Moshé Leher

Pocas cosas en el mundo deben ser tan desagradables como comer una hamburguesa de McDonalds, aunque me cuento entre los bembos que llegamos a viajar hasta León a zamparse una Big Mac, cuando en aquella ciudad ya tenían un negocio de la franquicia y, lo que es peor, de los que llegamos a hacer filas en el ‘Drive thru’ de la primera tienda de la cadena en Guadalajara, pues meterse en la boca esa extraña mezcla de pan blanduzco, de carne insabora, un menjunje untable y, puaj, pepinillos agrios, era algo así como un signo de una modernidad que apenas llegaba a nuestras vidas, antes provincianas.

El recuerdo de ese sabor más bien desagradable (se sabe ya que las patatas fritas de la cadena son no biodegradables como el poliuretano), hace las veces de la famosa madalena proustiana y me lleva, 33 años atrás, a la calle Tverskaya de Moscú, llamada, en aquel mayo de 1989, todavía en tiempos de la Unión Soviética, calle Gorki.

Según recuerdo era el 22 de mayo de aquel año revuelto, la tarde que aterricé en el Sheremétievo, para luego de un azaroso viaje en un achacoso Lada, de un taxista pirata, arribar al Hotel Nacional, en su día hotel de ricachones, sede de la Duma tras la revolución de febrero, sede del primer gobierno soviético tras el golpe de octubre (noviembre, en realidad), Primera Casa de los Soviets y luego el hotel que no sé por qué razones me fue asignado, cuando por razonas más bien extrañas hice aquel viaje que me llevó del tingo al tango, para no abundar.

Ya el viaje en ese taxi fue toda una aventura, por no hablar de mi estancia en ese hotel, entonces de esplendor ajado, pero con vistas espectaculares: frente a la venerable fachada las murallas del Kremlin, las cruces rojas de la Catedral de Kazán, la arcada pintada de hollín de lo que hoy es el Gum, el mausoleo donde tenían la momia de Lenin y, al fondo, los bulbos de colores de la Catedral de San Basilio.

Nada más salir del hotel y caminar unos pasos por la entonces calle Gorki, estaba el ya demolido hotel Intourist, donde luego levantaron, en estilo imperial, lo que hoy es el Ritz de Moscú, me dicen que uno de los hoteles más caros del mundo; frente al Intourist había una explanada que era centro de reunión de jóvenes que buscaban a los turistas occidentales que nos hospedábamos en alguno de esos dos alojamientos… Los soviéticos tenían prohibida la entrada a los hoteles -a los que se accesaba mostrando un tarjetón azul que se nos entregaba con el registro-, y la tienda de Intourist donde se conseguían productos de lujo -de lujo para los soviéticos-, como latas de Seven Up y bolsas de Doritos. Un asunto en el que abundaré en otro momento.

Luego de la travesía en el interior del Imperio, hice aquel viaje de once semanas que me llevó hasta Barcelona, y de Barcelona a París, donde luego de un par de semanas de espera, pude volar a Moscú, donde iba a tomar el vuelo de vuelta México, ya en septiembre de ese año.

Ya en Moscú, en una espera de diez o doce horas, alguien se acercó a la sala de los viajeros en tránsito y nos ofreció un recorrido, a bordo de un autobús, por ese Moscú que me había pateado tres meses antes, un recorrido que tomé para no morirme de hastío; el Sheremétievo no es que fuera entonces un lugar lleno de bares, tiendas y pantallas planas (que ni existían), para ver Sportcenter.

Desde la ventanilla vi cómo girábamos frente al Nacional y tomábamos Gorki, donde juraría que estaba, cual Penélope, Irina, la jovencita de ojos grises que tarde con tarde llevaba aquel vestido ligero, estampado de flores lilas y azules… En algún punto, en otro vetusto Lada gris, como todo en esa ciudad, un joven, ebrio de vodka barato y de rabia, nos insultaba, mientras que el conductor, otro joven, intentaba calmarlo; en el cambio de luz el primero escupió hacia la ventanilla del autobús donde yo le observaba.

Al llegar al Parque Pushkin, con la estatua barbada del escritor a la derecha, en un solar a la izquierda, según nos señaló el guía, en un inglés casi ilegible, mostraba un gran cartel que decía, en cirílico, que allí se construiría el primer McDonalds de Moscú y de la URSS, que luego, eso ya lo leí semanas más tarde, se abriría en enero del año 90. Poco antes de eso, en noviembre del 89, un par de días antes de mi cumpleaños 25, también veía en televisión las imágenes de los alemanes del Este cruzando por la Puerta de Brandemburgo y demoliendo el Muro.

Hace 33 años de eso, reparo cuando veo que, por el terrible asunto de la invasión a Ucrania, McDonalds deja Rusia, donde, leo otra vez -no he podido ir a comprobarlo, ni se me antoja-, tiene ya más 800 locales.

¡Shavúa Tov!

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