Gerónimo Aguayo Leytte

Una de las enfermedades neurológicas que hace treinta o cuarenta años no se diagnosticaban con tanta frecuencia como ahora y que era poco conocida, es la Esclerosis múltiple. Su nombre deriva de los hallazgos que los patólogos alemanes y franceses describieron en el cerebro de las personas afectadas en los siglos XVII y XVIII. Encontraban zonas de tumefacción y endurecimiento del tejido, en especial la mielina, formada por proteínas y grasas, que es una capa aislante de los nervios (vaina) incluso dentro del cerebro, en forma de lesiones pequeñas, aisladas, con distribución variable en los nervios ópticos, el propio tejido cerebral, cerebelo, tallo y médula espinal. Se trataba de mujeres y hombres jóvenes, que habían padecido de alteraciones neurológicas diversas como ceguera transitoria, debilidad muscular, trastornos de la sensibilidad o de la coordinación, en diferentes extremidades y de manera inicial la mayoría, con recuperación total o parcial de estas molestias.

El término esclerosis (endurecimiento) produce en ocasiones confusión con otros padecimientos como la esclerosis lateral amiotrófica (enfermedad de neurona motora) padecimiento del que ya hablamos algunos meses atrás, o también con arterioesclerosis cerebral que alude una condición de falta de elasticidad de los vasos del cerebro, con depósitos de calcio en su interior.

La esclerosis múltiple afecta con mayor frecuencia a personas entre los 20 y 40 años de edad y puede ser hasta 2.5 veces mas frecuente en mujeres. Se ha observado una peculiar distribución geográfica. Suele presentarse más en el hemisferio norte por arriba del trópico de cáncer o por debajo del trópico de capricornio, es decir en regiones más templadas, o menos calurosas. Los primeros reportes de la enfermedad datan del siglo XI provenientes de países escandinavos y en particular de los vikingos.

La causa aun no ha sido elucidada totalmente. Se sabe que es una respuesta de defensa del organismo (inmunológica) erróneamente dirigida a la mielina del propio organismo. Se han propuesto posibles detonadores, como las infecciones virales  y en particular el virus llamado Epstein Barr, que pertenece a la familia de los herpes virus, con los que la mayoría de la población ha tenido contacto tal vez por décadas.

La enfermedad inicia habitualmente con manifestaciones leves de tipo visual, motor, de coordinación o sensitivas, como ya se dijo, que mejoran en el curso del tiempo, pero que habitualmente van dejando algún grado de discapacidad y se les llama brotes y que el propio paciente los puede identificar con ayuda del médico. Si no se aplica el tratamiento adecuado tanto para los brotes como para control de la enfermedad, existen grandes posibilidades que en pocos años las pacientes tengan un grado importante de limitación física e incluso intelectual.

Un elemento fundamental en el diagnóstico de este padecimiento es la resonancia magnética, estudio de imagen del tejido nervioso, que puede identificar las lesiones desmielinizantes tanto en encéfalo como en la médula espinal y ayuda al médico a establecer el tratamiento e intentar tener un pronóstico.

En los últimos 30 años los tratamientos han avanzando notablemente, en especial los que moderan o limitan la respuesta inmune exagerada. Son tratamientos con pocos efectos secundarios pero sumamente caros, que solo las instituciones de salud como el IMSS o el ISSSTE, o los seguros privados los pueden proporcionar. Desafortunadamente la crisis de abasto de fármacos que actualmente ocurre en nuestro país en las instituciones públicas de salud  ha puesto en riesgo la supervivencia y la calidad de vida de los enfermos.

Es triste y a la vez frustrante saber que muchos pacientes sin seguro público o privado no tendrán acceso a estas terapias. En esta caso, la pobreza es un distintivo de discriminación. En nosotros está el buscar soluciones.