1ª Función
“EL JUSTICIERO”  (“THE EQUALIZER”)
Los ojos de la audiencia televisiva durante la década de los ochenta se llenaron de implacable justicia impartida por vigilantes urbanos paridos por una ideología impartida por la administración Reagan, donde la búsqueda de una retribución por un mal no se limitaba a un simple “ojo por ojo”, sino que se reclamaba el resto del organismo con lujo de brutalidad. Algunas emisiones recurrían al humor mientras otras se tomaban cualquier vendetta callejera muy en serio. En este apartado destacó una serie titulada “The Equalizer”, sobre un británico envejecido que procuraba arreglar la vida de aquellos a quienes se les administró una acción errónea. La serie contaba con argumentos interesantes y la actuación de su protagonista, el siempre estoico Edward Woodward, era muy eficiente al proyectar una identidad en su personaje que lograba zafarse de los convencionalismos de rudeza propios de los arquetipos análogos de la época y transmitir una enigmática delicadeza. La premisa de este añorado programa televisivo y las características de sus protagonistas se han trasplantado a una iteración fílmica que no sólo muestra respeto a su material fuente, sino además es el mejor trabajo de un director normalmente flojo como Antoine Fuqua y además cumple con la cuota de entretenimiento que el espectador debe exigir para justificar el cada vez más elevado costo de ingreso a una sala cinematográfica. Denzel Washington se pone en la piel de Robert MacCall, un individuo de edad madura que trabaja en una tienda tipo Home Depot donde bromea, entrena a un rollizo compañero de trabajo para que pueda tomar su deseado puesto de guardia de seguridad y se regodea en la tranquilidad que representa su mundano cotidiano. En su tiempo libre acude a una cafetería nocturna, donde traba amistad con una prostituta de ascendencia rusa llamada Aline (Chloe Grace-Moretz). La rutina cambia drásticamente cuando dicha suripanta es maltratada hasta el borde de la muerte por su proxeneta. MacCall decide tomar cartas en el asunto, manifestando habilidades de combate cuerpo a cuerpo, tácticas y asesinas que ponen de manifiesto que este sujeto es más de lo que parece. La brutal lección que le propina al padrote enfurece a la mafia rusa y envían a su ejecutor (Martin Czokas) para que se encargue de él. Así comienza el obligado juego del gato y el ratón que se complica por el empeño de MacCall en resolver los problemas de personajes periféricos a la trama principal y un pasado misterioso que se devela gradualmente. Lo que pudo ser un “Taxi Driver” apareado con “Búsqueda Implacable” termina por encontrar su identidad narrativa y plástica, homenajeando constantemente la serie televisiva que le dio origen, mediante guiños y referencias, y cimentando su propuesta a través de un guión enérgico que aporta un clímax descabellado, pero ad hoc con el resto de la narración. Washington, muy curtido en papeles de esta categoría, balancea el número del hombre misterioso y pétreo con su habilidad histriónica para generar relativo pathos que no encontramos en sus otros personajes rudos. “El Justiciero” pinta para franquicia y se lo ha ganado.

2ª Función
COLUMNA CORTE“DRÁCULA: LA HISTORIA JAMÁS CONTADA” (“DRACULA UNTOLD”)
Y prosiguen los intentos por emascular, higienizar y supuestamente humanizar aquello que jamás fue concebido para ser parte de la humanidad, su entorno y su comunidad. Los vampiros la han tenido difícil en cine durante los últimos años, al manifestarse en pantalla grande como meros pretextos para explotar fantasías cursis que anidan en la enfebrecida mentalidad de púberes retacados de fluidos mediante conductos narrativos de insufrible cursilería, como amantes inmortales, galanes incomprendidos o desdentados seres de la noche. Y ahora toca el turno a Drácula, el fascinante personaje creado por Bram Stoker que aquí se liga con el mito de Vlad Tepes (“El Empalador” para los amigos y más aún para sus enemigos), gobernante valaco, quien al toparse con el imparable ejército de los conquistadores otomanos, decide recurrir al folclor y buscar a una mítica criatura creada por el mismo Lucifer que habita en un monte cercano para buscar su ayuda. Este resulta ser el emperador romano Calígula (Charles Dance), quien ha permanecido inmortal por su condición vampírica y dicho don le es transmitido ahora a Vlad, quien tiene tres días para vencer a sus enemigos sin beber sangre humana si quiere regresar a su vida mortal, mas si sucumbe a la hematofagia será un monstruo por siempre. Adivinen qué pasa después. En efecto, la cinta es predecible hasta el hastío y la propuesta del director primerizo Gary Shore de hacer de Vlad no el imponente y cruel monstruo humano registrado en la historia, sino en un hombre de familia, amoroso esposo y padre víctima de las circunstancias, es tan sólo una suerte de manoseo moral narrativo para justificar su paso al mundo de las tinieblas, pues la decisión de pasar a las filas de los hijos de la noche es motivada por su responsabilidad como protector de su pueblo y de sus seres amados. Si a esta telenovela le sumamos batallas creadas por computadora en la mejor tradición de “300” (incluyendo discursos motivacionales a gritos para las tropas), un adversario encarnado por un muy aburrido Dominic Cooper y diálogos de risa loca (“Bebe y transfórmate en… ¡Drácula!”) con cierto gustito al “camp” involuntario, entonces sólo queda un drama ostentoso con pretensiones épicas que jamás logran cuajar. Muy anémica para ser terrorífica y algo boba para tomarse en serio, este Drácula de redes sociales no le llega ni a la punta de la capa a Lugosi, Lee o Langella.

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