demencias.