Hoy celebramos el Día del Ejército. La historia de las instituciones es larga y suele rebasar la vida de sus creadores y de sus miembros. Algunas, como la Universidad, surgieron muchos siglos después de que la humanidad se hubiera establecido, aculturado y ciudadanizado, otras, como el ejército, se han desarrollado paralelamente con el estado y con el derecho. Es impensable establecer un orden jurídico sin contar con un Estado. Es impensable la existencia del Estado sin el soporte de una entidad que ponga la fuerza al servicio de la comunidad que constituye el Estado. Merece la pena recordar la definición clásica de Estado: corporación territorial dotada de poder de mando originario, de la que inferimos la necesaria integración de tres elementos: territorio, población y gobierno. Es concebible un Estado sin territorio en un caso excepcional, como lo fue el de Israel durante una buena parte de su vida moderna, pero es absolutamente inconcebible un Estado sin gobierno y el gobierno requiere monopolizar la fuerza para mantener la cohesión, las funciones propias de la administración y la defensa frente a otros estados.

Quizás podríamos rastrear al Ejército Mexicano hasta sus ancestros con el pueblo azteca, y aun con los valientes soldados españoles, de cuyo mestizaje surgiría nuestro país. Antes existían los aztecas, los purépechas, los tlaxcaltecas, los otomíes, los wixarikas, los chichimecas, luego de la Conquista surgió México. El ejercicio probablemente resultaría ocioso porque la Revolución Mexicana desintegró el ejército porfirista para crear un nuevo cuerpo con una raigambre popular, forjado en la lucha y en la lucha integrando un cuerpo de jefes, muchos de ellos autonombrados. Merece la pena recordar cómo en la Soberana Convención Revolucionaria se adoptó el criterio de reconocer grados militares solamente a los que acreditaran tener a su mando un contingente estimable de hombres.

El Ejército Mexicano tiene una conformación diferente a la que han tenido los ejércitos de la mayoría de los países iberoamericanos, excepción hecha de Costa Rica que no tiene ejército, en los demás se creó una casta aristocrática, no había familia potentada que no contara entre sus integrantes con un obispo o cardenal, con un ministro o con un jefe militar. Quizás esto explicaba el hecho de que en muchos de los países hermanos se presentaran los golpes de estado que cambiaban las fuerzas reales de presión. Un grupo aristocrático tomaba la determinación y cambiaba el orden de las cosas, una simple llamada bastaba para derrumbar un “General” al frente del ejecutivo, y dejar el espacio para un nuevo general. El maestro Raúl Cervantes Ahumada platicaba una vivencia que muestra de cuerpo entero las situaciones de los cambios de poder en Iberoamérica. Estando en Buenos Aires en ocasión de un Congreso, hospedado en un hotel de la avenida que conduce a la Casa Rosada, residencia oficial del presidente de la república, escuchó una alharaca y al asomarse al balcón de su cuarto vio que una columna militar avanzaba rumbo a la casa presidencial. Como buen sinaloense y mejor mexicano, decía él, decidió bajar y ver de cerca la trifulca. En la administración le advirtieron que se trataba de un golpe de Estado. El contingente militar avanzaba amenazadoramente cuando aparentemente sin razón se detuvo en una bocacalle. Pronto tuvo la explicación, el contingente golpista se había detenido porque el semáforo le había marcado alto.

En México, el ejército ha sido garante de las instituciones y ha desempeñado de alguna manera, la función que en el diseño constitucional de otras repúblicas tiene el jefe de Estado, que asegura unidad y continuidad del país aun en condiciones de crisis severas del gobierno como fueron las provocadas por Saturnino Cedillo o por Juan Andrew Almazán en la primera mitad del siglo XX, o los movimientos populares de Rubén Jaramillo, el de los ferrocarrileros de Valentín Campa y Demetrio Vallejo, los estudiantiles de 1968 y 1971, el de los zapatistas chiapanecos, por citar los mas relevantes. En todos ellos el ejército cumplió una función institucional. Al margen de la pertinencia o procedencia de las demanda, la milicia respaldó al Gobierno y aseguró estabilidad, quizás por ello mismo en las encuestas de confianza popular en las instituciones el ejército ha sido consistentemente la que concita mayor confianza, por arriba de la Iglesia Católica, de la Suprema Corte de Justicia, del Congreso y desde luego de la Presidencia de la República. Si, por otra parte, consideramos la participación en tareas de Protección Civil, con el denominado Plan DN3 de apoyo a la sociedad civil, entenderemos que la nación (como entidad sociológica), deposite su confianza en el instituto armado.

En tiempos recientes, los desafortunados incidentes de Guerrero, pusieron a prueba a la Institución. La posición del Estado Mayor fortaleció la confianza. Como todo organismo social integrado con seres humanos, no está exento de errores y aun de desviaciones, lo verdaderamente importante es la manera de asumirlos, de responsabilizarse y de superarlos. El asumir que los tribunales civiles conozcan de los actos en que se encuentren involucrados civiles y militares, el aceptar las recomendaciones de los organismos de Derechos Humanos y la decisión de trasparentar acciones e instalaciones fortificarán sin duda la confianza popular.

El caso de Aguascalientes es singular. La confianza en el Ejército Mexicano se encuentra por arriba de la media nacional, alrededor de 90 sobre 100, confianza fundada en la interacción y, seguramente el respeto mutuo, que se ha fortalecido por las acciones permanentes de cercanía institucional y de beneficio comunitario. Reconocerlo es oportuno en ocasión del día dedicado al instituto armado.

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