Moshé Leher

Como un obseso veo cómo, poco a poco, muy poco a poco a decir verdad, el día le va rasgando segundos a la noche; hoy, por ejemplo, el anochecer llegará a las 6 con 23 minutos, y mañana nos amanecerá a las 7:30, mientras me entretengo viendo, de vez en vez, el cielo nublado, los eucaliptos y los cedros del jardín que se agitan por las rachas de viento, mientras del limonero baja un cardenal regordete que se harta con los gusanos del jardín, un jardín amarillento, reseco, cubierto de hojas paliduchas.

Apenas salgo en estos días, esperando que se vaya este hórrido enero, aunque hay que admitir que está resultando menos crudo que otros, pero parece que el clima empeorará los siguientes días.

Mientras tanto me entretengo leyendo, escribiendo un poco, esperando que me den la fecha para la inauguración de otra exposición que tengo en puerta, quizá en marzo, para agarrar mis maletas y volar a paisajes menos tristes que el de mi ventana.

Afortunadamente tengo aquí libros para hartarme las siguientes semanas. La biografía de Debussy de Stephen Walsh, que no me he decidido a leer, los ensayos sobre el Franquismo que Fusi, Santos Juliá y los suyos hicieron cuando se celebraron 25 años de la muerte del tiranuelo, es decir en el año 2000.

Como si fuera ayer, pienso en una pausa en la lectura del monográfico de un Edward Malefakis, veo la portada del diario que en letras enormes anunciaba ‘Muere Francisco Franco’, que recuerdan aquellas de Arias Navarro, el entonces presidente del gobierno ibérico, que aquel 20 de noviembre del 75, esto es hablar de muchos años ya, decía, con esa congoja que padecieron los de su calaña: “Españoles, Franco ha muerto”.

Recién mi zarévich, que vino a pasar navidades en casa, trajo ‘Los árboles portátiles’ de Jon Juaristi, que espero poder leer cuando por fin termine el libro, librazo -por su tamaño y por su contenido- que me ocupa, ‘La casa eterna’ de Yuri Slezkine, que traje de España en otoño, directamente de La Central de Callao.

Lo había visto reseñado en Babelia, meses antes y lo tenía en mi lista de pendientes. Llegué una tarde a la librería, husmé un rato en las estanterías, tomé aquel librito de Calasso del que ya escribí, pregunté a un dependiente y me señaló el libro, descansando, casi reinando, sobre una enorme mesa llena de novedades.

Son 1,600 y pico de páginas, de las que, en ratos perdidos ya llevo 600, antes de que den inicio de verdad las purgas de Stalin, aunque el troskismo ya está siendo perseguido y reprimido sangrientamente.

Trata de la Casa de Gobierno, la obra monumental de Boris Iofán, donde se alojó a los altos dignatarios de la URSS a partir de los años 30 del siglo pasado, junto a famosos científicos, artistas e intelectuales soviéticos, la mayoría de los cuales luego perdieron el favor del georgiano y terminaron unos encarcelados, en el Gulag, aunque principalmente asesinados.

No es un libro de historia, ni es una novela, ni una colección de biografías, ni un ensayo sobre los crímenes del estalinismo, ni una disertación sobre aquella ya extinta, y otras tantas, utopías milenaristas que terminaron en ruina.

Inicia con los primeros bolcheviques como los primeros conversos de una secta, y allí encontré una frase que anoté porque me recuerda a… A ya verán quién, dice que ‘Los profetas más eficaces son hombres o mujeres cuya locura personal sintoniza con el conflicto social que los rodea…”

Esto por nuestro profeta tropical, su resentimiento y su éxito prolongado en una sociedad de resentidos, aunque esto es ya otro asunto, y yo ya voy dejando esto porque si no primero se acaba el invierno (o este acaba conmigo), que yo de leer el libro, mientras me asomo por la ventana para ver cuándo diablos regresan las famosas y mentadas oscuras golondrinas y con ellas mejores días.

¡Shavúa Tov!

@Mosheleher: Facebook, Instagram, Twitter.

¡Participa con tu opinión!