Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Para Guillermo Samperio, con su recuerdo jocundo y «fiel amistad».

El hombre, ya adulto, lo que para efectos de esta historia puede ser de cuarenta años para arriba, entró con energía y ademanes resueltos en la oficina pública especializada en desapariciones forzadas. Acostumbrado a moverse en el mundo del comercio de menudeo, en donde era, como solía decirle su amigo el profesor Cuco, un tigre de muchas rayas, se sintió un tanto desconcertado. Varias hileras de bancas todas ocupadas por personas cuyos semblantes mostraban la amplia gama de expresiones negativas que puede manifestar un rostro: desde el enojo contenido hasta la angustia mal disimulada, desde el aburrimiento supino hasta la hiperactividad improductiva moviéndose nerviosamente. Un mostrador que bien hubiera podido de servir de modelo para el muro de Donald Trump dividía la amplia estancia, de un lado los justiciables (horrible palabra de perverso origen utilizada para despersonalizar a los pobres pero no raros humanos que, como nuestro hombre aún tenían la esperanza de encontrar la justicia, aunque fuera en sus operadores, otra expresión horrible para denotar mecánica la actividad que debiera ser esencialmente sensible), del otro la natosa burocracia.

Tras unos minutos de vacilación y luego de que se convenció que nadie se había inmutado por su llegada y que nadie se acercaría a preguntarle el motivo de su presencia, haciendo de tripas corazón se acercó al mostrador. Dos cancerberos, pitbulls en dos pies disfrazados de personas, se encontraban en los extremos. En sus respectivos escritorios un número de empleadas que a un primer vistazo no pudo calcular, se ocupaban o parecían hacerlo de atender a los denunciantes. Intuyó que lo eran porque estaban de este lado del mostrador y porque mostraban una desazón contrastante con la abulia e indolencia de las del otro lado. Su presencia era, lo constató, una «no presencia» y tuvo la certeza de que H.G. Wells concibió su inmortal «El hombre invisible» en una oficina burocrática. Después de varios infructuosos intentos logró que una de las empleadas le atendiera:

– ¿Asunto?- le preguntó con tono de sacristán de Betulia rezando, en ausencia del cura la segunda Avemaría del cuarto misterio doloroso del Rosario.

– Denunciar una desaparición, acabo de caer en cuenta, aunque supongo que existe una confabulación para ocultarla, haciendo como que sigue presente, aunque los signos puedan prestarse a confusiones, porque al parecer nadie tiene intenciones de que aparezca, porque para la generalidad de los involucrados pueda resultar preferible su ausencia, porque su conciencia se siente mejor sin ella que con ella y…-

La empleada repentinamente animada, como si fuera un coche mecánico de diversión para niños de un centro comercial habiéndose tragado una moneda, le dijo: – Tranquilícese, regrese cuando esté más calmado, porque así no le entiendo nada – se dio media vuelta y desapareció tras una puerta con un clarísimo letrero que decía «DAMAS». Cinco intentos después logró sorprender a otra de las empleadas que por un descuido levantó la vista de su » celular» y la posó en la mirada de nuestro hombre, despegó perezosamente las valvas que simulaban una boca y con voz de molusco antiguo preguntó algo que nuestro hombre quiso traducir como «¿Asunto?». Respiró hondo y tuvo claro que tenía que aprovechar la oportunidad, con súbito interés de malacólogo e imitando la prosodia de la dama le espetó como descarga de » cuerno de chivo»: -Ha desaparecido la Navidad, o quizás la hayan desaparecido, eso les toca a ustedes investigarlo y aclararlo- otra vez respiró, ahora aliviado y miró expectante a la señorita Bivalva. Pasada la sorpresa inicial la andanada pareció haber surtido efecto. Algunas neuronas del cerebro antiguo habían reaccionado ante la palabra y habían desempolvado el recuerdo agridulce de las Navidades pasadas en familia. Sería descortesía del narrador aludir a la edad de la susodicha. El lector podrá, a su criterio, ser todo lo descortés que le apetezca.

– ¿La Navidad? desaparecida. No diga tonterías, acabamos de hacer el ejercicio del «amigo secreto» y el intercambio burocrático de regalos. La posada está programada para mañana y el aguinaldo nos alcanzó casi a todos para la primera mensualidad de las 48 de los regalos navideños, del simpático mercader árabe que nos fía hasta la risa. El Ayuntamiento gastó en el alumbrado navideño lo que recortó en servicios y personal, autorizó en el primer cuadro más ambulantes que en la Feria de San Marcos, ocasionó un caos vial por el cierre de vías primarias para la venta de saldos, los centros comerciales subieron sus precios para anunciar rebajas, los servidores públicos mandaron tarjetas y arcones y usted me viene a decir que desapareció la Navidad. ¡Hombre, se necesita estar loco!.-

Nuestro hombre aprovechó la explosión adrenalinesca de la señorita Bivalva (la segunda que había experimentado en dieciocho años de servicio) y se dijo: el que no asegunda no es buen labrador.

– ¡Esa es la cuestión! – gritó con una energía que sacudió y sacó de su letargo a las de aquel lado, excitó a los pitbulls y alertó a la concurrencia justiciable de este lado, -De eso se trata, de aparentar que la Navidad está presente. Nos rodean de simulacros. Nos abruman con publicidad, con luces y colores, con sucedáneos, con apariencias pero, hágame un favor. Ahora hasta en las felicitaciones ha desaparecido, «Felices fiestas» dicen, porque les da pena aludir a la ausente. Es políticamente incorrecto que aparezca la Navidad, los judíos no la celebran, los musulmanes tampoco, los chinos, ¡qué son tantos! menos; parece que hay muchos interesados en que no aparezca. ¿Ud. Se acuerda de la Navidad?- La segunda andanada surtió efectos, especialmente la pregunta final. Dos venerables dendritas consumaron una improbable sinapsis y la señorita Bivalva logró lo imposible. Tras de media docena de llamadas en que hizo gala de todas las argucias acumuladas en sus dieciocho años de servicio, con aire triunfal le anunció: – Lo recibirá el subantevicefiscal de desapariciones forzadas-.

Por razones de seguridad, comprensibles para el amable y desocupado lector, este narrador se abstendrá de describir la oficina, los muebles, los patrióticos motivos que la complementan y «adornan», y como el «servidor público» no desentona. Nuestro hombre, ansioso y consciente de que se le brindaba una rara oportunidad expresó con pelos y señales su denuncia. El funcionario escuchó impávido, se levantó de su sillón, tomó del brazo a nuestro hombre, lo acompañó a la puerta de su oficina y lo despidió con una palmada en el hombro diciéndole:

– Sólo Ud. No la ve, amigo, ¡Feliz Navidad!.-

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