Víctor Hugo Granados Zapata

Desde hace algunos meses, la Secretaría de Educación Pública mostró su proyecto para reformar el currículo educativo a nivel nacional. Los cambios que sugieren son asimétricos al modelo actual que tenemos por competencias e incluso propone nuevas formas de evaluación con una perspectiva de construcción de conocimiento colectivo y social. Este nuevo modelo educativo tiene diferentes apreciaciones por parte del ámbito académico, psicopedagógico y cultural; sin embargo, sus efectos a mediano plazo deberían ser preocupantes debido al contexto en el que se desea implementar, así como también la inmersión futura de las y los estudiantes al ámbito profesional. ¿Cuáles son las inquietudes derivadas de esta transformación escolar? ¿El plan tiene un diseño idóneo?

Previo al análisis en cuestión, es necesario precisar qué se entiende por “currículo escolar”. Este concepto tiene diferentes apreciaciones, aunque pudiéramos resumirlo en que son los ejes rectores en los cuales se fundamenta el sistema educativo, sus objetivos, fines, metas de los planes de estudio, etc.; con la finalidad de garantizar el derecho a la educación. Por ejemplo, en el caso mexicano podemos determinar el currículo a través del Artículo 3° de la Constitución, el cual señala en las fracciones I y II que la educación deberá ser laica, orientará sus contenidos a través de los resultados del progreso científico, luchará contra la ignorancia y sus efectos, las servidumbres, los fanatismos y los prejuicios […] Además será democrática, nacional, buscará una mejor convivencia humana, equitativa, inclusiva, intercultural, integral y de excelencia. En este sentido, tenemos múltiples ejes que abordar al momento de determinar el currículo escolar en concreto, es decir, cómo será el eje rector de la educación pública a nivel nacional, el cual se precisa mediante el Marco Curricular y Plan de Estudios, que para el año 2022 tuvo giro radical en cuanto a los objetivos y evaluaciones.

Desde inicios de este año, la SEP a través de la Dirección de Contenidos Educativos (encabezada por Marx Arriaga) realizó una gira por los estados realizando las famosas asambleas públicas para obtener las diferentes visiones de las y los docentes de todo el país y así elaborar esta propuesta. En ocasiones anteriores he cuestionado la forma en que se llevaron a cabo estas “asambleas” y sus enormes deficiencias técnicas, por lo que me centraré exclusivamente en el tema de la propuesta per se. Al leer el nuevo Marco Curricular para este año (específicamente el de educación primaria) me percaté que el contenido tiene muchas áreas subjetivas de evaluación que, por una parte, consideró que pudieran ser efectivas en cuanto al desarrollo interpersonal de las y los estudiantes (lo cual es muy importante y necesario), pero dejan totalmente de lado cualquier evaluación que pueda cuantificar resultados. Es decir, con este nuevo modelo educativo se rompe el esquema de la estandarización, algo que tiene desventajas enormes en nuestro contexto actual.

Hay que ser precisos, no podemos aislar el sistema educativo de la realidad y mucho menos dejar sin herramientas a las y los estudiantes. Me parece que las virtudes que pudieran generarse a partir de este cambio (colocar como motor de los planes de estudio a las y los docentes, mejorar la integración de las y los alumnos, etc.) están mal incorporadas en cuanto a las necesidades sociales que requieren las y los estudiantes, fomentado principalmente por la confusión entre “desempeño” y “competencia”. Xavier Roegiers (Doctor en Ciencias y experto en competencias educativas a nivel internacional) explica la diferencia entre estos dos últimos conceptos en su libro Una pedagogía de la integración, en el cual señala textualmente:

“[…] en el lenguaje común, el desempeño gira en torno hacia el éxito logrado a partir de la realización de una prueba […] La competencia, por el contrario, se mide sobre el potencial que debe alcanzarse en tareas bien determinadas. Completa otras competencias que posee la misma persona […] la competencia, por el contrario, contribuye esencialmente a la realización de la persona a su inserción social o socioprofesional en los medios en los que ha sido llamada a evolucionar (Roegiers, 2013)”.

En este sentido, aunado con la crisis educativa que estamos viviendo por la pandemia y las malas decisiones en la materia (poco presupuesto, cancelación de programas clave para combatir brecha educativa, aumento de deserción escolar, etc.), vemos que en un esfuerzo por querer apartar a las nuevas generaciones del “neoliberalismo” (motivo por el cual extrajeron el término de “calidad” en el Artículo 3° Constitucional y así evitar evaluaciones) están minando el desarrollo personal de millones de estudiantes dentro de un contexto globalizado y competitivo (no exclusivamente de desempeños). El objetivo ideal, entonces, debería ser construir un material curricular enfocado en una competencia integradora que busca la realización de las y los estudiantes (la cual viene de la mano con los parámetros que marca nuestra Carta Magna), así como complementar sus aptitudes y puedan desarrollarse plenamente en un contexto como el que estamos viviendo (el cual también está ligado a temas económicos, empleo y bienestar). La implementación de este nuevo material educativo lo único que traerá es incertidumbre para las futuras generaciones y comprometerá su inserción efectiva a una sociedad globalizada y competitiva.

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