Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“Un Príncipe en Nueva York”, aquella lejana primera parte estrenada en 1988, conjugaba varios aspectos de la cultura norteamericana que, por aquel entonces, se consideraban deseables, tales como el fundamentar un sueño americano en plena celeridad cultural gracias a los esfuerzos de Reagan, mostrando casi en un colmo paroxista a un acaudalado príncipe africano que descarta su linaje y vida opulenta trapeando los mugrientos pisos de un restaurantucho de comida rápida en esa macrovecindad neoyorquina llamado Queens tan sólo para estar cerca de la chica con quien desea casarse, aún si ello significa incurrir en la ira de su padre, el monarca de su país de procedencia. Todo lucía, e incluso se sentía, como un cuento de hadas posmoderno llevado a cuestas por el innegable carisma de un Eddie Murphy entonces imbatible ante la taquilla y la crítica, pero apoyado por la siempre socarrona mirada del chispeante director John Landis, quien siempre tenía algo que decir y la sapiencia para enunciarlo sobre su desfigurada sociedad capitalista (“De Mendigo a Millonario”, “Los Hermanos Caradura”), pero que, con este trabajo, se despedía de los grandes éxitos en cartelera para, después, así como ocurrió con Murphy, entregarse a filmes menos pulidos o simplemente mediocres. La cinta autocontenía toso su discurso y su punto concluyente cerraba felizmente el arco argumental de su protagonista encontrando el amor verdadero, el respeto de su severo padre y quedándose con toda la fortuna del mítico reino de Zamunda, por lo que una secuela sería un acto de redundancia narrativa y, francamente, una genuina necedad, pues lo que se tenía que contar, así se hizo y con la suficiente cordura y firmeza para ahora recordarse con añoro mientras esbozamos una sonrisa ante las andanzas de este príncipe llamado Akeem, su despistado y ambicioso valet Semmi y el colorido retrato humorístico que le hace Landis a la comunidad neoyorquina de los guetos.
Pero claro, siendo Hollywood ese avaricioso ente que profana tumbas tan sólo para averiguar cuántos céntimos le puede extraer a los recuerdos, henos aquí escribiendo sobre “Un Príncipe en Nueva York 2”, la secuela que nadie pidió pero que Amazon Prime Video y Paramount Pictures consideraron valía la pena enclavar en el catálogo de estrenos de este creciente servicio de streaming para atraer, con su deslumbrante tono, a los bichos de la nostalgia. Y claro, el resultado no sólo dista de los que arrojó ese clásico ochentero, sino que, además, lucha denodadamente por encontrar su propio ritmo y voz para maquillar el hecho de que se trata de un ligero remake del filme de Landis con el reparto original y anexos nuevos y firmado por el caucásico Craig Brewer -hago la acotación porque, si se revisa su filmografía, cualquiera diría que siente algo más que afinidad por la raza afro-, cosa rara pues Landis está vivito y coleando, y, creo, pudo ser mucho lo que hubiera aportado al estado anímico y atmosférico de esta película, habiéndolo hecho de maravilla en el filme anterior.
Cuatro pares de manos (Barry W. Blaustein, David Sheffield, Justin Kanew y Kenya Barris) fueron necesarias para concebir este guion que, como señalaba, es básicamente un recalentado de la primera parte: Akeem (Murphy) vive jubilosamente con su esposa Lisa (Shari Headley), la hija del restaurantero Cleo McDowell (John Amos) que se piratea la imagen y menús de los McDonald’s, junto con sus tres hijas, hábiles en combate, inteligentes y determinadas, tanto así que uno podría suponer que son refugiadas de Wakanda. Su padre, el rey Jaffe Joffer (James Earl Jones) se encuentra en el ocaso de su vida, por lo que ahora será Akeem quien deba resolver los problemas del reino, incluyendo el lidiar con el iracundo General Izzi (Wesley Snipes), quien desea posesionarse de su territorio para incrementar su dominio en África, a menos que la hija mayor de Akeem se case con su hijo, todo un hígado. Para resolver esta situación, deberá regresar a Estados Unidos a localizar un hijo varón bastardo que engendró hace 33 años, víctima de una droga que le administró Semmi sin que supiera, pues, aún cuando tiene a su hija de edad suficiente para ser soberana, sólo los hombres pueden gobernar en Zamunda. Al llegar a nuestro continente, descubre que su vástago, un joven soñador con cierto idealismo llamado Lavelle (Jermaine Fowler), no es lo que esperaba, pero decide llevarlo a su país junto con su insoportable madre (Leslie Jones) para que aprenda lo necesario sobre las lides de un monarca. Por supuesto, las cosas no salen según lo previsto y Lavelle, quien se ve obligado a comprometerse en matrimonio con la hija de Izzi para que haya paz entre los dos reinos, deberá recurrir a su ingenio para ganarse el afecto de su padre, mientras termina irremediablemente enamorado de la peluquera real, Mirembe (Nomzamo Mbatha), una mujer sabia y empática a la situación del muchacho. Todo el sustento narrativo durante el desarrollo se condensa en la fórmula del pez fuera del agua mientras se exprime toda gota de añoro sobre la primera película presentando, una vez más, a todos los personajes (incluyendo uno nuevo: un chamán extravagante que funge como consejero de Akeem) que interpretaron Arsenio Hall y Eddie Murphy con kilos de maquillaje en la cinta anterior, todos y cada uno con calzador, pues no hay una verdadera razón para que aparezcan en esta historia que arriba a su telegrafiado clímax construido con varias notas al calce respecto a su predecesora.
“Un Príncipe en Nueva York 2” no se desprovee de energía y entusiasmo tanto en la dirección como por su reparto, pero no se conjura algo considerable o que aporte a lo que la cinta anterior generaba, así que, entonces, podemos entonar sin remordimiento: el Rey ha muerto, que viva el Rey.

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