Luis Muñoz Fernández

Un escalofrío recorrió mi espalda al ver a Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, presentar mediante un video su proyecto “Metaverso”. Su empresa está desarrollando una gran plataforma electrónica que pretende ser un universo paralelo en el que sus usuarios podrán jugar, trabajar, comprar y “convivir”, al que accederán mediante unos lentes especiales más elegantes que los que actualmente se usan para experimentar la realidad virtual.

Ver a Zuckerberg prometer ese universo y esa felicidad me dejó profundamente inquieto. Tal parece que este sujeto, cuyos gestos controlados –¿programados?– no parecen los de un ser humano, sino los de un cuidado autómata, se dispone a ampliar su ya de por sí inmenso poder sobre la mitad humanidad.

Veo en ello un aumento peligroso de la dependencia inconsciente y esclavizante que millones de personas tienen hacia los dispositivos electrónicos y una ventana abierta a la evasión de la realidad que, por difícil que sea vivirla, es la verdaderamente nuestra. En lugar de buscar la felicidad en la nube, lo que tenemos que hacer es luchar para resolver los acuciantes problemas de este mundo. Lo que propone Zuckerberg pretende hacer realidad la distopía de un mundo virtual dominado por máquinas y un mayor alejamiento de la naturaleza, que seguirá siendo explotada y depauperada sin descanso.

Vale la pena leer “No-cosas. Quiebras del mundo de hoy” del filósofo coreano afincado en Alemania Byung-Chul Han. Se refiere al teléfono inteligente, instrumento predilecto del capitalismo de la vigilancia, con las siguientes palabras: “Él nos controla y nos programa. No somos nosotros los que utilizamos el smartphone, sino el smartphone el que nos utiliza a nosotros. El verdadero actor es el smartphone. Estamos a merced de ese informante digital, tras cuya superficie diferentes actores nos dirigen y nos distraen”.

Para Buyng-Chul Han el sistema comunista suprime la libertad, a diferencia del capitalismo neoliberal de la vigilancia, que explota la libertad: “El régimen neoliberal es en sí mismo ‘smart’. El poder ‘smart’ no funciona con mandamientos y prohibiciones. No nos hace dóciles, sino dependientes y adictos. En lugar de quebrantar nuestra voluntad, sirve a nuestras necesidades. Quiere complacernos. Es permisivo, no represivo. No nos impone el silencio. Más bien nos incita y anima continuamente a comunicar y compartir nuestras opiniones, preferencias, necesidades y deseos. Y hasta a contar nuestras vidas. […] El sujeto sometido ni siquiera es consciente de su sometimiento. Se imagina que es libre”.

Esa es la felicidad que nos promete Mark Zuckerberg en su “Metaverso”.

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