Por: Octavio Díaz García de León

 El historiador Ian Kershaw presenta en su libro «El Final» el fanatismo irracional con el que Alemania se autodestruyó al final de la Segunda Guerra Mundial y que tuvo como consecuencia la muerte sin sentido de millones de alemanes; que parte de su territorio fuera sometido duramente por los soviéticos; que ocasionó la desaparición del centenario reino de Prusia; que millones de alemanes fueran expulsados de territorios donde habían vivido sus antepasados por siglos; que se destruyera la mayor parte de su territorio.

¿Cómo fue posible que se llegara a esos extremos? ¿Por qué no se rindieron antes de que las fuerzas aliadas arrasaran el país? ¿Qué impulso suicida motivó a los alemanes a pelear hasta el final?

Kershaw intenta contestar estas interrogantes describiendo las circunstancias para que Alemaniano se rindiera en 1944, cuando la guerra estaba perdida. Hubo factores tales como el apoyo incondicional de las masas a Hitler, el terrible aparato de terror nazi, el dominio del partido nazi, el papel de los cuatro dirigentes más importantes, el terror a la ocupación de los rusos y el hecho de que la burocracia y los líderes militares estuvieron dispuestos a seguir cumpliendo con sus tareas, a pesar de que ya todo estaba perdido.

Hitler y su maquinaria de propaganda convencieron al pueblo alemán de cometer suicidio colectivo. Los mitos nacionalistas, raciales y todo tipo de mentiras fueron aceptados sin crítica alguna por los alemanes.

Kershaw atribuye esta catástrofe a la forma como estaba estructurado el régimen, centralizando un poder absoluto en un líder carismático. A pesar de que la popularidad de Hitler ya había menguado, las estructuras y mentalidades de su gobierno carismático duraron hasta su muerte. Las élites dominantes, divididas como estaban, no tuvieron el deseo colectivo, ni los mecanismos de poder, para evitar que Hitler llevara a Alemania a su destrucción total.

¿Cómo es posible que un hombre sea capaz de imponer su voluntad a millones de seres humanos sin importar las consecuencias? ¿O que las élites dirigentes estén dispuestas a acatar cualquiera de sus órdenes por absurdas que sean, dejando de lado su inteligencia y pensamiento crítico, que sí los tienen en otros ámbitos de su vida? Quizás habría que hacer un análisis de psicología de masas, como el que hizo Erich Fromm en su obra El Miedo a la Libertad o explorar La Banalidad del Mal como lo hace Hanna Arendt.

Montesquieu en El Espíritu de las Leyes y Hamilton, Madison y Jay en El Federalista encontraron el antídoto contra los gobernantes absolutistas mediante la separación de poderes para evitar el daño causado por el despotismo y la irracionalidad de los líderes carismáticos. En México esto se ha venido reforzando con la creación de instituciones autónomas.

Sin embargo, cuando las instituciones y los contrapesos de un sistema democrático se van destruyendo y las élites se someten para darle gusto al líder, anuncia el nacimiento de una dictadura que podría destruir a un país.

Este proceso puede tomar años y pasar desapercibido como lo relata William Shirer en su libro Diario de Berlín, respecto al ascenso de Hitler al poder absoluto. Por ello, les tomó mucho tiempo a judíos y opositores al régimen nazi, darse cuenta del peligro que corrían, hasta que fue demasiado tarde.

Nuestra época no está exenta de líderes carismáticos aferrados al poder y con comportamientos destructivos, como podemos observar en países tales como Corea del Norte, Cuba, Venezuela, Nicaragua, Hungría, Turquía o Rusia, en donde se han destruido las instituciones democráticas y los contrapesos al poder. Algunos de estos países han sido destruidos y están en la ruina. Hemos visto que este peligro amenaza incluso a democracias bien desarrolladas tales como en el caso de Trump en Estados Unidos. Podría pasar en México, si lo permitimos.